lunes 06 setiembre 8:44 am.
Ruleta de Noche [En el casino con Julio Ramón Ribeyro]
Un vicio de Guillermo Niño de Guzmán | No. 47

–Suerte de principiante –me espetó Ribeyro, algo picado en su orgullo lúdico (a él no le había ido tan bien).

Asimismo, sostuvo que un triunfo de ese calibre era peligroso y que corría el riesgo de engancharme en el vicio. Y, como el escritor estaba al tanto de mis cuitas sentimentales, se permitió darme el puntillazo al evocar el viejo dicho: «Afortunado en el juego, desgraciado en amores».

A la mañana siguiente me desperté exultante y llamé a mi benefactor accidental para invitarlo a almorzar con el producto de mis ganancias.

–Hola, te saluda el tigre de Montecarlo –le dije al teléfono.

Ribeyro no se inmutó y prosiguió la broma:

–Y aquí te responde el dragón de Baden-Baden.

Era una alusión al balneario alemán en el que Dostoievski vivió su penosa experiencia como jugador y donde gastó hasta su último kopec en las mesas de ruleta. A tal punto fue así que debió humillarse ante el altivo y rico Turgueniev, que a la sazón se hallaba en Baden-Baden, y pedirle un préstamo para poder regresar a Rusia, lo que terminó por erosionar una amistad complicada.

Ribeyro tuvo razón. A diferencia de él, tipo cauto y moderado, yo me envicié. Regresé al casino varias veces, compulsivamente, y solo. El jugador que se toma en serio rehúye la compañía porque necesita concentración. Una pequeña distracción puede alterar la continuidad del sistema que trabajosamente ha puesto en marcha. A partir de mi segunda visita, el casino comenzó a recobrar todo el dinero que yo le había escamoteado. Desde luego, en algunas ocasiones ganaba durante un rato, pero nunca era capaz de irme antes de quedar desplumado.

Los jugadores tienden a ser desconfiados y recelosos, desarrollan hábitos y manías, se vuelven supersticiosos. Yo tejía minuciosos planes y estudiaba sistemas ajenos (la debilidad de los hombres por los juegos de azar es muy antigua: recuerden a los soldados romanos que se rifaron a los dados el manto de Jesucristo). No obstante, carecía de dotes de tahúr. En realidad, me había convertido en un vulgar ludópata que quemaba sobre el tapete verde todo el dinero que obtenía con su trabajo.

Una noche había regresado del casino a las cinco de la mañana y no conseguía dormir. Tenía los nervios desechos por la tensión del juego. Además, había perdido una suma importante. De repente me acordé de que aún tenía doscientos dólares que había guardado en previsión de alguna emergencia. Encendí las luces y revolví mi cuarto hasta que di con el dinero oculto entre las páginas de un libro. Miré mi reloj: eran las cinco y media. El casino cerraba a las seis. Calculé que si me apuraba podía llegar en unos veinte minutos y que me quedarían diez para jugar. En ese lapso, con un golpe de suerte, me resarciría de mis pérdidas. Me puse los pantalones encima del pijama y conduje como un poseído por las calles desiertas. Entré como una tromba en el casino a las seis menos nueve, aposté mis doscientos dólares y perdí. Lo peor ocurrió al salir del local. Había amanecido, trinaban los pájaros para aumentar mi desconsuelo y el sol me abofeteó. Me derrumbé como un vampiro calcinado por el resplandor del día.

No he vuelto a jugar desde entonces. Sin embargo, cada vez que paso delante de un casino un extraño cosquilleo me recorre la columna vertebral. Ninguna droga proporciona el placer del juego. Es una sensación que implica una descarga de adrenalina brutal, semejante a la que debe de experimentar un piloto de Fórmula 1, que sabe que puede estrellarse en cualquier instante y, a pesar de ello, se empecina en apretar el acelerador. Nunca me he sentido tan vivo como cuando jugaba y miraba hipnotizado la bola de marfil de la ruleta que saltaba de un lado a otro y todo parecía depender de la casilla en la que se deslizara.


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