1. El hambre natural
En enero del 2001, las noticias provenientes de Europa se leían casi como el guión de una película de horror barata, y empeoraban con una rapidez y envergadura poco plausibles. Cerebros humanos infectados con la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, la variante humana de la enfermedad de las vacas locas, se estaban literalmente convirtiendo en esponjas. Y el mal de las vacas locas se había extendido porque, en un brutal arranque, habíamos estado alimentando reses con carne de res –y quizá también porque, aunque estaba prohibido, empezamos a alimentar pollos con reses y reses con deshechos de pollo–. Los medios nos asombraban con listas de subrepticios productos secundarios provenientes de la industria de la carne: sangre de vaca en la espuma de los extintores y en la madera contraplacada; sebo de buey en los aislantes sumergibles, en la medicina contra el acné, en lubricantes para motores de avión, y en el recubrimiento de los cables en nuestros electrodomésticos. La carne de pronto nos aterrorizaba; su amenazante ubicuidad se veía reforzada por el eslogan: «Es lo que hay para cenar».
Al mes siguiente, todo explotó. Para erradicar una segunda epidemia –la fiebre aftosa– los rancheros europeos encerraron, dispararon, incineraron, y/o quemaron los cuerpos de más de diez millones de animales. En Gran Bretaña, la grasa resultante de esta matanza masiva –sumada a aquella de los cientos de cabezas de ganado descartados para frenar el primer brote de la enfermedad de las vacas locas, cinco años atrás–, dejó al país con un stock de casi medio millón de libras de sebo vacuno. Rebaños enteros se apilaban en las fosas comunes, desechados como mercancía defectuosa. Poniéndolo en términos amables, todo lo relacionado con la industria de la carne de pronto parecía un tanto sospechoso y ligeramente fuera de control. Observábamos el apocalíptico metraje de piras humeantes de ganado en los noticieros nocturnos, mientras nos preguntábamos cómo la grasa de un cuadrúpedo viviente de seiscientos kilos termina recubriendo los cables de nuestro televisor.
En ese momento, el 17 de enero del 2001, en un golpe de sinérgico marketeo (puramente accidental), el periodista Eric Schlosser publicó Fast Food Nation: The Dark Side of the All-American Meal [Nación de Comida Rápida: el lado oscuro de la comida americana]. Schlosser proveyó de hechos y cifras con los cuales sustentar nuestra reciente adquirida paranoia. Aunque las vacas locas y la aftosa apenas se mencionaban en el libro, Schlosser expuso a una industria de la carne que era a la vez negligente y explotadora de sus animales, trabajadores y clientes. El de Eric Schlosser era un vigoroso ejercicio de escarbar en la basura de la industria en un momento en el que los problemáticos rastros de aquella misma podredumbre ya habían estado agitándose por sí mismos.
El libro envolvía un afilado reportaje en un empaque literario, convirtiéndose con rapidez en el molde para un ya floreciente estilo: el denominado Popular Meat Writing [Escritura popular sobre la carne]. Su inmediato éxito con el público ayudó a cimentar un mercado para una vivaz e incisiva literatura centrada en las condiciones del ganado y de la producción de carne. En las estanterías y entre los periódicos y revistas, en todo Estados Unidos, aparecieron trabajos como La carne que comes: cómo la crianza industrial ha puesto en peligro la fuente de alimento de los Estados Unidos, de Ken Midkiff; una pintoresca denuncia de Howard F. Lyman titulada ¡No más toros! El vaquero loco ataca al peor enemigo de los estadounidenses: nuestra dieta; Vacas locas U.S.A.: ¿Podría darse la pesadilla aquí?, de Sheldon Rampton y John Stauber; Más allá del bife: ascenso y caída de la cultura de la carne, de Jeremy Rifkin; o Matadero, de Gail Eisnitz, que exponía los abusos en el camal estatal de Washington.
En los Estados Unidos, se han descubierto desde entonces dos vacas locas nativas y un caso humano del mal de Creutzfeldt-Jakob. Pero la primera vaca provenía de Canadá, y el sujeto en cuestión había vivido en Inglaterra, así que los vimos rodar por los noticieros por un rato y al cabo todos, o la gran mayoría, volvimos a nuestra mesa para la cena. Luego, los expertos del Departamento Estadounidense de Agricultura (USDA), simplificaron las disposiciones destinadas a protegernos contra las vacas locas, mandando las tripas de vuelta a las salchichas. No hemos desechado o cremado nada. En lugar de ello, hemos escarbado en lo más recóndito de la moderna industria de la carne y la hemos puesto en boga. Leer cuán repulsiva es nuestra comida se ha convertido en un nuevo pasatiempo norteamericano.
2.
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