Llegan más clientes. Son dos, probablemente vendedores o visitadores médicos por los portafolios que apoyan sobre sus piernas, como si los abrazaran. No son caras conocidas, de modo que por un día el valenciano puede sentirse contento: la costumbre de abrir temprano le ha traído hoy tres nuevos clientes.
-–Dos bocadillos de jamón, unas bravas y dos cafés –grita desde la mesa de los vendedores.
Se le ilumina la cara. Acaba de encender su tercer cigarrillo del día.
–Las bravas con alioli –añade.
Conocí a Elegante hace unos veinte años, en Lima, aunque en ese tiempo nadie habría imaginado que algún día le dirían Elegante. Por aquel entonces, él mismo había elegido su sobrenombre, o chapa, como llamábamos a los apodos dentro del partido. Cuando Elegante llegó, yo llevaba dos años de militante en el POR, Partido Obrero Revolucionario. Mi gran misión consistía en conducir el Volvo granate de un dirigente que había salido elegido diputado en el Congreso. Yo era su chofer, o perdón, su compañero de transporte.
El día en que conocí a Elegante, curiosamente él estaba discutiendo acerca de su sobrenombre partidario. En el local del POR había un pequeño patio interior que usábamos como comedor a la hora del almuerzo. Nos teníamos que sentar por turnos, porque no había suficientes mesas para los treinta y pico que llegábamos a comer allí cada mediodía. Yo estaba esperando el segundo turno cuando escuché que alguien le decía a Elegante:
-–Oiga, compañero, ¿por qué ha elegido el nombre de un animal para su chapa? Le pedimos un poco más de seriedad, compañero.
Elegante no sonrió. Ni siquiera hizo un gesto que pudiese incomodar al hombre que lo interrogaba. Sólo dijo:
–Le sugiero revisar la historia revolucionaria de este país, compañero.
Como nadie pareció entender lo que había querido decir, otro que comía a su lado se animó a terciar, aunque no sin cierta ironía:
-–A ver, compañero Del-fín, explíquese.
Varios rieron.
–Delfín –dijo finalmente Elegante– es el nombre de una leyenda del anarquismo peruano. A mí ese nombre me honra, y espero llevarlo siempre.
No lo dijo con arrogancia. Al contrario, pareció que se disculpaba por tener que explicar algo que para él resultaba obvio.
Después de aquella vez, yo sentía que algunos esperaban que llegara Elegante –es decir, el compañero Delfín– para sentarse a comer a su lado. Yo era uno de ellos, y hasta trataba de memorizar alguna de sus frases, aunque sólo fuese para repetírmela después y descifrar su significado. Solían preguntarle muchas cosas, pero casi nunca sobre ideología, porque para eso estaban los compañeros de doctrina. Con todo, él prefería a veces no responder. Decía: antes déjeme investigar, compañero, porque ya sabe lo que decía el camarada Mao: quien no investiga no tiene derecho a opinar.
Mi apodo partidario sí que era horrible: Ilich. Ya podría haberlo olvidado si no fuese porque en cierta ocasión Elegante hizo un comentario acerca de los apodos en los partidos de izquierda. Dijo que había que castellanizar la lucha revolucionaria. No todos pueden ser nombres rusos, dijo, refiriéndose a la mayoría de sobrenombres que elegían los militantes del POR: Vladimiro, Josif, Catarina, León, Iskra. No sé si los demás, pero yo sentí mucha vergüenza.
Ahora el valenciano se ha acercado a la mesa de Elegante. Todavía no ha terminado de comer. El vaso de té con leche se ve casi lleno, y del bocadillo no ha comido ni la mitad, pero parece que está pidiendo la cuenta.
Sí, se levanta de la silla, sacude las migas de su camisa, se reacomoda los anteojos y deja un solo billete sobre la mesa. Es bastante más de lo que debería pagar: una buena propina para el dueño y medio bocadillo de calamares que guardaré para mi desayuno.
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Muchachos de etiqueta negra… primero felicitarlos por la excelente revista que tienen..
Segundo… estoy que busco la continuación de una historia del numero 67.. y no la encuentro no se si podrab ayudarme con eso.
DESEMPLEOS../ EL REPARTIDOR DE PIZZA..naufrago en suiza.
Saludos.
LOS VALENCIANOS NO HABLAMOS CATALAN