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	<title>Etiqueta Negra</title>
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	<description>Crónicas, reportajes, perfiles, entrevistas. Historias reales. Cuentos inéditos.</description>
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		<title>Ciudad de payasos</title>
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		<pubDate>Tue, 31 Aug 2010 23:16:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
				<category><![CDATA[bájate el primer capítulo]]></category>

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Ciudad de payasos pertenece a la colección de cuentos Guerra a la luz de las velas, que Alarcón publicó originalmente en inglés. El padre de “Chino”, un periodista, acaba de fallecer. Mientras va desarrollando una investigación sobre los payasos callejeros, cuenta pasajes sobre la doble vida de su papá. En un momento, el [...]</p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/08/CIUDAD-DE-PAYASOS.gif"><img class="alignleft size-medium wp-image-286278" title="CIUDAD DE PAYASOS" src="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/08/CIUDAD-DE-PAYASOS-179x300.gif" alt="CIUDAD DE PAYASOS" width="179" height="300" /></a></p>
<p>Sobre el libro:</p>
<p>Ciudad de payasos pertenece a la colección de cuentos Guerra a la luz de las velas, que Alarcón publicó originalmente en inglés. El padre de “Chino”, un periodista, acaba de fallecer. Mientras va desarrollando una investigación sobre los payasos callejeros, cuenta pasajes sobre la doble vida de su papá. En un momento, el reportero se disfraza de payaso mientras revisa su propia historia personal.</p>
<p>Sobre los autores:</p>
<p>Daniel Alarcón es Editor Asociado de la revista peruana <em><span style="font-style: normal;">Etiqueta Negr</span><em>a</em></em>, e Investigador Visitante del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de California Berkeley. Es autor de dos libros, Guerra a luz de las velas (finalista Premio PEN/Hemingway 2006), y Radio Ciudad Perdida, una novela publicada en más de una docena de países. Ha ganado varios honores, incluyendo un Premio Whiting (2004), becas Guggenheim y Lannan (2007), y un Premio Nacional de Revistas (2008).</p>
<p>Sheila Alvarado es artista plástica e ilustradora. Es asesora de arte de la revista Etiqueta Negra y directora de arte de la editorial Recreo. Empezó ilustrando libros para niños y carátulas para editoriales como Santillana, Norma, Planeta y el ministerio de educación, luego pasó a revistas como Etiqueta Negra y en los últimos años a diarios como El Comercio y Perú 21, en donde ilustra la pagina de sexo todas las semanas. A mediados del 2007 publicó con la editorial Santillana en libro de cuentos para niños “Pelilargo”, el cual escribió y diseñó ella misma.</p>
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<p><a href="http://etiquetanegra.com.pe/?p=286280">Ciudad de payasos</a></p>
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		<title>La calle de Sherlock Holmes</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Aug 2010 21:45:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
				<category><![CDATA[cómplices]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p align="center">
<p style="text-align: left;"><a href="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/08/EN-86-BAKER-STREET-2.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-286271" title="EN 86 BAKER STREET 2" src="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/08/EN-86-BAKER-STREET-2-300x210.jpg" alt="EN 86 BAKER STREET 2" width="300" height="210" /></a></p>
<p style="text-align: left;">Cuando tengo que buscar una calle de Buenos Aires acostumbro a utilizar una enorme y vieja guía del año 1960. Casi siempre encuentro lo que busco, aunque allí no figuren autopistas, cambios de nombre de algunas calles, o los barrios más nuevos. Consulto esta guía porque me resulta mucho más rápida que la computadora y porque me recuerda que los planos nunca son una representación literal, sino una especie de sofisticado símbolo de la ciudad.</p>
<p style="text-align: left;">Cuando un escritor incluye calles o lugares reales en sus novelas, establece una distancia semejante a la de las viejas guías, como si trazara el plano de un pasado alternativo. Agrega un poco de realidad a la imaginación, pero a la vez pone imaginación en la realidad. Kafka dota de una espada, en lugar de una antorcha, a la Estatua de la Libertad.<a href="file:///C:/Users/Maria%20Jesus/Downloads/EN%2086%20ARQUITECTURA%20CALLES%20Baker%20Street%20DE%20SANTIS%20FINAL.doc#_ftn1">[1]</a> Alejandro Dumas ubica la casa de Aramis en la Rue Servandoni, que no se llamaba así en tiempos de Los tres mosqueteros. Conan Doyle aloja a Sherlock Holmes en el 221B de Baker Street, pero esa enumeración no existía a fines del siglo XIX (la calle sólo llegaba hasta el 85). Estos errores o variaciones de la realidad acaban por ser verdades de la imaginación.</p>
<p style="text-align: left;">En tiempos de Holmes, Baker Street era (y sigue siendo) una calle de un barrio acomodado, y con mucho tráfico. Es probable que no la haya elegido por su rareza sino por lo contrario, porque no llamaba la atención. Cuando Borges escribió «El Aleph», ubicó la casa donde transcurre el relato en la Avenida Garay, una calle especialmente anodina, sin nada de belleza pero tampoco sin una fealdad particularmente expresiva. A veces un escritor pide a sus escenarios que digan cosas importantes; otras, les exige lo contrario: que hablen en voz baja, que no se note que allí hay un punto que encierra el universo entero, o un detective genial.</p>
<p style="text-align: left;">En el departamento de Baker Street se produce un momento esencial de la aventura: la espera. Holmes y Watson conversan de naderías, fuman sus pipas, comentan las noticias del periódico y examinan la correspondencia, mientras aguardan la llegada del misterio. Frente al héroe de la novela de aventuras, que está siempre en movimiento, el detective inaugura la quietud. Espera sentado que el misterio venga a él y pone a prueba su sabiduría no en grandes espacios, sino en cuartos que ha de explorar a fondo. El héroe de aventuras es el que puede entenderse con lo inmenso; el héroe del relato policial es el que se enfrenta con lo mínimo y descubre una verdad escondida en la trivialidad, en lo cotidiano, en aquello en lo que nadie repara. Así como la casa nada extraordinaria de Baker Street esconde al genio, así un cuarto común puede ocultar las huellas del crimen.</p>
<p style="text-align: left;">Con el relato policial entran en la novela los espacios pequeños, las hendiduras entre las tablas del piso, el fondo de los cajones, el contenido de los bolsillos. En la literatura anterior al policial, los objetos eran importantes y visibles, y eran símbolos: espadas, cálices, tapices, joyas. La literatura policial los reemplaza por cajitas de fósforos, pañuelos, un pedazo de cristal, un reloj roto. Lo que da importancia a las cosas es su lugar en una red de causas. Las pistas no tienen importancia en sí mismas, sino en una constelación de significados. Las cosas, en las novelas anteriores, eran totalidades; en el policial, las cosas siempre son fragmentos de una verdad oculta.</p>
