Alguien que conozco, devoto como yo de la playa, según dice, me cuenta que el verano pasado, de vacaciones en un modesto balneario de la costa uruguaya, almorzaba solo en uno de esos lugares que ciertos aventureros comerciales montan a principios de diciembre sobre cuatro pilotes trémulos a metros del mar, ambientan con unos restos de anclas cubiertas de óxido, algunas boyas descoloridas y un par de viejas redes de pesca, arruinan con reggae, bossa nova y los compilados de José Padilla, y que a la temporada siguiente, después de haber atravesado todo el verano colmados hasta reventar, ya no existen o han cambiado de propietario (pero no de decoración ni de música). Comía –mal, como se suele comer en todos los lugares efímeros– en una mesa de adentro, protegido al menos de la música, una peste que, acaso para favorecer la difusión de sus efectos letales, tan parecidos a los que me producía, en mi época de fumador, fumar por la mañana antes de haber comido algo o ver pornografía al despertarme, los dueños de todos esos lugares de playa tienen la costumbre de hacer sonar siempre a la intemperie, cuando miró hacia fuera, hacia el deck del bar, donde media docena de sombrillas trataba de amparar al ala más radical de los veraneantes, esos que no están dispuestos a sacrificar un minuto de aire libre y de sol por nada del mundo y mucho menos por algo tan vulgar como el hambre, y le pareció que quedaba prendado –fue la palabra que usó– de una mujer que almorzaba con un grupo de amigas. Le pregunté cómo era. Salvo algunos rasgos vagos, que no llegaban a detalles y de los que, además, ni siquiera estaba del todo seguro, no fue capaz de agregar demasiado, algo que, mientras sucedía, pareció sorprenderlo más a él que a mí, ya que a lo largo de aquel almuerzo –uno de los pocos, gracias al descubrimiento de aquella mesa de mujeres, que recordaba con algún entusiasmo de un verano particularmente pobre en estímulos– casi no le había quitado los ojos de encima, a tal punto que recién recordó que estaba en medio de su almuerzo cuando un mozo, brotando de esa nada que es, para el absorto, todo lo que no es aquello que lo tiene cautivo, le preguntó si podía llevarse el aceite y el vinagre y lo sacó de su ensimismamiento, y al bajar la vista comprobó que su plato, además de intacto, estaba irremediablemente frío. Apuró unos bocados, menos por hambre, ya, que por vergüenza, y cuando desistió y apartó el plato de sí y volvió a alzar los ojos comprendió que ya era tarde: la mesa de las mujeres estaba vacía, una pareja de viejos desproporcionados –él muy alto, ella muy gorda, los dos pertrechados como para sobrevivir pálidos un año en el Sahara– sacudía las migas de las sillas para sentarse. No volvió a ver a la mujer ni a ninguna de las del grupo y las olvidó, pensando –con esa candidez con que exigimos de una explicación no sólo las razones sino también el consuelo de una pérdida– que quizá pertenecieran a la raza de las turistas golondrina, que hacen base en un balneario más o menos importante y desde ahí se mueven por los alrededores para explorar en viajes relámpago las playas satélite de la zona. Un par de meses después, cuando casi había borrado el episodio, tropezó con la desconocida en una calle de Buenos Aires. El contexto, el clima, la luz, el sonido (¡y la ropa!): todo había cambiado. Y aun así la vio y supo que era ella. Curiosamente, el puñado de imprecisiones con las que no había conseguido que yo me la imaginara al contarme el episodio le sirvieron a él, esa tarde, en el centro, para reconocerla en el acto. Pero no tuvo tiempo de alegrarse: la mujer, que esta vez iba sola, lo dejó completamente indiferente.
De haber leído a Proust, en particular la segunda parte de A la sombra de las muchachas en flor, mi amigo no hubiera evitado la decepción pero sí, al menos, el impacto de la sorpresa. Proust le habría enseñado hasta qué punto la forma que la vida adopta en la playa –toda vida, desde la de las almejas y las gaviotas hasta la de las personas, pasando por la de las estrellas, salvo quizá la vida verdaderamente excepcional, la que Federico Fellini, por ejemplo, hace aparecer sobre la arena en el tétrico amanecer final de La dolce vita: la vida del monstruo– es grupal, nunca individual, y hasta qué punto la belleza o la seducción, cuya fuente estamos acostumbrados a identificar con objetos o criaturas singulares, son aquí siempre un fenómeno gregario, de banda, que sólo surte efecto cuando todas sus partes están copresentes y se disipa por arte de magia, como mi amigo tuvo la desdicha de comprobarlo esa tarde en Buenos Aires, cuando el grupo se reduce a una sola de sus partes. Si el narrador de En busca del tiempo perdido no se decepciona es porque, al revés que mi amigo, demasiado respetuoso de las exigencias eróticas con que la playa atormenta al veraneante solitario, sabe matizar sus deseos con la vocación etnográfica y no se hace ilusiones. Instalado en el Grand Hotel de Balbec, versión imaginaria de Cabourg, clásica playa europea de fines del siglo XIX, con su aire británico y su infalible trípode chic (hotel-casino-baños), Marcel se toma su tiempo para detectar, entre la población de desconocidos que ocupa el hotel y se dispersa por la playa, a la chica que le gusta, y sólo llega hasta ella, hasta su identidad particular, su rostro, su nombre (es Albertine), a través del enjambre de amigas con las que se pavonea por las calles del balneario.
![]() |
![]() |
¿Cómo se hizo Inca Kola? (el reportaje, no la gaseosa) Por Daniel Titinger y Marco Avilés |
|
![]() |
![]() |
Swingers El detrás de escena Por Gabriela Wiener Ilustración en home: Dirty Drawings, por Craig Yoe. |
|
![]() |
![]() |
El imperio de la Inca Por Daniel Titinger y Marco Avilés |
|
![]() |
![]() |
Dame el tuyo, toma el mío Una experiencia de Gabriela Wiener (y Cía.) |
|
![]() |
![]() |
El amor, por supuesto, no existe [¿de qué ... Un texto de José Antonio Marina |
![]() |
![]() |
¿Cómo se hizo Inca Kola? (el reportaje, no la gaseosa) Por Daniel Titinger y Marco Avilés |
![]() |
![]() |
El imperio de la Inca Por Daniel Titinger y Marco Avilés |
![]() |
![]() |
El amor, por supuesto, no existe [¿de qué ... Un texto de José Antonio Marina |
![]() |
![]() |
Swingers El detrás de escena Por Gabriela Wiener Ilustración en home: Dirty Drawings, por Craig Yoe. |
![]() |
![]() |
Los fantasmas de la casa Matusita Una visita de Carolina Martín Fotografías de Armando Andrade |
1 de 6 













