jueves 29 julio 3:03 pm.
El salón de juegos del gigante asiático
Le llaman la Montecarlo del Oriente y hasta la Gomorra china. Macao es esa ciudad de China donde sus habitantes (y millones de visitantes) parecen vivir y morir apostando en lujosos casinos. En un país donde los juegos de azar están prohibidos, ¿Por qué reservar un lugar para el desenfreno?
Un viaje de Gabi Martínez | Fotografía de Getty Images | No. 49

MACAOEL PASO POR LA TERMINAL Del ferry que conecta Hong Kong a Macao es fulgurante. Sacar el billete, recorrer pasillos encerados entre oscuros cristales reflectantes que crean una futurista cortina mural, hacer una cola que progresa rápido, embarcar, zarpar. Los aliscafos parten tal como se llenan, en breves intervalos. La terminal está diseñada para un tráfico anual de quince millones de pasajeros. Hay barcos en los que todos los pasajeros van con la intención de jugar.

Poco después de una hora atracamos sobre la excrecencia de tierra con forma de lengua de perro en la ribera sureste del Río de las Perlas. En el autobús, al centro, tras un parque de cartón piedra y múltiples anuncios de casinos, se alinean las casas bajas típicas de barrio suburbial marítimo, con las paredes bufadas y grandes manchas de humedad. Llueve un poco, así que todo parece más sórdido. Hace calor. En algunas calles vuelan bolsas o papeles rodeados de basura. En el centro, cuesta ver transeúntes. Es una impresión deprimente, después de Hong Kong. Como si la energía se hubiera volatilizado. Como retroceder a una época demasiado primitiva. De vez en cuando aparecen edificios de estilo portugués».

Estas fueron las primeras palabras que dediqué a Macao durante mi viaje por la costa sur de China, entre el invierno y la primavera del 2006. Llegué a la ciudad exhausto por la velocidad y magnificiencia de Hong Kong y no fue fácil digerir el regreso a aquel tempo de sosiego que tan poco tenía que ver con la más bien rutilante idea con la que la leyenda adornaba a Macao.

Encontré un hostal atendido por un hombre joven con algún tipo de retraso mental. Su anciano jefe le regañó por entregarme una llave incorrecta y por escribir mal la factura antes de conducirme al cuarto a través de un pasillo plagado de lamparones.

Caminé un par de horas por la ciudad desangelada, entre tranvías, empedrados idénticos a la Baixa lisboeta y rótulos en chino y portugués, interiorizando aquel descomunal salto a la calma. Se escuchaba tañir las campanas. La iglesia de Nuestra Señora del Santísimo Rosario mantenía la temperatura de intemperie, esa calda pringosa que embota la cabeza cociéndolo todo. Numerosas figuras traídas de Goa, en la India, formaban parte de un Tesouro de Arte Sacra que enorgullecía a los cristianos herederos de las iglesias y monasterios tan frecuentes en las colinas de Macao.

El cristianismo, cualquier religión, quedaba relegada en Macao por El Auténtico Tesoro del juego. Y si había algún dios, un nombre inevitable presente en cada casa, ése era el de Stanley Ho. En aquella ciudad, Confucio sonaba a protohistoria y, cuando los macaneses recordaban su filosófica proclama «es perderse a sí mismo jugar con las cosas», de inmediato reconocían que bueno, sí, ellos eran unos perdidos de primer nivel, «qué le vamos a hacer».

En cuanto a los cristianos más piadosos, se comentaba que el triunfo de los casinos les permitía mantener muy vigente el bíblico sambenito de «Gomorra china» aplicado a su ciudad, aunque esto no les impedía pasarlo bastante bien. La mayoría de población vivía al margen de religiones, igual que millones de chinos, pudiendo concentrarse en la felicidad terrenal. Por eso sabían jugar a fondo.

Cuando el reportero finlandés Aleko Lilius pisó Macao dijo haber tenido «la impresión de abrir un libro de Stevenson», conectando de inmediato con el espíritu romántico de un cantón famoso por haber sido madriguera de piratas, misioneros, opiómanos, jugadores empedernidos, y por haber dado lugar a aventuras que incluían la administración de tesoros y la destrucción moral y física de personas.

La cuestión era que Lilius pisó Macao a principios del siglo XX. Después de casi cien años, la piratería se había transformado en un concepto más vulgar mientras que la ciudad parecía físicamente encallada entre dos tiempos. Por eso, al principio Macao me intimidó. Al visualizar su geografía pensé que me hallaba en una jaula de ludópatas bastante despreocupados de estéticas pero empeñados en preservar su antiguo carácter de fortaleza, hasta el punto de que para abandonar el territorio había que traspasar las llamadas Portas do Cerco. También pensé en una ciudad agazapada, a la espera de algo.


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