<p style="text-align: left;">El departamento de Baker Street es el escenario de una nueva sensibilidad. Ante la exaltación de las maravillas del campo y de la vida natural frente al hacinamiento de la vida en la ciudad (tan comunes en tiempos de Conan Doyle como en los nuestros), Holmes representa al hombre que detesta la playa, el bosque, las vacaciones. En el cuento «El paciente residente», el pobre Watson se queja del calor de Londres y lamenta que no haya forma de sacar a Holmes de la ciudad: «Le encantaba verse rodeado de cinco millones de personas, tendiendo sus redes para que nada ni nadie escapara a su vigilancia, siempre alerta ante un rumor o sospecha de un crimen sin resolver. El saber apreciar la naturaleza no se encontraba entre sus innumerables facultades». El relato policial es en esencia un relato urbano, que nace cuando se agudiza la conciencia de que vivimos entre multitudes anónimas y que no conocemos a nuestros vecinos. La moraleja oculta de todo relato policial es que no conocemos de verdad a nadie y que todos podemos tener una vida secreta.</p>
<p style="text-align: left;">¿Podemos imaginar a Holmes lejos de Baker Street? Watson sí. El buen médico nos cuenta que el detective se mudó a una granja en el condado de Sussex, y que a pesar de su desinterés en la naturaleza se dedicó a la apicultura.</p>
<hr style="text-align: left;" size="1" />
<p style="text-align: left;"><a href="file:///C:/Users/Maria%20Jesus/Downloads/EN%2086%20ARQUITECTURA%20CALLES%20Baker%20Street%20DE%20SANTIS%20FINAL.doc#_ftnref1">[1]</a> En su novela América. [Nota de los verificadores de datos.]</p>
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<p><a href="http://etiquetanegra.com.pe/?p=286270">La calle de Sherlock Holmes</a></p>
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		<title>Como sobrevivir en la cuidad más  violenta del mundo</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Aug 2010 23:08:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>(Please open the article to see the flash file or player.)<br />
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Como sobrevivir en la cuidad más  violenta del mundo</p>
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		<title>La ruta de la devoción</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Aug 2010 21:20:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>orlean</dc:creator>
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		<category><![CDATA[crónicas]]></category>
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<p class="MsoNormal">Un ómnibus es lo mejor y más grande que puede pedir un grupo viajero de cantantes de gospel a través de sus ruegos. Se sienten bendecidos si los contratan para un show, pero de verdad benditos si pueden encontrar la forma de llegar a él. A veces, cuando los llaman, no tienen cómo ir. Volar no es una opción porque es demasiado costoso, y porque los conciertos de gospel ocurren en lugares a los que no suelen llegar las líneas aéreas, como Demópolis, en Alabama, y Madison, en Georgia. Los Jackson Southernaires han cantado en programas de gospel de todo Estados Unidos casi cada fin de semana en los últimos cincuenta años, y viajaban de show en show abarrotados en cualquier auto: agradecían a Dios si éste era capaz de llevarlos al evento y traerlos de vuelta antes de quedarse varados. En 1965 cantaron en una competencia de gospel en Detroit, y uno de sus fanáticos apostó contra un seguidor de los Mighty Clouds of Joy [Poderosas Nubes de Gozo] a que los Southernaires ganarían. Los Mighty Clouds eran los favoritos, pero ganaron los Southernaires. El fanático quedó tan agradecido que les regaló un bus con una parte de sus ganancias. Los Southernaires viajan ahora en su tercer bus. Está pintado de azul y plata, tiene una placa que reza «Abróchate con Jesús», y el nombre de <a href="http://www.thejacksonsouthernaires.com/" target="_blank">The Jackson Southernaires</a> calado con una ondulante caligrafía en la parte posterior y a ambos lados del vehículo.</p>
<p class="MsoNormal">El ómnibus atrae la atención. Una vez, en una cafetería de Florida, un camionero que remolcaba un juego mecánico de carnaval desde Tampa hasta Birmingham se acercó a la mesa de los Southernaires, se presentó y les dijo: «Hace treinta años los escuché cantar en un salón de reuniones en Virginia, y desde entonces he soñado con conocerlos». Luego se golpeó el pecho y exclamó: «¡Gracias a Jesús por hacer que viera su bus!». Otra vez en Jackson, Mississippi, que es la base de operaciones del grupo, McKinley Mac Brandon, chofer de los Southernaires, estaba afuera revisando el motor y los neumáticos cuando una mujer se detuvo a tomar una foto del bus para su álbum gospel. Ella le pidió que posara junto a la llanta delantera. Él vestía su ropa de trabajo y no se sentía muy fotogénico que digamos, pero ella insistió. No hace mucho le pregunté a Mac Brandon si alguna vez llegó a ver aquella fotografía. Y él me contestó:</p>
<p class="MsoNormal">–¡Y cómo! Esa mujer y yo nos comprometimos.</p>
<p class="MsoNormal">Pero a veces el bus se convierte también en una fuente de problemas. Cierta vez, los Southernaires se quedaron varados en algún lugar entre Nashville y Louisville, y necesitaron tres días para conseguir el dinero que hacía falta para las reparaciones. Otra vez, en Richmond, Virginia, la transmisión del bus explotó, pero por suerte el cantante principal de Willis Pittman y los Burden Lifters (otro grupo de gospel) vive en Richmond y es mecánico y reparó la transmisión gratis. Otra noche, en medio de Ohio, al bus se le reventó un neumático y al mismo tiempo se quedó sin gasolina. Un granjero que había oído la conmoción salió de su casa, entró en su granero, encontró un neumático que le hiciera al aro, llenó una galonera con gasolina, ayudó a levantar el bus, reemplazó la llanta, llenó el tanque de combustible, los remolcó con su tractor a la carretera y luego sacó su tarjeta de miembro del Ku Klux Klan y les pidió que siguieran su camino.</p>
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<p class="MsoNormal">Los seguidores de la música gospel son quizá la más pobre de las audiencias masivas en Estados Unidos, y hay también mil maneras de cómo los cantantes de gospel podrían ganar más dinero: trabajar en un Kmart, la cadena de supermercados estadounidense, o emplearse como obreros de construcción. La mayoría no gana lo suficiente con su música como para vivir. Es un asunto de devoción. La música gospel tiene orígenes complicados, pero proviene en esencia de un movimiento negro del sur llamado Iglesia de Dios en Cristo y la Santidad, que forma parte de la Iglesia  Metodista. Musicalmente el gospel es la unión de himnos de reanimación ingleses y estilos africanos: llamadas y respuestas, lamentaciones, vociferaciones. En los años treinta, los cantantes de gospel empezaron a viajar por un circuito de auditorios, templos y campamentos, y a lo largo de medio siglo su camino apenas ha cambiado. Existen discos de gospel, aunque para la mayor parte de la audiencia es más una forma de adoración y representación pública que algo que uno escucharía en su casa.</p>
