
Los penes de Bhután me dejaron pasmada: había tantos. No los vi apenas llegué al aeropuerto del reino de Bhután, un estrecho camino abierto entre el enmarañado y verde pasto del Valle del Paro. Es posible que no los hubiera notado de ninguna manera porque me sentía demasiado aturdida por el vuelo, el más espantoso de los vuelos regulares de la aviación comercial. Dominada por menos de una docena de pilotos en todo el mundo, esta ruta exige un giro a la derecha a la altura del monte Everest y luego una suerte de deslizamiento sobrecogedor a través de los altos Himalaya hasta llegar a la pista aérea. Estaba tan preocupada por el aterrizaje que no me fijé en el aeropuerto, en realidad, ni siquiera en las pinturas de dragones con colas enroscadas, aves con picos torcidos en forma de garfios, potrillos azules y prometedores símbolos budistas: conchas, nudos infinitos y peces dorados.
No fue sino el segundo día, cuando ya estábamos a cierta distancia del aeropuerto, que me fijé en los penes. Conducíamos a través de un paso de montaña llamado Dochu La, a tres mil quinientos metros de altura. Llegamos a una enorme granja, amplia y de paredes blancas, con un techo de vigas al tradicional estilo tibetano y una enorme puerta de madera dos veces más alta que cualquier persona que quisiera entrar por ella. En el rocoso patio delantero unos mil ajíes estaban extendidos para secarse al sol. A cada lado de la puerta alguien había pintado un gigantesco falo con el color rosado del durazno y un acabado mate. Estaba ubicado en un arco a modo de bienvenida con pequeñas volutas rizadas de sabe Dios qué en la parte baja y en lo más alto.
Sucede que estaba en Bhután con un grupo de mujeres norteamericanas que querían quedar embarazadas al ser bendecidas por asistir a ceremonias de fertilidad, de modo que los penes tenían un gran éxito allí –un símbolo prometedor para aquellas personas en busca de ese tipo de fortuna–. El dueño de la casa salió cuando estábamos tomando fotos. Era un hombrecito nervudo y quemado por el viento, que usaba pantalones azules, un suéter tejido, un gorro rojo y botas de jebe. Al comienzo, pareció algo desconcertado por la atención que le prestamos, pero después de estudiarnos un momento nos saludó con la cabeza. Luego se ubicó en la entrada y esperó, henchido de orgullo, a que le tomáramos fotos. Si sentía orgullo por su casa, sus ajíes colorados o su fértil mural, es algo que nunca podremos saber.
Desde entonces, los penes aparecían en todos lados: pintados en las casas de Wangduephodrang y en Punakha, en las paredes de Trongsa y en los escaparates de Jakar, donde aparecían en los catres musulmanes con un eslogan bhutanés sobre el control de la natalidad: «Familias pequeñas, familias felices». En el monasterio de Chime Lhakhang, el lugar más prometedor de todo Bhután para las bendiciones de fertilidad, el monje que dirigía la ceremonia tenía dos penes en el altar. Uno era de mármol esculpido a mano y el otro de un pedazo de madera de tamaño anatómico, del que se cuenta que creció naturalmente en un bosque en el Tíbet, donde fue hallado en el siglo XV por Drukpa Kunley, el santo más popular de Bhután. Por último empezamos a ver penes donde no los había o donde eran sugeridos de manera muy vaga, resultado, estoy segura, de nuestra primera e impresionante anunciación de aquellas dos formas erectas en Dochu La, así como de la naturaleza autorreferencial de la mente humana. Las mujeres que intentan quedar embarazadas suelen pensar que todas las mujeres con las que se cruzan en la calle están encinta.
En un puesto de control de migraciones camino a Trongsa, salimos del bus y tomamos un tour por la ciudad. Frente a un café había una columna de concreto, piedra o algo parecido, un objeto erecto que llegaba hasta la altura de las rodillas y duro como una roca, que podría sugerir la silueta, las proporciones y el carácter del órgano masculino. En todo caso, era suficiente insinuación como para que nuestro grupo lo considerara excitante. En cuestión de minutos, las norteamericanas nos juntamos alrededor de la piedra, la examinamos, discutimos sobre el asunto y tomamos algunos rollos de película. Después de la sesión fotográfica, matamos el tiempo visitando una tienda del lugar. La propietaria era una mujer corpulenta que tenía media docena de niños de distinto tamaño a su alrededor.
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En el monasterio de Chime Lhakhang, el lugar más prometedor de todo Bhután para las bendiciones de fertilidad, el monje que dirigía la ceremonia tenía dos penes en el altar.
Hace años una mujer japonesa se detuvo en Chime Lhakhang y le suplicó a un monje que la bendijera para ser fértil. Era la primera vez que una extranjera recibía una bendición. Poco después, la mujer quedó encinta. Estaba segura de que había sido gracias al Divino Loco.
En todo Bhután hay imágenes de Drukpa Kunley, un hombre de pecho ancho y falo predador, de bigotes y salvajes ojos negros, un tipo de mirada lasciva con un perrito blanco a su lado. Su pene aparece enérgicamente arqueado y es honrado en cuadros, esculturas y murales en los patios principales de todo el país.
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