Hay unos altavoces en distintos lugares del buque. He visto uno frente a la torre giratoria de dos cañones, lo último de la tecnología bélica allá por mil ochocientos sesenta y tantos, cuando el Huáscar se construyó en Inglaterra y se le bautizó así en honor al inca Huáscar, hijo de Huayna Cápac y Ráhuac Ocllo. Los disparos salen de allí. No de esos cañones estáticos que ni siquiera son los originales –para desilusión de los turistas hay otro ejemplo: un veinte por ciento del casco del buque no es original–, sino de allí: de los altavoces. Se trata de una grabación, la recreación de un combate naval en la agitada voz de un periodista que supuestamente es de guerra, despachando supuestamente desde el mismo epicentro del combate naval, que no es cualquier combate, sino el de Iquique.
21 de mayo de 1879. Iquique, Perú. Flameaba en el Huáscar la bandera peruana. (Dato al margen: Iquique y el Huáscar tienen hoy nacionalidad chilena). Grau estaba al mando. En la otra esquina, la Esmeralda, buque de Chile comandado por Arturo Prat. Ocho de la mañana. El Huáscar dispara el primer tiro. Mala puntería. Cae en el agua. La Esmeralda, en una maniobra bien estudiada, se pega mucho a la orilla para que el adversario deje de disparar. El almirante Grau era conocido por su caballerosidad y jamás iba a poner en riesgo a la población de enfrente. Entonces el Caballero de los Mares deja de hacer ruido con su cañonería y embiste a la Esmeralda con su espolón de proa, que es como se le dice aquí a la parte de adelante del buque. Diez de la mañana. Tan pegados estaban el Huáscar y la Esmeralda que Prat se lanza al abordaje del buque peruano.
–¿Qué pasa con el comandante Prat? ¿Dónde lo ves? –grita una voz por los altavoces.
Decía que es bonito el Huáscar. Los chilenos lo han cuidado bien, después de todo. El camarote del comandante hasta tiene la foto de Grau, «es un cabro flaco, Grau», dice el papá y el hijo se ríe. Jorge Figueroa, ex publicista, alargado y viejo como el Quijote, presidente de la Corporación de Defensa de la Soberanía de Chile, me dijo hace unos días que «se visita el Huáscar como una capilla, como un convento». Mientras que Sergio Villalobos, Premio Nacional de Historia de Chile, nacionalista al extremo, según cuentan, lentes anchos como fondos de botella, dice que «el Huáscar es parte de la gloria nacional». La de Chile. «No sólo por habérselo quitado al Perú, sino por los actos heroicos que hubo en él». Prat saltando al Huáscar es, dice Villalobos, un acto heroico. Lo confirma la historia. La de Chile.
–¡Muerto! ¡Muerto! –se escucha ahora por los altavoces–. ¡El comandante Prat tiene la frente destrozada!
El supuesto periodista llora a mares e inunda el Huáscar –el de hoy– con su propio melodrama. Eso parece.
–¿Y esto qué es? –le pregunto a un marinero, señalándole otro altavoz en la parte trasera del barco, que aquí llaman «popa».
El marinero escucha: «¡Muerto! ¡Muerto!».
–Es para que la gente entienda mejor –dice.
Pero han pasado ciento veintiocho años y la gente no entiende nada. Prat murió por su patria y Chile, al final, ganó la guerra. Grau, meses después, moriría también por su propio bando. El Perú perdió. Vencedores y vencidos se encargarían de crear sus propios héroes, y «desgraciado el país que necesita héroes», dijo Brecht. Ciento veintiocho años y un cliché: parece que fue ayer. Cada tanto, Chile y el Perú pelean una guerra que podría ser la misma o no ser, y esas voces grabadas que se escuchan en el Huáscar le dejan al visitante la extraña sensación de que todo sucede en el momento, en tiempo real.
Y el tiempo real puede ser hostil.
Se crean héroes, se inventan historias, se veneran símbolos como si el patriotismo fuese una religión: el Huáscar es entonces un convento, y el santoral, un producto de la fusilería.
Al final, lo más devastador de una guerra son las esquirlas que deja. El día después. Lo raro es que este después dure tanto y que sea tan distinto, dependiendo del mirador de cada país.
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