<p class="MsoNormal">Los Jackson Southernaires dejan su casa cada jueves y pasan el fin de semana en la ruta. Han cantado en lugares tan pequeños como Blytheville, Arkansas, y tan grandes como Brooklyn. Han cantado en iglesias medio vacías como en teatros repletos. En 1994, por vez primera, cantaron en Francia y fueron tratados como estrellas. No hace mucho viajé con los Southernaires por el circuito gospel. La primera noche de ruta no pude dormir, así que me senté en los peldaños de la cabina del bus y hablé con McKinley Mac Brandon. Íbamos a Demópolis, un pueblo venido a menos en medio del estado de Alabama. Mac me dijo: «Estamos adentrándonos mucho en el país. Espera y verás, la gente vendrá al concierto hasta en mulas». Él ha sido chofer de bus gospel por veinticinco años, y se unió a los Southernaires en 1991. Su hogar está en Carolina del Norte, pero se queda a menudo en Jackson, Mississipi. Me contó que su cenit profesional fue en 1981, cuando nominaron a Willie Neal Johnson para el Grammy y los Gospel Keynotes fueron a la ceremonia en una limosina.</p>
<p class="MsoNormal">–No era sólo la limosina –me dijo–. Cuando fueron a recogerme, abrí la puerta y ahí estaba Dionne Warwick1. Fue una experiencia hermosa. Abrí la puerta, vi a Dionne y me quería morir.</p>
<p class="MsoNormal">Si Mac Brandon se cansa, James Burks conduce. Pero ése es su trabajo secundario con los Southernaires. Su ocupación principal es tocar el bajo y hacer la segunda voz. Todos en el grupo cumplen una doble función. Granard McClenton, el guitarrista –que es delgado, despreocupado y viste con mucha elegancia–, negocia los cuartos de motel cuando se detienen en un pueblo, y también escoge cuál de los seis juegos de uniformes iguales vestirán cada noche. Durante mi viaje con el grupo, Melvin Wilson cantaba tenor (alto) y falsetto (altísimo), y era además el ingeniero de sonido. Tiene una piel oscura satinada y la cara rellena y en forma de calabaza. Cuando Melvin era adolescente, su padre manejaba un grupo de gospel llamado los Dynamic Powell Brothers. Nadie sabía que Melvin Wilson podía cantar, ni siquiera Melvin. Un día regresaba a casa de un show y simplemente abrió la boca y se dejó llevar. Los Dynamic Powell Brothers lo contrataron en el acto. Cuando viajé con los Southernaires, el tecladista era Gary Miles (Melvin y Gary salieron hace poco del grupo para unirse a otra banda). Gary Miles también descargaba el equipo del bus y lo regresaba tras cada presentación. En su vida fuera de las carreteras es actor. Ha sido extra en Murder, she wrote2 y en Magnum P.I.3 En ambas oportunidades lo eligieron para personificar a un dedicado mesero.</p>
<p class="MsoNormal">Maurice Surrell toca la batería, canta y es el policía de los Southernaires: él anota a los miembros del grupo cuando infringen las reglas. Son quince páginas de reglas escritas a máquina y fueron creadas por Luther Jennings, uno de los miembros originales que ahora enseña matemáticas en una escuela secundaria de Jackson. Luther Jennings quería que los Southernaires fueran conocidos como los caballeros del circuito gospel, así que sus reglas son muy estrictas y las multas, elevadas. Veinticinco dólares por usar el uniforme arrugado. Veinticinco más por tener los zapatos sin lustrar. Cien dólares por maldecir. Cien más por llevar a una jovencita al restaurante donde come el grupo. Veinticinco por dar una nota errada en una canción. Luther Jennings no creía en la indulgencia: si él transgredía las reglas se multaba a sí mismo. Pero también era el cobrador de los Southernaires. A veces los promotores de los conciertos se conmovían tanto con la interpretación de los Southernaires que extraviaban el dinero que debían pagarles. Luther se irritaba tanto por esto que siempre llevaba consigo una o más armas de las que posee. Un revólver simple, un rifle de repetición, una 22, una 32, una Winchester, dos revólveres 25, algunas escopetas cartucho 12, dos 357, dos 45 y un par de armas de mano exquisitamente decoradas que él depositaba en el escritorio –como quien pone la mesa– cuando iba a cobrar a los promotores una vez terminado el espectáculo.</p>
<p class="MsoNormal">Los Southernaires tienen dos cantantes principales: Roger Bryant y Huey Williams. Roger Bryant es un ministro consagrado y un enfático orador público, así que es el responsable de subir a escena antes de cada concierto y persuadir al público a comprar un disco o video de los Southernaires. Tiene mejillas redondas, dientes separados, mirada sesgada y piel color pergamino. Su cabello es voluminoso y moldeable: se ve diferente cada día. Su voz es ahogada y explosiva. En escena, Roger Bryant es un caminante, un balancea-brazos, un golpea-caderas, un sacude-puños y un gritón. Cuando era pequeño, su padre, un predicador y obrero de metalurgia, solía pararlo en la mesa de la cocina y golpearlo para hacerlo cantar.</p>
<p class="MsoNormal">Huey Williams ha estado con los Southernaires durante veintinueve años y ahora, cuando la gente piensa en el grupo, piensa sobre todo en él. Antes de convertirse en cantante de gospel a tiempo completo, trabajó en construcción en Detroit y Nueva Orleáns, pero sus entusiasmos son estrictamente rurales. Un día me dijo que la gente se refiere a él como el cantante caza-mapaches. En sus días libres, Huey sale con sus seis perros a cazar. Cuando lo visité pasamos el día manejando a la casa de un taxidermista para recoger un lince que había atrapado. Huey Williams es alto, de tórax amplio y pómulos salientes como un cheroqui. Tiene grandes hoyuelos, ojos azules y un delgado bigote. Usa dos anillos macizos de oro y una voluminosa esclava. Sus manos son largas y elegantes, y sus uñas, suaves. La primera vez que lo vi tomó mi mentón entre sus manos, lo levantó y me dijo:</p>
<p class="MsoNormal">–Deme una buena mirada. ¿Ha visto alguna vez en su vida ojos azules en un hombre negro?</p>
<p class="MsoNormal">Su modo de hablar es a veces vigoroso y autoritario, y otras susurrante e íntimo, aunque siempre cordial. Lo he oído cantar con una voz de bajo tan profunda que suena como un eructo. También en un chirriante y afectado tenor, y en un suave y afligido barítono. Dice que cuando tenía treinta años (ahora tiene cincuenta y cinco) su voz era tan dúctil que podía hacer con ella lo que quisiera. Él cree que en ese tiempo era el mejor cantante del mundo. Antes de una presentación, mientras está rodeado por sus fanáticos, camina como un Goliat. En la mañana, cuando se despierta ronco por el show y adolorido por dormir en el bus, se le ve como alguien que piensa mucho en retirarse. Su esposa Marie, que es operadora de máquinas en una planta de General Motors en Mississippi, dice:</p>
<p class="MsoNormal">–Estoy tan acostumbrada a sus viajes que no sé qué haría si estuviese aquí. Él tiene a sus perros, supongo. Pero estando siempre tan lejos, no tenemos tiempo para hastiarnos mutuamente.</p>
