lunes 06 setiembre 8:45 am.
Para escuchar flamenco hay que saber cerrar los ojos
Muchos admiran al cantaor Agujetas de Jerez, pero él no admira a nadie. ¿Puede darte una clase de música un artista que detesta que lo llamen "artista"?
Una crónica de Juan Bonilla | Fotografía de Deflamenco.com / Paco Sánchez | No. 74

agujetas finalEl documental comienza con un hombre que pisa el horizonte y va acercándose a una cámara plantada en medio de un sendero entre viñas. A medida que el hombre se acerca a la cámara se irá levantando la ola profunda de su voz. Viene cantando, viene cantando desde un pasado remoto, trae al puro presente desde su insólita antigüedad una pureza y una libertad que sabe muy bien de qué está hecha: más adelante lo dirá él mismo a la cámara: el cante está hecho de fatigas; quien no ha pasado fatigas no puede cantar. Otras cosas sabias, o que suenan sabias cuando él las dice con esa rotundidad inapelable (y con ese andaluz cerrado que es difícil de seguir incluso para quienes nacimos en su propia tierra), dirá en el documental que con admiración y respeto le ha dedicado una francesa, Dominique Swan. El hombre dice, por ejemplo, que para escuchar flamenco hay que cerrar los ojos, que con los ojos abiertos no es posible escuchar flamenco. Dice también que las letras no son de nadie, vienen unos, van otros, se borran aquellos, aparecen éstos, y las letras van cambiándose, acomodándose a cada cual. Dice que, ya que no sabe escribir ni leer, tiene que retener en la memoria las letras que se le ocurren, y que a veces se olvida de alguna muy hermosa que se le ocurrió diez años atrás, y empieza a buscarla en las paredes de la memoria, sin que la encuentre, hasta que otro día, de repente, zas, aparece sin que se la llame, y eso es porque cuando la buscaba no la necesitaba de verdad, y cuando aparece sí que la necesitaba aunque no la estuviera buscando. Dice el hombre que se levanta cada mañana con un dolor de cabeza que le nubla la vista, y que desaparece inmediatamente después de que se enjuague la cara, y ese dolor de cada mañana procede del hecho de que se ha pasado la noche entera oyendo cantes, viendo a los antiguos, viéndose a sí mismo.

El hombre es Agujetas de Jerez, hijo de Agujetas el Viejo, representante del flamenco más puro y genuino, el que hace ascos con un gesto de indiferencia o burla a los lirismos a que son dados tantos comentaristas. De hecho, en el documental de Dominique Swan, la realizadora hace ver a Agujetas una actuación grabada en un plató de televisión: las caras que pone el cantaor cuando escucha la presentación que se le hace son de antología, gestos de niño travieso que se burla de aquellas metáforas olímpicas que tratan de agigantarlo. Luego su durísimo juicio acerca de su propia actuación le arrastra a una nueva verdad inapelable: no, no le gusta nada, está bien para el público, pero a él ya no le dice nada, no le emociona, porque no se puede ser cantaor hasta los setenta y cinco años. Hasta los setenta y cinco años uno se limita a aprender, no ha vivido lo suficiente como para que el flamenco le salga de las entrañas y sea pura verdad, no mero espectáculo.

Agujetas vive en las afueras de Jerez, la ciudad de los gitanos. Todo el mundo lo admira, pero él no admira a nadie. Todo el mundo sabe que es un personaje imposible, y él parece orgulloso de haberlo hecho saber. En la ciudad de los gitanos, donde el flamenco busca su abanico de posibilidades, donde unos chavales que han mamado flamenco se atreven a hacer pop y triunfar con sus mezclas –Los delinQüentes–, donde hay un equipo de fútbol que se llama precisamente Flamenco, y debe de ser el único del mundo donde sólo juegan gitanos, y viste con una camiseta de lunares, en la ciudad que se ha instalado la primera cátedra de flamencología del mundo, todo el mundo sabe que Agujetas es otra cosa: hay que echarle de comer aparte. No es que sea el último representante de lo puro: es que está convencido de que él es la pureza. De que lleva ahora la antorcha mítica que en su día llevó Manuel Torre, aquel cantaor que dijo algo tan espeluznante como esto: cuando se canta bien, la boca te tiene que saber a sangre.


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