Mira como mato peruanos, papá, mira. El niño, de unos siete años, capucha naranja que le cubre la cabeza, se detiene detrás del cañón que ya no dispara, sostiene unas manijas largas de madera que son puro adorno, ya no sirven para nada, pero sí: al menos para que el niño cierre apenas los ojos como buscando un blanco a través de una mirilla y «ta-ta-ta-ta», haga un ruido furioso con la boca, como si disparase una ametralladora y no un cañón. El niño tiene siete años y mata peruanos en su cándida imaginación.
El papá se ríe, el hijo es muy bromista. Es el mismo papá que hace unos minutos, en el piso de abajo que aquí en el barco llaman «segunda cubierta» y huele insoportablemente a barniz, estuvo tan gracioso que hasta hizo sonreír a un joven marinero de gorrita blanca, encargado de cuidar que nadie toque nada y de responder preguntas que casi siempre son la misma: ¿Y esto qué es?
Sobre un estante de madera hay un proyectil enano y al lado una inscripción: «Proyectil donado por el almirante don Miguel Grau a la srta. Carmencita Pomareda».
–Se ve que Grau era mujeriego –dice el papá en voz alta, cantando las sílabas como hacen los chilenos.
Fue chistoso para algunos.
Miguel Grau, el héroe máximo del Perú, el Caballero de los Mares, el comandante del monitor Huáscar hasta que le cayó la noche –era de día–, y murió combatiendo contra Chile, 1879, cuando las guerras eran más nobles, pero guerras al fin y al cabo, es ahora mujeriego en la versión (visión) anacrónica del padre. Grau, decía, murió en el Huáscar, y no quedó casi nada de él luego de un cañonazo del enemigo de ese entonces, y del Huáscar, al Perú, no le quedó nada.
Estamos, obvio, en Chile, ciento veintiocho años después abordo del Huáscar. Un día antes, en Viña del Mar, el almirante en retiro Jorge Patricio Arancibia, ex edecán de Pinochet, senador, calvicie avanzada, pulóver marrón, me había advertido que al pisar el Huáscar se me iban a poner los pelos de punta. De emoción, claro. Eso dijo: «Vas a pisar el Huáscar y te vas a dar cuenta de que es un santuario». No sé, quizá vine un mal día.
Es domingo, once de la mañana, y el puerto de Talcahuano, al sur del país del sur, es, visto desde esta orilla, un conjunto de cerros verdes –pinos y casitas– que dan al mar: una bahía en medialuna, una lengua, casi una laguna de mar. En el mar, el Huáscar. Las visitas al Huáscar son grupales, mil pesos por cabeza, un frío que atraviesa dos casacas, avancen hasta el muelle de la Base Naval, por favor, y en ese destino que también pudo no ser me tocó en el grupo esta familia de chilenos: un cañón para matar peruanos, ta-ta-ta-ta, el mujeriego almirante Grau. Mala suerte.
Desde el muelle, una balsita de madera nos lleva hasta el buque, inofensivo, bonito como el juguete de un coleccionista, recién pintado, sesenta metros de largo que aquí le dicen «eslora» y que lo hacen bastante más chico de lo que imaginé: la realidad echando por la borda todos esos años de remota imaginación escolar, con el inmenso, imponente, majestuoso Huáscar que luchó contra los crueles enemigos chilenos en esa guerra de los libros de Historia del Perú, y que de pronto, unos metros más allá, era (sólo) eso.
–Ve cómo flota sin ayuda –es el consuelo de un marinero que empuja la balsa a través de unas sogas que van del muelle al Huáscar y del Huáscar al muelle, de martes a domingo, dice un letrero, desde las 09.30 a 12.30 horas y desde 13.30 a 19.30 horas.
El Huáscar es el segundo museo más visitado de Chile.
Ahora estoy, entonces, en un museo flotante, y no se me erizan los pelos, no lloro de emoción, no grito: «Chile, devuélvenos el Huáscar», que es casi una muletilla en el Perú, mi país, desde sabe dios cuándo.
Se escucha un disparo.
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