Pablo Simonetti. Escritor. 47 años. Es maniático de la puntualidad. Solía coleccionar pisapapeles, pero ya no tiene tiempo para ese hobby. Su cama es imprescindible tanto para dormir como para el sexo. Estaría dispuesto a entregar el goce de la textura, el olor y todas esas cosas que la gente dice sobre los libros por tener a su lado toda su biblioteca en un Kindle. Se considera un mestizo en todo sentido de la palabra, tanto en lo personal como literario. Vive con un complejo de forastero, porque no logra encajar en ningún grupo. Un hombre con aspecto de dandi, que creció en una familia de clase alta arruinada y resentida con su entorno. Acaba de terminar su cuarta novela, La barrera del Pudor. Nunca estudió literatura. En 1996, abandonó su trabajo y reconoció su vocación literaria. Al año siguiente, ganó un concurso de cuentos. No puede escribir en el ajetreo de una ciudad. Los detectives salvajes de Bolaño lo llena de fe en la literatura, como si fuera una religión. Ya tiene en la mente los personajes de una próxima novela.
¿Cómo ha cambiado tu vida desde la última vez que estuviste en Lima?
Se ha intensificado la atención de la prensa. Se han intensificado los viajes. Pero en lo esencial, no ha cambiado nada. Tengo la suerte de poder volver a un domicilio existencial donde el camino esta dado por las historias que me vinieron a la mente, por los temas que me interesan, y ese camino no ha variado en gran forma. De una manera más bien práctica, lo que he hecho es dejar espacios de tiempo libres de compromisos. Así yo puedo volver a este estado del alma desde el cual escribo.
El éxito parece ser algo que te es fácil obtener. Te es muy fácil ser bueno en lo que haces. Si algún día la escritura te traiciona, ¿cambiarías de oficio?
Es difícil que la literatura me traicione. Yo escribo sobre lo que me gusta. Casi siempre la novela y los cuentos son formas incompletas de lo que nosotros en un primer momento imaginamos, pero con las obras que he terminado hasta ahora me siento satisfecho. La manera que tendría la literatura de traicionarme es que estas historias se cerraran ante mí. Que no pudiera verlas, que no pudiera contarlas, que no pudiera escribirlas, que me quedara en un bosquejo. Si yo logro terminar una novela y sentirme satisfecho con ella y la recepción de público no es como la que han tenido mis obras anteriores, por supuesto que seria una desilusión. Aun así, no seria para nada fuente de ruptura con la literatura, porque son carriles distintos. Una lucha constante que los escritores tienen es que se sienten por debajo o por encima de la historia que cuentan. Yo me siento por debajo cada vez que dejo de escribir y me pierdo en alguna situación personal, doméstica, o dando examen frente a la prensa. En esas situaciones me empiezo a alejar. Empiezo a mirar lo que tengo escrito de lejos, y siento que no soy digno de ello. Pero una vez que vuelvo a tomarlo, me comprometo, me concentro, desaparece el mundo exterior, y me pongo a trabajar, inmediatamente siento por lo menos que me pongo al mismo nivel. Lo grave seria que yo no pudiera alcanzar esa sensación, que no pudiera mirar cara a cara a mi obra.
¿Entonces cuando escribes tienes que alejarte del mundo?
Si, siempre he necesitado hacer una profilaxis bastante profunda. Cuando yo trabajaba como ingeniero quería escribir, pero era incapaz. Me pasaba todo el día trabajando, llegaba a mi casa, me sentaba frente al computador, y no podía apagar el ruido. Me pasa en Santiago también. Como representación mental es un lugar ruidoso. Está lleno de opiniones, imágenes. Yo soy una persona vulnerable, y eso hace que tenga una buena sensibilidad, me parece necesaria. Pero si estoy muy cerca, las opiniones externas me empiezan a desestructurar, lo que me pone muy ansioso frente al texto. En cambio, cuando me retiro, me voy a una casa cerca a la playa, y estoy solo. Pasan unos dos, tres, cuatro días, y empiezo a desarrollar una rutina monacal, entre silencio, contacto con la naturaleza, y contacto con el texto. Ahí empiezan a desaparecer los diarios, el correo electrónico, el Facebook. Y de pronto estoy frente a la idea que tengo de la literatura, de lo que quiero escribir, de lo que quiero leer. Ahí es donde yo recupero inmediatamente una fuente, y empiezo a escribir con convicción.
![]() |
![]() |
¿Cómo se hizo Inca Kola? (el reportaje, no la gaseosa) Por Daniel Titinger y Marco Avilés |
|
![]() |
![]() |
Swingers El detrás de escena Por Gabriela Wiener Ilustración en home: Dirty Drawings, por Craig Yoe. |
|
![]() |
![]() |
El imperio de la Inca Por Daniel Titinger y Marco Avilés |
|
![]() |
![]() |
Dame el tuyo, toma el mío Una experiencia de Gabriela Wiener (y Cía.) |
|
![]() |
![]() |
El amor, por supuesto, no existe [¿de qué ... Un texto de José Antonio Marina |
![]() |
![]() |
¿Cómo se hizo Inca Kola? (el reportaje, no la gaseosa) Por Daniel Titinger y Marco Avilés |
![]() |
![]() |
El imperio de la Inca Por Daniel Titinger y Marco Avilés |
![]() |
![]() |
El amor, por supuesto, no existe [¿de qué ... Un texto de José Antonio Marina |
![]() |
![]() |
Swingers El detrás de escena Por Gabriela Wiener Ilustración en home: Dirty Drawings, por Craig Yoe. |
![]() |
![]() |
Los fantasmas de la casa Matusita Una visita de Carolina Martín Fotografías de Armando Andrade |
1 de 4 

(4 voto, promedio: 4.75 de 5)



















La frase que no he logrado descifrar:
“De ahí el hongo, porque estoy viejo.”
Interesantísima entrevista.
Los escritores que venden (no digo ‘con éxito’ porque eso es otra cosa) olvidan, sin embargo, y con frecuencia, que ni los mismos economistas saben por qué algunos artículos de consumo (un libro también lo es) se venden y otros no.
Eso no pasaría de ser un simple vacío de conocimiento (económico), sino fuera porque ese mismo olvido u ignorancia puede alterar completamente la percepción que tienen los escritores de la escritura, en general, y de la suya propia, como si el “éxito” fuera una predestinación y no fruto, por lo general, de duro trabajo, suerte personal (mental y organizativa familiar) y más suerte en un mercado ‘libre’ que nadie domina.
Por lo menos Auster lo acaba de decir de manera más realista:
“No sentirse feliz forma parte de la naturaleza de este trabajo. Experimento un minuto de satisfacción cuando acabo un libro o cuando pienso que ha sido un buen día de trabajo. Después, me gana el desasosiego, pienso que he de leer más libros para hacerlo mejor en la próxima ocasión.”
Finalmente, me he quedado sin entender la siguiente frase, a pesar de mis esfuerzos:
<>