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<p class="MsoNormal">En la ruta nos deteníamos en los restaurantes de camioneros y cafeterías, y comíamos chocolates rellenos con mantequilla de maní marca Reese’s. Papas fritas Pringles de crema y cebolla. Chocolates Three Musketeers. Pollo horneado, sancochado, estofado, ahumado, en pastel o con crema à la king. Milanesa de pollo. Pollo frito. A veces hasta pollo en el desayuno, cuando habíamos viajado toda la noche después de un show sin haber cenado. Llegando a Columbus, en Georgia, tras haber andado en la carretera desde la medianoche, comimos pollo asado a las diez de la mañana, que es cuando más temprano he comido pollo en mi vida. A menudo los Southernaires comen en esas paradas para camiones que tienen teléfonos en las mesas y duchas de alquiler, e incluso casetes de los Southernaires a la venta en estanterías cerca de los cajeros. «Las paradas de camiones tienen una comida deliciosa», me explicó Mac Brandon cierta vez. «Además podemos hacer que revisen el camión mientras comemos». A veces me parecía que pasábamos más tiempo planeando nuestras comidas, deteniéndonos para comer, pidiendo comida para llevar, esperando que nos atendieran y comiendo que en los conciertos de gospel.</p>
<p class="MsoNormal">En los conciertos vi a muchos hombres vistiendo polainas y a mujeres que usaban unos sombreros como no había visto jamás. Un sombrero negro de ala angosta con velo turquesa y un lazo. También una gorra blanca de marino con perlitas cosidas sobre el borde. Y una boina verde. Y un sombrero hongo púrpura, ladeado. Y un sombrerito rojo con redecillas alrededor del borde y un adorno de tela tiesa en forma de Dorito que sobresalía justo en la coronilla. Y un ten-gallon4 color fucsia con una pluma de avestruz meciéndose desde la banda. Los sombreros de las mujeres mayores navegaban sobre la muchedumbre como cruceros. Las adolescentes acudían a los conciertos con vestidos floreados o en jeans y tops, con sus bebés colgando de sus caderas, como los excursionistas usan sus canguros, o bamboleándolos como quien juega con unas monedas.</p>
<p class="MsoNormal">Escuché a gente que se refería a los anteojos como «ayudantes» y al camino de cascajos como «camino sucio». Oí que a un niño lo llamaban «bebé de regazo» y a una pistola, «persuasora». A morir le decían «pasarse al otro lado», y describían a una persona avergonzada como alguien que «quería tragarse los dientes». Y a una persona fallecida como alguien «a quien las marmotas entregan su correo». Todos hablaban de Jesucristo todo el tiempo. Lo llamaban doctor, abogado, lirio del valle, cordero, pastor, alegría del alba, una roca, un camino, paz de la tarde, constructor, capitán, rosa de Sharon, amigo, padre y el que siempre llega a tiempo. Conocí a un hombre apodado Chuleta de cerdo y a otro Enano. También a un niño llamado Royriquez Clarencezellus Wooten. Oí a otros grupos de gospel tocar: Los Armonizadores Cristianos y Los Armonizadores Sensacionales y Las Religiosettes y Las Gloriettes y Las Luces de la  Verdad Gospel y La Hermandad de Cantantes Gospel y Los Cinco Hijos Cantantes y Los Poderosos Hijos de la  Gloria y Los Fan-tásticos Discípulos y Los Fantásticos Soulernaires y Los Fantás-ticos Violinistas y Los Jubilosos del Atardecer y Los Jubilosos Peregrinos y Los Chicos Brown y El Chico Maravilla y las Voces Espirituales. Los conciertos parecían conversaciones públicas, y la gente exhortaba a los cantantes con frases como «Tómate tu tiempo» y «Deja que Él te use». Las exhortaciones que Huey Williams y Roger Bryant hacían con mayor frecuencia eran «¿Creen en Jesús?» y «¿Puedo tener un solo testigo?» y «¿Están conmigo, Iglesia?» y «Ustedes saben, Dios es capaz».</p>
<p class="MsoNormal">En Madison, Georgia, los Southernaires cantaron en el auditorio de un colegio. Apenas empezó el concierto, una mujer vestida con un traje sastre color durazno se levantó de su asiento, se abrió paso hasta el pasillo y estuvo haciendo espirales durante una hora, boqueando «¡Gracias, Jesús! ¡Gracias, Jesús!» con los ojos apretados y las manos palmoteando el aire. La gente la rodeaba con cuidado cuando iba o venía de sus asientos. En el escenario tocaba un grupo local y una de las cantantes había levantado los brazos y vuelto sus palmas hacia su rostro mientras cantaba: tenía seis dedos en cada mano, y cada uña pintada de rosado coral. Tras la canción, se inclinó sobre el borde del escenario y dijo con aspereza: «¿No está Satán ocupado? Satán es una vieja mula terca. Recuerdo cuando me pasaba toda la noche en eso que llaman la discoteca. Entonces algo me impactó en la cabeza. La voz que oí era justo como enhebrar una aguja». Vi sólo a una persona blanca en el concierto aparte de mí: era la recepcionista del motel en que nos habíamos hospedado, y Huey Williams le dijo que si nos daba buenas habitaciones le daría una entrada gratuita. Huey me presentó ante la audiencia una noche y luego alguien me pasó una nota que decía: «Te damos la bienvenida a Madison, Georgia. De: Hattie». La leí y levanté la mirada. La mujer que había escrito la nota agitó su pañuelo hacia mí. Durante la siguiente canción cruzó el salón y me besó.</p>
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<p class="MsoNormal">Marianna, Florida. Hemos llegado a las cuatro y media de la mañana tras conducir toda la noche. Granard McClenton, el guitarrista, va a tratar de negociar una tarifa de medio día en el hotel, ya que sólo dormiremos pocas horas y luego tendremos que partir para preparar el show y al final del concierto volveremos a subir al bus y a viajar a Carolina del Sur para el siguiente espectáculo. Incluso para un grupo de gospel bien establecido como los Southernaires, cada dólar hace la diferencia. Una noche encontré un pedazo de papel en el que alguien había hecho cálculos. Decía: «Show $1500, discos $232». Eso parecía ser todo lo que ganarían aquella noche, y aún tenían que pagar la comida, el combustible, el alojamiento, y dividir lo restante entre ocho. Los moteles por los que hemos pasado son edificios construidos con retazos de carbón sobre terrenos plagados de maleza. En el primero, el administrador nocturno salió, miró el bus y, aunque el parqueo se hallaba vacío, dijo a Granard McClenton que el hotel estaba copado. Ahora nos detenemos en otro y McClenton negocia durante diez minutos hasta que nos dan un precio hospitalario. Mac Brandon estaciona el bus detrás del motel, en un estacionamiento que es sólo mugre y pasto muerto. Mi cuarto es maloliente e inhóspito. En la televisión pasan un programa de compras y un show blanco de gospel. Además hay una lagartija, paralizada pero latiente, en una esquina de mi puerta.</p>
