jueves 29 julio 2:25 pm.
Elegante
Un cuento de Toño Angulo Daneri | No. 67

Entra en el café, elige una mesa oscura del fondo y se sienta a leer un diario. Su nombre completo es José García Juárez, aunque hace unos años era conocido como Elegante. Ése era su apodo, el que otros habían elegido para él, y así lo llamábamos el día en que mató a su padre.

El dueño del café, un valenciano de Poble Sec que no habla catalán, se acerca a tomarle el pedido. Durante unos segundos, Elegante despega los ojos del diario. No revisa la carta que le ha entregado el dueño –una hoja de papel A4 forrada en plástico y escrita a mano por ambas caras–. Más bien, le dice algo, unas pocas palabras.

El valenciano grita:

–Un té con leche y un bocadillo de calamares, caliente.

A esta hora de la mañana casi no hay clientes en el café. La gente que suele venir por aquí –burócratas, repartidores de Correos, los borrachos de Paral·lel de toda la vida– toma su segundo desayuno pasadas las once. Ahora no son ni las nueve, pero al dueño le encanta abrir temprano. Dice que el olor a café recién hecho, a pan fresco, a tortilla de patatas, atrae a los paseantes.

Es difícil que este local pueda oler a todo eso. Desde que abre hasta que cierra las puertas, el valenciano se dedica básicamente a fumar, al igual que su mujer, que es la que lleva la caja. De tres a cuatro paquetes de cigarrillos diarios entre los dos. Y si llega la hija, cinco o seis.

–¿Ya está? –me apura el dueño acercándose a la ventana sin marco que conecta el salón con la cocina.

Recoge el pedido y enrumba hacia donde está sentado Elegante. En el trayecto coge una azucarera de vidrio estratégicamente semivacía y un servilletero con dos servilletas. Avanza rápido entre las mesas sin derramar una sola gota del vaso repleto de té con leche. Un cigarrillo cuelga de la comisura de sus labios; es increíble la agilidad que conserva el valenciano a sus setenta y tantos años.

Elegante lo ayuda a acomodar las cosas. Coloca el periódico a un lado, el plato con el bocadillo al otro y el vaso lo más lejos posible. Luce casi idéntico que hace once años. No sólo su misma cara flaca, su misma nariz de púa y su pelo negrísimo peinado con la raya al costado; también su misma ropa: camisa clara de un solo tono, pantalones azules de lanilla, zapatos negros de punta ancha con pasadores. Y, sobre todo, la misma parsimonia en cada uno de sus actos. Como si pensara tres veces antes de hacer cada cosa.

Tal vez lo único que le ha cambiado un poco es la mirada, ahora menos intensa bajo unos anteojos más gruesos; le debe de haber aumentado la miopía. En los tiempos en que José García Juárez era llamado Elegante, cargaba siempre un libro en la mano. Recuerdo dos: uno de Voltaire y otro pequeño, de hojas amarillentas dobladas por las puntas, El Diccionario del Diablo. Yo ahora trabajo de cocinero en este café y puedo observarlo sin que él se dé cuenta.

Ha vuelto a concentrarse en el diario. De vez en cuando levanta el bocadillo y le da un pequeño mordisco. Mastica lentamente. Luego toma un sorbo del vaso y traga todo junto, bocado y líquido.

Le decíamos Elegante precisamente por eso, por su elegancia para hacer las cosas. Su elegancia al comer, en su vestimenta, al caminar, el tono con el que hablaba y las palabras que elegía al hacerlo. No importaba quién estuviese conversando con él, jamás levantaba la voz y era muy raro que soltara una palabrota. Además hablaba en difícil. No es que utilizara palabras rebuscadas, sino que las ordenaba de tal manera que era complicado seguirle la corriente.

Una vez lo escuché decir algo así como que era necesario desarrollar otra gramática para nuestros quehaceres más cotidianos. Al frente tenía un auditorio patibulario, maleantes que de cada tres palabras que pronunciaban una era conchatumadre. Y sin embargo él en ningún momento varió el tono ni rebajó la densidad de sus palabras, como si estuviese en una convención de presuntuosos maestros de secundaria. Y cuando se dirigían a él, guardaba silencio y asentía con la cabeza, mirando fijamente a los ojos de su interlocutor, como señal de que de verdad lo estaba escuchando. Y a todos trataba siempre de usted.


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2 comentarios   |  
daneri Toño Angulo Daneri
Perú. Periodista y escritor. Ha publicado los libros de crónicas LLámalo amor, si quieres y Nada que declarar. Fue editor general de Etiqueta Negra. Prepara su ingreso en la narrativa con una colección de cuentos.
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  • Gino |  |  June 23, 2009 a las 2:21 pm

    Muchachos de etiqueta negra… primero felicitarlos por la excelente revista que tienen..
    Segundo… estoy que busco la continuación de una historia del numero 67.. y no la encuentro no se si podrab ayudarme con eso.
    DESEMPLEOS../ EL REPARTIDOR DE PIZZA..naufrago en suiza.

    Saludos.

  • MARI CRUZ |  |  May 31, 2009 a las 10:37 pm

    LOS VALENCIANOS NO HABLAMOS CATALAN


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