En una entrevista dijiste: “Uno de los demonios que identifico es esa lucha por alcanzar la máxima potencia de nuestro ser”. ¿Crees que la literatura te ha permitido o te permitirá alcanzar esa máxima potencia?
Yo creo que cuando uno imagina una obra literaria, los bordes de esa obra son mayores que lo que uno finalmente logra. Lo mismo ocurre con la potencia de tu ser, o el sentido de ti mismo. A mí la literatura me ha hecho sentir bien en mi piel. No me siento habitando un cuerpo extraño que es lo que pasaba cuando trate de luchar contra mi homosexualidad cuando era joven, y después cuando traté de luchar contra la vocación literaria cuando trabajaba de ingeniero. Ahí yo sentí que vivía una vida extraña. Ahora siento que estoy viviendo mi propia vida. No se si he alcanzado todas las potencias de mi ser, porque soy un creyente del aprendizaje. Todavía no me ha vencido la vida. Todavía no me ha llegado la edad en que uno dice bueno ya, soy quien soy, y me conformo con eso. Yo creo en aprender y por eso escucho. Me impresionan mucho los escritores que sienten que tienen una verdad revelada que comunicar. Yo siempre estoy esperando la verdad revelada en el texto de otro.
¿Cómo encuentras los temas de tus novelas?
Te puedo contar el caso de lo que esta pasando en estos momentos. Yo terminé de escribir La barrera del pudor. No tenia idea de lo que iba a escribir. De repente, un día estaba firmando libros y una señora me estaba hablando de una de mis novelas y se me viene a la mente un personaje para mi próxima novela: un sacerdote. No me preguntes por qué rara asociación es que pensé en este sacerdote. Pero sabía que era un sacerdote que se quedó en el closet, que entró a la iglesia en los años ochenta. Un hombre muy creyente, muy católico, que tuvo un amigo cuando adolescente del cual estuvo medio enamorado. Pero después el amigo siguió su camino, se casó con una mujer, tuvo hijos. Entonces la familia de este hombre con el cual él había tenido una relación de adolescente fue encajando. La relación con su mujer, con sus hijos. El punto es que la sola imagen de este sacerdote enfrentado a los cambios de valores de los últimos treinta años trajo otro personaje, trajo la familia del otro personaje, trajo un hijo del otro personaje, que tiene una relación muy cercana con el sacerdote, trajo la Vicaría de la Solidaridad, y todo el problema que hubo con la dictadura, con lo que creo que él va a estar involucrado. Así me ha ocurrido con todas mis novelas. Por eso tengo estos personajes principales que son fuertes, son un poco líderes de sus historias, como Julia Bartolini, Manuel, Amelia Antoine.
¿Qué rutina sigues para escribir?
Bueno, mi rutina va así: Me despierto a las ocho de la mañana, tomo desayuno, voy a caminar con mi perro cerro arriba y vuelvo. Eso me toma una hora y media. Me dan las diez y media de la mañana. De ahí el hongo, porque estoy viejo. Me ducho, me siento en mi escritorio con una taza de menta. Ahí empieza la escritura. Casi siempre la primera hora es lectura de lo que escribí el día anterior, como una forma de recuperar la música. Antes iba a caminar con una libreta, que terminaba mojada con el sudor, pero necesitaba anotar mis ideas. Ahora, como el celular tiene grabadora, entonces grabo notas ahí. Muchas de esas notas tienen que ver con lo que escribí el día anterior, entonces cuando estoy leyendo eso agrego las notas que tomé en el camino. De ahí, en algún momento tomo fuerzas, y empiezo a escribir texto nuevo. El almuerzo es algo a la pasada, unos diez minutos, no me detengo. Luego lo que hago es corregir. Corrijo todo lo que he escrito hasta el momento. Normalmente debo escribir entre cinco y seis páginas diarias. Hasta eso de las seis de la tarde. Ahí reviso mis mensajes, salgo a caminar con mi perro de nuevo, regreso, como a las siete y treinta de la noche estoy sentado leyendo un libro hasta eso de las once y treinta y ahí me quedo dormido. Es una paz completa. No hay espacio para la vida social. Por supuesto que en algún minuto hablo por teléfono con mi pareja, o si él está en la casa, me acompaña en esa rutina.
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La frase que no he logrado descifrar:
“De ahí el hongo, porque estoy viejo.”
Interesantísima entrevista.
Los escritores que venden (no digo ‘con éxito’ porque eso es otra cosa) olvidan, sin embargo, y con frecuencia, que ni los mismos economistas saben por qué algunos artículos de consumo (un libro también lo es) se venden y otros no.
Eso no pasaría de ser un simple vacío de conocimiento (económico), sino fuera porque ese mismo olvido u ignorancia puede alterar completamente la percepción que tienen los escritores de la escritura, en general, y de la suya propia, como si el “éxito” fuera una predestinación y no fruto, por lo general, de duro trabajo, suerte personal (mental y organizativa familiar) y más suerte en un mercado ‘libre’ que nadie domina.
Por lo menos Auster lo acaba de decir de manera más realista:
“No sentirse feliz forma parte de la naturaleza de este trabajo. Experimento un minuto de satisfacción cuando acabo un libro o cuando pienso que ha sido un buen día de trabajo. Después, me gana el desasosiego, pienso que he de leer más libros para hacerlo mejor en la próxima ocasión.”
Finalmente, me he quedado sin entender la siguiente frase, a pesar de mis esfuerzos:
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