<p class="MsoNormal">Ya es la tarde siguiente y el aire está completamente quieto. La calle que lleva al colegio secundario de Marianna está delineada por palmeras, y ni una hoja se agita. La escuela es un bonito edificio de estilo mediterráneo, con paredes de ladrillo color albaricoque. El césped a su alrededor está tostado. Algunas niñas rubias juegan con una pelota frente a un bungalow contiguo al colegio. A pocos metros, un grupo de ancianos negros está de pie, conversando. Visten camisas de manga corta, usan unas fedoras5 dobla-das y unos pantalones que se han subido hasta sus diafragmas. Cuando distinguen el bus, se ajustan aun más los pantalones y empiezan a trotar hacia él, agitando sus manos. Mac Brandon gira en dirección a una zona de carga y tira de los cambios hasta que por fin el bus resopla y se detiene. Huey Williams se estira, medio inclinado: es demasiado alto para estirarse por completo dentro del bus. Le pasa la voz a Roger Bryant –que está escuchando música en su walkman– y luego se limpia la frente, mira al exterior y dice con voz ronca: «Siempre he amado Florida». Ahora viene la hermana Lula Cheese Vann.</p>
<p class="MsoNormal">Es una mujer robusta con la apariencia soberbia de los grandes. Está vestida con un traje color salmón y usa una docena de anillos, aretes y brazaletes. También lleva un sombrero del mismo color que su traje: tiene el tamaño de una panera y a mí me parece estructuralmente complejo. En su mano derecha sujeta un volante del programa para esta noche. En su mano izquierda tiene un abanico de papeles en los que había impreso un ensayo titulado «Cómo llevarse bien con la gente» y que está auspiciado por su negocio a tiempo completo: la  Casa Funeraria Vann. La hermana Vann es directora de pompas fúnebres por vocación. Como afición promueve el gospel. Se acerca a la puerta abierta del bus y dice en tono jovial: «Southernaires. Hola. ¿Saben quién soy?». Entonces aparece Huey Williams y la saluda con su voz más sensual: «Hermana Vann». La hermana se desarma un poco. Los ancianos han formado un círculo zumbante alrededor: dan órdenes y gesticulan. Gary Miles y Melvin Wilson también salen, vistiendo jeans, camisetas y guantes de trabajo. Y todos empiezan a sacar el equipo de la panza del bus.</p>
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<p class="MsoNormal">La puerta delantera del salón del colegio está entreabierta. Un halo de luz amarilla de atardecer, de pasto reseco, de palmeras, de bungalows cerrados, de vereda salpicada de brea, de pequeñas niñas rubias deambulando, empieza a mostrarse. El salón ya se está llenando. Mac Brandon prepara la mesa de los casetes y bromea con dos muchachitas con vestidos de fiesta. Una mujer de voz metálica pasa por su lado, jalando a su hija adolescente del codo. «Me gustaría que la hermana Vann la oyese», le dice la mujer a Mac. «Póngala en el programa. Sí, yo lo haría». El hermano Alonzo Keys, un apuesto parlanchín de Panamá, en Florida, que cantará esta noche, se acerca a rendir sus respetos a Huey Williams y los Southernaires. Otra hermana, la que abrirá el programa de esta noche, llega revoloteando, escoltada por tres jovencitas saltarinas envueltas en vestidos lavanda. El auditorio es mediano y ordenado, con asientos dorados y de suaves rellenos púrpuras. Tres mujeres están ya sentadas, hacia la parte posterior, y se echan aire unas a otras con los abanicos de la hermana Vann.</p>
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<p class="MsoNormal">A las siete Melvin Wilson ya ha terminado la prueba de sonido, así que los Southernaires regresan al bus y se cambian de ropa por la muda que usarán antes de ponerse los trajes de noche: es decir, cualquiera de los seis conjuntos que haya elegido Granard. Melvin se ha puesto un blazer color mostaza, una camisa del mismo color y una corbata negra. Huey Williams está usando una túnica turquesa. Los últimos rayos del sol se han hundido. El vecindario está quieto y nublado, excepto aquí, en este pequeño recinto que está lleno de bulla, con las luces del colegio encendidas y alguien en el auditorio que ya empezó a gritar con el sonido de fondo de un órgano. El uniforme que Granard McClenton ha elegido es un traje negro cruzado que combinará con una camisa blanca, una corbata con el estampado de una gardenia violácea y zapatos negros. Sobre el escenario se ven pulidos, pulcros y un poco serios. La hermana Vann los presenta: «Me siento bendecida. Nunca pensé que tendría a los Jackson Southernaires aquí en Marianna, y aquí están. El Señor ha sido bueno conmigo». Hace una pausa. «Ahora, antes de empezar con los Southernaires, quiero decirles a todos ustedes que debemos parar todo el griterío y el lloriqueo sobre el precio de las entradas. Este programa cuesta siete dólares el ticket, y puedo decirles, con Dios como mi testigo, que es lo más barato que han cobrado los Jackson Southernaires en cualquier lugar al que hayan ido jamás. ¡Así que denle una mano a Dios si les place y dejen esas miserables quejas de lado!». Estalla una salva de aplausos. La hermana Vann sonríe. El lema de su funeraria es «Preocupación por los vivos, reverencia por los muertos».</p>
<p class="MsoNormal">–Estoy muy contenta de seguir los pasos de Dios –dice–. Y estoy muy contenta de que Dios haya puesto amor en mi corazón y que no me importe compartirlo. ¡Ahora, los Jackson Southernaires!</p>
<p class="MsoNormal">Maurice Surrell, el baterista, baquetea los tambores, y todos empiezan. Cada show de los Southernaires abre con Roger Bryant cantando «He sido convertido». Es una canción con un ritmo torpe, poco agradable, pero que siempre levanta a la multitud. Cantándola, Bryant se ve enroscado y feroz. Ahora el auditorio está casi lleno, y la audiencia bate palmas siguiendo el ritmo. Cuando Roger termina la canción, da un paso al costado.</p>
<p class="MsoNormal">–Digan amén, Marianna –los exhorta.</p>
<p class="MsoNormal">–¡Amén! –dicen todos.</p>
<p class="MsoNormal">–Digan amén otra vez.</p>
<p class="MsoNormal">–¡Amén!</p>
<p class="MsoNormal">Huey Williams sacude el micrófono hacia arriba, mira hacia delante y otra vez lo hace chasquear hacia la derecha y por encima de su cabeza. No es un gesto aparatoso, pero sí muy vívido.</p>
<p class="MsoNormal">–Cántala, Huey. ¡Cántala, cántala! –le gritan.</p>
<p class="MsoNormal">La mujer a mi lado se inclina y susurra:</p>
<p class="MsoNormal">–Oh, Señor, aquí tenemos a un gritón.</p>
<p class="MsoNormal">–Déjenme preguntarles algo –dice Huey dando un paso adelante–. ¿Cuántos de ustedes aquí saben que existe un paraíso?</p>
<p class="MsoNormal">–¡Amén!</p>
<p class="MsoNormal">Huey Williams da su testimonio sobre la noche en que toda su casa se incendió. Es una terrible historia real: perdió todo lo que tenía, y su hijo pudo haber muerto si Huey no se hubiera tropezado con él mientras la familia se tambaleaba afuera. A mi alrededor, la gente asiente con la cabeza y llora. Yo ya lo he escuchado contar esto muchas veces: me lo ha dicho a mí, en privado, y lo ha contado en varios shows, pero en cada ocasión el crispado y angustiado semblante de su cara me ha parecido fresco. Después de narrar su historia, Huey canta siempre «Él preparará un camino», que comienza como un dulce, lento y melancólico contrapunto entre el cantante y el coro, y luego se eleva como una tormenta. En el último verso grita que Dios preparará un camino porque Él siempre encuentra la manera, pero luego no puede hablar más y empieza a reír y el sudor corre por sus mejillas y vuelve sus ojos hacia arriba y fija la mirada más allá del techo del auditorio y las lágrimas caen por su rostro.</p>
