jueves 29 julio 2:31 pm.
Curso acelerado para papás que no pretenden huir de casa
Los bebés no vienen con un manual bajo el brazo. Tampoco los padres. ¿Quedarse con los hijos y criarlos es un acto natural o aprendido?
Un manual de Rafael Gumucio | Ilustración de Pando | No. 71

 

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1. El padre es un anfitrión de la tribu

Ser padre por primera vez es como viajar. Después de meses y meses de abalanzarme sobre cualquier pareja embarazada para llenarla de los consejos de un padre experimentado, he llegado a esta única conclusión. Una conclusión que tiene la ventaja de englobar todas las otras que he intentado en estos meses de felicidad e incerteza en que me he convertido en lo único que nunca creí poder ser: un adulto casi tranquilo que se despierta a las seis y media de la mañana (yo que solía hacerlo a las diez) y llega a la casa a las seis de la tarde para darle a Beatrice cucharadas de comida en forma de avión y leerle doscientas veces el mismo libro lleno de animales.

Tener un hijo, como me anunciaron todos los padres que me torturaron cuando era yo el que esperaba, es efectivamente algo maravilloso, espantoso, agotador, energizante, temible, valiente, tonto e inteligente. Todo eso y más y lo contrario. Es muchas cosas y una sola, la entrada en tu casa de la urgencia de la especie. La llegada de la tribu a la hoguera, el saludo a una bandera que sin saber no dejamos toda la vida de izar. Suegros, hermanos, amigos llenaron la clínica ese día de octubre, y siguen ahí porque, si se alejan mucho, los llamamos, urgidos, necesitados de cualquiera que nos recuerde que esto es posible, que estamos yendo hacia alguna parte.

2. El asombro siempre será una fotografía

El padre primerizo como el turista inexperto, anda con sus diapositivas a cuesta, y sus anécdotas interminables de insomnios abalanzándose sobre cualquier incauto para masacrar su paciencia a golpe de detalles ínfimos. No pueden, no podemos, evitarlo, sólo al contar nuestra experiencia nos aseguramos de haberla vivido. Como un detective que necesita desesperadamente pruebas para comprender el modus operandi del crimen que investiga, el padre primerizo saca así fotografías de cada gesto de su hijo. Pasión por imágenes de llanto, chupete y desnudos en piscina, que la fotografía digital ha convertido en delirio. Cada segundo puede ahora ser documentado, tanto que hasta los abuelos más cariñosos pueden sentirse aplastados por el exceso de documento. Mi hija aprendió así a posar antes incluso que a caminar, sonriendo ante cualquier cámara y esperando con paciencia infinita que el obturador haga su trabajo. Al padre no le importa a cuantos aburre en el intento, necesita con urgencia contar todo porque sólo en el relato la pareja que viaja o engendra, junta –pero que nunca se sintió más separada que entonces– logra acordar una impresión en común. Sólo después, en el álbum de fotos, sincronizan sus leyendas y neutralizan sus soledades. Las fotografías sirven de contrato; en ellas ese pasado que pasa tan rápido, ese tiempo que los padres primerizos sentimos que se nos escapa con urgencia, queda fijado, luminoso y en colores.

3. La naturaleza es una prueba de embarazo

Los padres contamos nuestros viajes al mismo tiempo que lo emprendemos. Porque ésa es la única diferencia entre viajar y tener hijos: con los hijos no hay regreso posible. Eso es lo que nos golpea y maravilla a los padres primerizos: han cometido un acto irreparable. Recuerdo el minuto, en París, cuando mi esposa me dijo al oído que estaba embarazada. Sentí, sin poder reprimir la sensación, que todo lo real se separaba de mí, que mi pecho, mi sonrisa, mi cuerpo entero se erguía y entibiaba. Salvaje como el primer hombre del mundo, me habría violado hasta las ardillas del parque. Era un hombre. Todo estaba hecho, podía matarme o morir y ya mi tarea estaba hecha. Había pasado la frontera y ahora mis rodillas temblaban, quedaba expuesto para siempre.

Tu mujer está embarazada y casi todo lo que emprenden o dejan de emprender empieza a tener importancia. Un test en un baño cualquiera y la nave deja el puerto para siempre. Empieza el viaje, pero no hay pasaje ni en el pasaporte. Nada que indique cuál es el destino final. Sólo sabes, sólo puedes saber que mañana estarás en otro puerto, que mañana será por completo otro día. Por primera vez ese lugar común de Scarlette O’Hara, en la película Lo que el viento se llevó, convertido en una cruel verdad: con los hijos mañana siempre es otro día.


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1 comentario   |  
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  • marcela |  |  July 9, 2009 a las 10:46 pm

    me parecio hermoso, es asi como dice el texto todo lo que te pasa cuando sos mamá.me encanto y me emocionó


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