Odio el Facebook porque sólo es una baratija electrónica para pasar el tiempo en internet cuando no tienes nada mejor que hacer: revisas fotos ajenas, lees comentarios sin imaginación, juegas a encontrar gente famosa. Tengo amigos desempleados que se pasan el día en cama –la computadora portátil en las rodillas, un bote de helado semivacío en el velador– revisando una y otra vez los perfiles de sus «amigos» sólo para sentirse acompañados, o menos solos o para descubrir que alguien, en algún lugar del mundo, también perdió el empleo, y entonces son felices, perversamente felices. Estar en Facebook es como salir a la calle para distraerte admirando la fortuna o desgracia ajena, pero ahora la tecnología te ha hecho creer que puedes salir a la calle sin salir a la calle para nada. Vemos el mundo desde una jaula modelo Mac o PC. El Facebook te vende la falsa ilusión de que estás interactuando de una manera nueva y cool con muchas personas («yo tengo dos mil quinientos amigos», me recordó un amigo que vive en una isla solitaria1), cuando en realidad sigues siendo el mismo tipo solitario con problemas de adaptación (acto seguido, mi amigo me tomó la mano de una manera poco adecuada, y entonces perdió a su único amigo de carne y hueso, o sea yo). Por eso detesto el Facebook, y porque a pesar de mi desprecio no he podido resistir la novelería de estar allí. Tengo una cuenta que visito muy de vez en cuando, generalmente para espiar fotografías de chicas desconocidas, con la misma frustración de un hambriento que contempla el menú de un restaurante por internet. Si el voyeur convencional ya es víctima de una agonía, el voyeurista virtual es preso de un clima mental que no admite ningún grado de optimismo. El primero, puede romper la puerta a patadas y presentarse ante la chica con todas sus credenciales. El mirón de Facebook se contenta con acariciar la pantalla donde sale esa chica que vive en las antípodas, echar saliva y… Yo prefiero la vida real, y dejo el Facebook como una simple herramienta de trabajo: una especie de tarjeta de presentación permanente que está allí en la web para quien te necesite. Odio que la gente asuma esa herramienta como si fuera una instancia más de la vida, un lugar al que es indispensable ir al menos una vez por semana al igual que antes se acudía a las plazas o a las iglesias para enterarte de lo que ocurría en el mundo. Soy un viajero que no está dispuesto a cambiar las experiencias carnales por los tristes «abrazos» o «besos» que te ofrece el Facebook. Por eso lo odio, y porque en el fondo se trata de una de esas sencillas cosas de la vida (como un teléfono o una calculadora electrónica) a las que la gente atribuye más cualidades de las que tienen de verdad. Es la tragedia de la sociedad de consumo: las personas sabemos que algo es mediocre (como las hamburguesas) pero igual convertimos ese producto en una mediocridad universal (como Britney Spears). Lo sé. El problema no es el Facebook (ni las hamburguesas, ni siquiera Britney) sino la gente que endiosa el Facebook (y las hamburguesas y también a Britney); por eso odio el Facebook (que ni siquiera es una baratija tan mediocre como Britney) y también a las personas que lo defienden (y que me perdone la señorita guapa del costado: mi odio no es nada personal). Detesto el Facebook porque no es popular en Brasil y ya sabemos que sin las brasileñas el mundo sería menos interesante. No me gusta el Facebook porque, a pesar de todo, mientras escribo este artículo (sentado en la terraza de un hotel frente a los glaciares de la Patagonia) no puedo resistir la tentación de entrar en ese mundo virtual para preguntarme si acaso estoy equivocado. En mi sitio de Facebook (tengo sesenta y cuatro amigos), un hombre dice que acaba de escribir un buen artículo. Seis personas lo felicitan, incluida una mascota que también tiene un sitio en el Facebook. Una mujer anuncia que tiene «tossss persistente…». Otro le responde: «grrrr y grrrr». Otro explica que ha recolectado tres mil monedas de la suerte en uno de los juegos electrónicos del Facebook, y a continuación se origina un debate donde doce personas terminan discutiendo acaloradamente (¿recuerdan que aún no hay cura para el cáncer y que el calentamiento global es irreversible?) sobre las monedas de la suerte. Detesto el Facebook como detesto los grupos. Es una condición inevitable de la raza humana: cuando la gente se reúne (así sea en el ciberespacio), el resultado siempre es la banalidad.
![]() |
![]() |
¿Cómo se hizo Inca Kola? (el reportaje, no la gaseosa) Por Daniel Titinger y Marco Avilés |
|
![]() |
![]() |
Swingers El detrás de escena Por Gabriela Wiener Ilustración en home: Dirty Drawings, por Craig Yoe. |
|
![]() |
![]() |
El imperio de la Inca Por Daniel Titinger y Marco Avilés |
|
![]() |
![]() |
Dame el tuyo, toma el mío Una experiencia de Gabriela Wiener (y Cía.) |
|
![]() |
![]() |
El amor, por supuesto, no existe [¿de qué ... Un texto de José Antonio Marina |
![]() |
![]() |
¿Cómo se hizo Inca Kola? (el reportaje, no la gaseosa) Por Daniel Titinger y Marco Avilés |
![]() |
![]() |
El imperio de la Inca Por Daniel Titinger y Marco Avilés |
![]() |
![]() |
Swingers El detrás de escena Por Gabriela Wiener Ilustración en home: Dirty Drawings, por Craig Yoe. |
![]() |
![]() |
El amor, por supuesto, no existe [¿de qué ... Un texto de José Antonio Marina |
![]() |
![]() |
Los fantasmas de la casa Matusita Una visita de Carolina Martín Fotografías de Armando Andrade |
1 de 2 


(8 voto, promedio: 3.88 de 5)



















Ahi va