<p class="MsoNormal">Williams da un paso hacia atrás, exhausto, y el baterista empieza el redoble zumbón de «Ningún soldado cobarde». Roger Bryant ya ha tomado la posta y seguirá así hasta el final del show: se acerca al borde del escenario y empieza a cantar. La mujer a mi lado, que había agarrado mi mano, ahora la libera de manera gentil, como si estuviese poniendo de vuelta un pescado en el agua. Luego gira hacia mí y me dice: «Lo siento, nena, pero tengo que liberarme». Finalmente, salta al pasillo, se inclina sobre su cintura y estalla en un ritmo staccato hacia adelante y hacia atrás, mientras Roger sigue cantando. En este momento me levanto, me abro camino hasta el pasillo más alejado y me paro en la puerta al lado del escenario. Es casi la medianoche. Alguien está friendo siluro6 afuera, y un olor apimentado espesa el aire.</p>
<p class="MsoNormal">Una persona con tos cavernosa está de pie detrás de mí. Un enorme bicho se estrella conmigo, sisea y cae. Puedo verlo todo desde donde me encuentro. Un hombre de la primera fila llora sin hacer ruido recostado en su asiento. Unas chicas gemelas con vestidos punteados se abanican filas más atrás. Mac, en la parte posterior del auditorio, está sentado sobre las grandes cajas de plástico gris que contienen los discos y casetes del grupo. Un bebé en pañales con traje de marinerito cuelga del hombro de una mujer esbelta vestida con una túnica amarilla. Una mujer demasiado ancha para sentarse en una de las sillas del auditorio está balanceándose sobre una silla plegable que alguien le ha puesto cerca de la salida. Roger, en el filo del estrado, da pequeños saltos explosivos sobre la planta de sus pies. Huey, detrás de él, apoyado contra el piano eléctrico, se jala los pelos con las manos: su expresión es una mezcla de abandono, fatiga y distracción, como si algún tipo de quietud lo absorbiera, como si estuviese en un lugar diferente, más tranquilo. Una banderola cuelga encima del escenario con un perro bulldog –la mascota de la secundaria de Marianna– vestido con una chompa púrpura. Un flash tan incandescente como un foco encendido o como el envoltorio luminoso de una flama. Un volante descartado. Un niño. Una silla de ruedas.</p>
<p class="MsoNormal">Roger Bryant salta del escenario y aúlla: «¿Qué día recibiste al Espíritu Santo? ¿Un lunes? ¿Un martes? ¿Un miércoles? ¿Alguien aquí lo recibió un jueves?». Uno por uno, los asistentes se levantan como burbujas y flotan hacia el escenario, toman su mano, la agitan con fuerza y luego giran y se alejan danzando. Roger llama a cualquiera que haya recibido al Espíritu Santo un domingo. Canta que Dios no necesita soldados cobardes. Grita que desearía tener un testigo. Dice que él sabe que algunos de los presentes están pasando por algo. Palmea su cabeza con su mano izquierda y luego la azota contra su pecho. La noche está terminando. El tiempo de los Southernaires casi ha terminado. Estarán de vuelta en el bus y camino a Jackson en menos de una hora. La música está rugiendo. Una brisa empieza a correr afuera, levantando pedacitos de pasto y de tierra y haciéndolos volar. Bryant pisa con fuerza y grita:</p>
<p class="MsoNormal">–¡Seguro nos encontraremos otra vez algún día!</p>
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<p class="MsoNormal">NOTAS AL PIE_:</p>
<p class="MsoNormal">1 Dionne Warwick, cantante de soul y pop desde la década del sesenta. Debido a éxitos como «Don’t Make Me Over», «Then Came You» y «I Say a Little Prayer for You», ha obtenido varios premios Grammy [nota de los verificadores de datos].</p>
<p class="MsoNormal">2 Serie de TV acerca de una escritora de novelas de misterio [nota de los verificadores].</p>
<p class="MsoNormal">3 Serie de TV en la que Tom Selleck hacía el papel de un investigador privado en Hawai [nota de los verificadores].</p>
<p class="MsoNormal">4 Sombrero de ala ancha y copa alta, usado especialmente por los vaqueros texanos [nota de los verificadores].</p>
<p class="MsoNormal">5 Sombrero bajo de fieltro y con un doblez longitudinal hacia adentro en la parte superior [nota de los verificadores].</p>
<p class="MsoNormal">6 Pez osteíctio que alcanza los tres o cuatro metros de largo y cuya carne es muy apreciada [nota de los verificadores].</p>
<p class="MsoNormal">
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		<title>Me mudo al lado del cementerio</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Aug 2010 21:12:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><a href="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/08/PAZ-SOLDAN-EN-86-2.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-286254" title="PAZ SOLDAN EN 86-2" src="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/08/PAZ-SOLDAN-EN-86-2-225x300.jpg" alt="PAZ SOLDAN EN 86-2" width="225" height="300" /></a></p>
<p style="text-align: left;">Hace un mes me mudé a una casa al lado de un cementerio. Al principio, cuando Liliana y yo fuimos a ver la casa y la agente inmobiliaria nos conducía por los dormitorios, había visto por la ventana un triángulo verde que creía un parque, e imaginé a Andrés, mi hijo de tres años, jugando al frisbee conmigo. Luego la agente nos informó que el parque era un cementerio, y las piedras rectangulares que había visto diseminadas dejaron de ser adornos y se convirtieron en lápidas. Creía entender por qué la casa no había podido venderse en más de un año. Me acerqué a la ventana de la cocina, desde donde se veía mejor el cementerio, y quise ver, no sé por qué, los nombres de los seres a los que esas lápidas pertenecían. No pude distinguir nada. Saqué una foto, tratando de decidir si me gustaba la casa. Liliana ya lo sabía: amor a primera vista, dijo ella, que estaba fascinada con la idea de vivir en una de las pocas casas en forma de cubo de Ithaca (la casa había pertenecido a una pareja sin hijos; ella era arquitecta, discípula de Frank Lloyd Wright). Yo estuve de acuerdo, convencido de que el cementerio sería una inspiración para la escritura.</p>
<p style="text-align: left;">Me mudaba después de haber vivido nueve años en la primera casa que tuve. Esa primera casa en Ithaca, en el número 103 de la calle Second, no la había querido particularmente. Allí habían transcurrido los primeros años de Gabriel, mi hijo mayor: no pusimos una mesa en el living para que hubiera campo para sus juguetes. En las paredes había cuadros de pintores bolivianos contemporáneos, un plano antiguo de Cuzco, marcos y espejos con motivos andinos. Los cuadros me gustaban, pero reconozco que en general mi actitud era dejar hacer, no ocuparme de la decoración. Me preocupaban otras cosas –las novelas que escribía, mi carrera de profesor— y no entendía cuán importante era tener un lugar limpio y bien iluminado para vivir. A veces salía al jardín a patear la pelota con Gabriel, tratando de inculcarle un interés por el fútbol. De lo más orgulloso que estaba era de mis libros, pero tampoco podía tener muchos: para evitar que nos abrumara mi compulsión por hacerme de ellos, se había decidido que no debía haber más de cuatro estantes, de modo que cuando volvía de una feria del libro debía trasladar algunas cajas a mi oficina, para que hubiera campo para los recién llegados.</p>
