jueves 29 julio 2:21 pm.
Odio los videojuegos
Porque cada uno de sus adictos termina adorando su propia irrealidad.
Una diatriba de Diego Fonseca | No. 78

MARIO WEB 2No me gustan los videojuegos porque siempre he creído que el hombre debe dominar a la máquina y no al revés, pero cuando era adolescente uno de esos artificios tecnológicos me pulverizó. A inicios de los ochenta, yo era un campeón de catorce años acostumbrado a reventar los récords de mi pinball, y había pasado con tanta soltura por el primitivo juego de palitos del Atari, que el tránsito al mundo digital me parecía un paseo. Entonces apareció el Space Invaders y me revolcó a su antojo, pese a que figura como uno de los tres juegos más lentos de la historia (y nunca pude ganarle). Mi chance de redención llegó con el desafío bélico de «1942». Dediqué una tarde entera a derribar Albatros y Fokker, Messerschmitt, Stuka y Zero. Perdí todos mis aviones en siete juegos seguidos pero acabé primero. Al día siguiente, ese récord estaba pulverizado. El último de la tabla duplicaba mi puntuación. Hasta ahora debe ser uno de mis traumas no superados. Detesto los videojuegos porque convierten a sus jugadores en seres digitales, pragmáticos, tan elementales como un café instantáneo. Los detesto porque subliman el dilema moral de matar y lo convierten en una disyuntiva egoísta: o vive él o vivo yo. Incluso si un niño cruza la línea de fuego, resulta un daño colateral menor a cambio de acabar con las alimañas, y encima hay que felicitar al tirador. Quienes evitamos la violencia digital, quienes sólo respondemos si nos provocan, somos como los maestros Jedi de Star Wars, la primera gran película analógica de la era digital: nuestras armas nada tienen que ver con la velocidad del soldado, somos mentes superiores, los estrategas. No me niego al pragmatismo. Alguna vez fui veloz para la gambeta futbolera y todavía puedo dar batallas decentes en un juego de mesa, pero todos mis juegos son analógicos. Me parece detestable el proceso que vuelve al videoadicto un alienado de ocho ojos, seis manos y una sensibilidad pasmosa que le permite reaccionar a mil estímulos simultáneos (es gente que no vacila frente a cuarenta aliens artillados hasta los metatarsos). Por el contrario, los seres analógicos somos como monjes de clausura, cuyos movimientos y decisiones exigen maceración. En Guitar Hero se prende la luz verde en la pantalla y el jugador sabe que debe apretar el botón verde del mástil de la pseudo guitarra. Yo no: veo la luz y me pregunto por qué aparenta marcar un Do, cuando lo que suena es un Re (¿no podrían haber puesto todas las notas en vez de tres botones falsos?). Años atrás decidí que si renunciaba a los videojuegos, debía ganar en elevación. Construir una teoría de su necesaria prescindencia. Los videojuegos son terribles, digo entonces, porque los adictos terminan adorando cada uno su propia irrealidad. No sólo se pasan días enchufados a un juego a cuatro bandas con un ruso, un chino de Shanghái, dos mongoles y un ex compañero de secundaria que encontraron en Facebook. Se convencen de la importancia de lo que hacen. Un guitarrista de Band Hero, por ejemplo, cree que es un músico de verdad. Como toda ficción, el videojuego lo introduce en un universo de autoerotismo sublime. Yo me alejé de mi última tentación –Farm Town y Farm Ville, las granjas digitales de Facebook– cuando me concentré demasiado en evitar que se me chamusqcaran las dalias y comencé a alejarme de mis adicciones analógicas, leer y escribir. Mi intento final por disimular el brontosaurismo fue a través del celular. Cuando desactivé el Blackberry, compré un Samsung sencillo que viene con un juego de billar llamado Midnight Pool. En éste me volví experto, lo que quiere decir que me tomó dos semanas ganar por primera vez. Tiene su costado interesante: el billar es un juego mesozoico, como un Wii armado en casa y con transistores. Pero es plenamente analógico e inocente: nadie muere por culpa de una bola ocho mal golpeada. Odio los videojuegos porque no los entiendo, me han superado, me aburren. Todavía creo que es mejor jugar al tenis que imitarlo. Comer carne congelada en un departamento nunca será igual que disfrutar un asado fresco en el campo.


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4 comentarios   |  
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  • Super Warro Bros |  |  March 5, 2010 a las 11:31 am

    Venga, reconócelo, te encantan. No creo que tu vida analógica sea tan medieval como crees que debiera. Al fin y al cabo has “perdido” el tiempo en escribir ésto en un medio digital, tu PC te ha consumido, te ha dominado, al igual que lo hubiera hecho una consola. Si hubieras sido tan analógico hubieras mandado este texto por carta escrita.

    Ahora cabe preguntarse que es más perdida de tiempo; ¿jugar durante dos horas a Mass Effect y luchar contra los segadores, o escribir durante dos horas un texto que la mayoría va a leer y olvidar en 2 minutos?. Piénsalo.

  • Catalina Marchi |  |  December 22, 2009 a las 3:19 am

    Que buena ironia considerarse un Jedi y no saber jugar un videojuego. Fonseca siempre tiene esas plumas provocativas, Alejandro. Esta exagerando el punto, por eso es una “diatriba”

  • Juan Sánchez |  |  December 11, 2009 a las 5:19 am

    No hay peor injuria, a los catorce años, que la del juego imperfecto. Olvidás las callosidades de los pulgares por los intermitentes y acelerados embates contra los botones y los ojos rojos que, a pesar de tener a tu madre gritando para que bajaras a cenar, no se desprendían de la fuerza gravitacional del monitor.

  • Alejandro González | alexglx.blogspot.com |  December 9, 2009 a las 9:51 pm

    Tu limitada visión de los vídeo juegos nubla tu opinión de manera alarmante y casi me atrevo a decir, ridícula, es como si dijeras que odias el sexo anal teniendo solo la referencia de esa violación grupal de la que fuiste objeto en la preparatoria (recuerda, 9 de cada 10 personas disfrutan de la violación grupal, las estadísticas no mienten) te exijo que compres una consola y juegues Resident Evil hasta el amanecer y escribas de nuevo esto. :P


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