<p style="text-align: left;">Mi escritorio en el segundo piso era muy frío y sólo lo visitaba para imprimir cuentos y formularios. De hecho, toda la casa era fría: construida más de cien años atrás, no estaba aislada de acuerdo con las normas actuales, y cuando había viento éste se colaba por las rendijas de las ventanas. No ayudaban los largos inviernos, que duraban la mitad del año. Escribía en la cocina, el lugar más cálido. En esa cocina, recuerdo, ocurrió la primera batalla conyugal. Hubo otras, que fueron haciendo que desapareciera el poco cariño que le tenía a la casa. Sucedían cosas entre sus habitantes, se desplazaban los sentimientos, y la casa se resentía. Una vez se coló un murciélago a las tres de la mañana y yo tuve que perseguirlo con un bate. Es un mal presagio, me dije, pero yo sabía que nuestros problemas no tenían nada que ver con el murciélago.</p>
<p style="text-align: left;">Cuando me quedé solo, me encontré con las paredes vacías, con huecos en lugares donde antes había habido muebles, con polvo por todas partes. Pero no era sólo la casa la que había decaído; era todo el barrio. En realidad el barrio siempre había sido así, pero yo no lo había visto. Como la casa, me fui llenando de polvo. Decidí sacudírmelo, ver qué había allí afuera. Había dejado de nevar. Yo tenía algo de arreglo, pero la casa no, por más que la llenara de muebles comprados en IKEA. Era hora de buscar abrigo en otro lugar.</p>
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<p><a href="http://etiquetanegra.com.pe/?p=286252">Me mudo al lado del cementerio</a></p>
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		<title>Parece extraño decirlo, sin embargo es cierto: castigamos a la gente con arquitectura.</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Aug 2010 18:37:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
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Parece extraño decirlo, sin embargo es cierto: castigamos a la gente con arquitectura.</p>
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		<title>Me mudo a un departamento [para escapar de un cuarto de hotel]</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Aug 2010 20:41:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
				<category><![CDATA[cómplices]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Nunca supe qué día comencé a vivir en el Hotel España. Fue un proceso lento, con estadías cortas que se fueron alargando progresivamente. Nunca llegué con la idea de vivir en él, pero terminé haciéndolo mi casa.<br />
Cada hotel puede ser una oportunidad, dice un personaje de Paul Auster. En mi caso, también era una condena. [...]</p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><a href="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/08/MENESES-EN-86-31.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-286244" title="MENESES EN 86 3" src="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/08/MENESES-EN-86-31-225x300.jpg" alt="MENESES EN 86 3" width="225" height="300" /></a></p>
<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: left;">Nunca supe qué día comencé a vivir en el Hotel España. Fue un proceso lento, con estadías cortas que se fueron alargando progresivamente. Nunca llegué con la idea de vivir en él, pero terminé haciéndolo mi casa.</p>
<p style="text-align: left;">Cada hotel puede ser una oportunidad, dice un personaje de Paul Auster. En mi caso, también era una condena. Un día descubrí que llevaba tres años ocupando la habitación 54 del Hotel España de Buenos Aires, y no la podía dejar. Fue una época en que los viajes para contar historias eran la rutina, y donde comenzó a aparecer una palabra, lejana, imposible, soñada: mudanza.</p>
<p style="text-align: left;">Alguna vez me mudaría.</p>
<p style="text-align: left;">Acumulaba libros y revistas y papeles y la idea, siempre fija, de que alguna vez me cambiaría de casa. Mientras eso pasaba, seguía pasando los días en una habitación al final del pasillo del sexto piso. Un camino oscuro, de baldosas, con sillones polvorientos y un aviso de otra época pegado en la pared: «Por favor no escupir el piso, por higiene. Gracias».</p>
<p style="text-align: left;">Alguna vez me mudaría.</p>
<p style="text-align: left;">Lo primero que llama la atención, cuando entras a la 54, es la doble puerta-ventana del fondo, con cortinas con flores y tan delgada que no detiene el ingreso del sol. Al abrirla, sales a un balcón amplio, con barandas de concreto grueso y de varios metros cuadrados en donde alcanzas a acostarte y caminar. La habitación es de techo alto y paredes pintadas de color crema.</p>
<p style="text-align: left;">Alguna vez me mudaría.</p>
<p style="text-align: left;">La cama tenía un respaldo de madera maciza que hacía juego con el ropero, el escritorio y la mesa de luz. En el techo tenía un ventilador dorado con aspas de madera, y al lado de la cama, dos interruptores viejos para apagar la luz. Al lado de la doble puerta-ventana para salir al balcón, colgaba desde el techo un televisor Hitachi de diecinueve pulgadas.</p>
<p style="text-align: left;">Alguna vez me mudaría.</p>
<p style="text-align: left;">El baño era amplio, con una bañera grande, de loza, color verde claro, igual que el retrete, el bidet y el lavamanos. Tenía una ventana grande hacia el balcón, así que la luz natural iluminaba fuerte los azulejos color esmeralda que cubrían medio baño. El posajabón, el posavaso y el portatoallas eran de loza negra. En todas las toallas decía: «Hotel España».</p>
<p style="text-align: left;">Alguna vez me mudaría.</p>
<p style="text-align: left;">En el Hotel España no estaba prohibido meter otra persona en tu cuarto, pero te cobraban veinte pesos extras y la persona debía dejar sus datos en la recepción. Si repetías la misma visita dos o tres veces una misma semana, todos te miraban diferente, desde el recepcionista a la mucama de tu piso.</p>
<p style="text-align: left;">De noche, bien tarde, podías salir al balcón y mirar todas las luces de los techos de Montserrat y en la calle ver pandillas de dark vestidos de negro y familias revolviendo la basura por calle Tacuarí y escuchar botellas quebradas y gritos entre grupos de amigos o peleas con final trágico.</p>
<p style="text-align: left;">Alguna vez me mudaría.</p>
<p style="text-align: left;">Un día, una amiga me mandó un mail. Me decía que una compañera de trabajo alquilaba un departamento en el barrio de Palermo. Me puse en contacto con la dueña del piso, y después de un breve intercambio de correos, arrendé el departamento sin siquiera ir a verlo. Junté todas las bolsas con revistas y libros y objetos que había acumulado en la vida de hotel. Llamé por teléfono a la recepción, para que me pidieran un taxi, bajé el ascensor con mi casa a cuestas, me despedí del recepcionista, metí todo en el taxi, y partí.</p>
<p style="text-align: left;">Por fin me estaba mudando.</p>
<p style="text-align: left;">Era un día de lluvia en Buenos Aires. Recorrí media ciudad abrazado a los bártulos, mientras en las radios hablaban de la sorpresiva lluvia de noviembre. El departamento estaba vacío. Tenía dos ambientes, un ventanal en el living que daba a unos estacionamientos, un baño con tina y una cocina grande. Los días siguientes los pasé como si volviera de una catástrofe natural que se llevó todo: compré muebles y platos y cubiertos y vasos y un televisor y un escritorio. Después de mucho tiempo volvía a la normalidad. Decidí que, como dice el eslogan, en esta nueva casa tendría nueva vida. Comenzaría a escribir un libro que ya tenía reporteado y que había postergado demasiado tiempo, sobre la vida de una vaca. Mudarse era como superar una etapa de un videojuego: nos sentimos con más energía, dispuestos a dar nuevas batallas.</p>
<p style="text-align: left;">Por fin me había mudado.</p>
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<p><a href="http://etiquetanegra.com.pe/?p=286241">Me mudo a un departamento [para escapar de un cuarto de hotel]</a></p>
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		<title>Bilbao-New York-Bilbao</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Aug 2010 22:12:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
				<category><![CDATA[bájate el primer capítulo]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Sobre el libro: Bilbao-New York-Bilbao es una novela que transcurre durante un vuelo entre los aeropuertos de Bilbao y el JFK de Nueva York, relatando la historia de tres generaciones de la familia del autor -una familia de marinos- a través de diarios, cartas, e-mails o poemas. El libro, realizado en cuatro años, juega con diversos géneros literarios, [...]</p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/08/BILBAO-NY-BILBAO.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-286234" title="BILBAO-NY-BILBAO" src="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/08/BILBAO-NY-BILBAO-200x300.jpg" alt="BILBAO-NY-BILBAO" width="200" height="300" /></a></p>
<p>Sobre el libro: Bilbao-New York-Bilbao es una novela que transcurre durante un vuelo entre los aeropuertos de Bilbao y el JFK de Nueva York, relatando la historia de tres generaciones de la familia del autor -una familia de marinos- a través de diarios, cartas, e-mails o poemas. El libro, realizado en cuatro años, juega con diversos géneros literarios, además de contar con influencias de las nuevas tecnologías. &#8221;No quería escribir de una manera ortodoxa y me planteé una novela del nuestro tiempo. Además está relacionada con las nuevas maneras de leer, mucho más fragmentarias&#8221;, detalló, incidiendo, sin embargo, en  la importancia de que el texto &#8220;tenga alma&#8221;.</p>
<p>Sobre el autor: Kirmen Uribe es un joven escritor vasco ganador del Premio Nacional de Narrativa 2009 en España por <em>Bilbao-New York-Bilbao,</em> al igual que el resto de su producción literaria. En 2008 ganó por este mismo libro el Premio Nacional de la Crítica 2008 en lengua vasca, así como el Premio de la Fundación Ramón Rubial y el Premio del Gremio de Libreros de Esukadi. Paralelamente, ha escrito libros de literatura infantil y juvenil en lengua vasca.</p>
<p>PRESENTACIÓN POR LA SEMANA DEL AUTOR</p>
<p>El martes 24 de agosto a las 7:30 p.m. el escritor español Kirmel Uribe ofrecerá una conferencia titulada &#8220;Como las grabaciones de aquel naturalista&#8221; en el Centro Cultural de España en el marco de la semana de autor. La cita es en Natalio Sánchez 181, Santa Beatriz. El  ingreso es libre.</p>
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<p><a href="http://etiquetanegra.com.pe/?p=286232">Bilbao-New York-Bilbao</a></p>
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		<title>Elm Street: la calle de las pesadillas</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Aug 2010 23:31:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
				<category><![CDATA[cómplices]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>La primera vez que escuché hablar de la calle Elm fue cuando tenía diez años. Recuerdo que vi la película en la televisión del cuarto de mis padres.Pesadilla en Elm Street, de Wes Craven. Pesadilla en las filosas manos de Freddy Krueger. Apagué la luz para bañar de oscuridad la habitación y fingir que estaba solo [...]</p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><a href="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/08/FREDDY-2.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-286210" title="FREDDY 2" src="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/08/FREDDY-2-300x148.jpg" alt="FREDDY 2" width="300" height="148" /></a></p>
<p style="text-align: left;">La primera vez que escuché hablar de la calle Elm fue cuando tenía diez años. Recuerdo que vi la película en la televisión del cuarto de mis padres.Pesadilla en Elm Street, de Wes Craven. Pesadilla en las filosas manos de Freddy Krueger. Apagué la luz para bañar de oscuridad la habitación y fingir que estaba solo en un cine improvisado. Pronto me di cuenta de que la calle Elm podía ser la calle de mi casa, o de mis abuelos, o de cualquier otro amigo del colegio. Su particularidad era nula, un vecindario como cualquiera, donde los niños podían jugar en los jardines de las casas, donde rara vez pasaba un auto y muchos árboles daban sombra a las veredas.</p>
<p style="text-align: left;">De noche, sin embargo, la calle Elm de Craven se llena de sombras sospechosas y amenazantes, con caminos húmedos y sonidos que parecen provenir de ningún lado. El estereotipo de los escenarios de terror –esas arterias solitarias donde nadie puede ayudarte, aunque grites– lo recogió Craven de cintas anteriores, pero fue él quien le dio protagonismo. Le puso nombre al escenario, lo volvió reconocible y lo convirtió en un referente del miedo. Finalmente, las cosas más horrendas ya no estaban circunscritas a espacios extraños, sino que podían pasar en el mismo lugar en que de niño mataperreabas con tus amigos del barrio. Cuando nació la calle Elm del cine, nació también la arquitectura del espanto. Fue así que otras cintas recogieron el estilo de asustarte en tu propia casa, en tu colegio o en el tranquilo club al que ibas de campamento. Allí están las películas de las sagas Scream, Sé lo que hicieron el verano pasado y Destino final.</p>
<p style="text-align: left;">Es posible que el director escogiera situar las fechorías de Freddy Krueger en una calle típica de suburbio estadounidense por su imagen apacible y hasta aburrida. Los suburbios fueron construidos a mediados del siglo XX, en la misma época en que miles de familias estadounidenses tenían el alma en vilo por el destino de sus hijos, que peleaban en los lejanos frentes de la Segunda Guerra Mundial. Eran refugios de tranquilidad familiar en las afueras de las grandes ciudades. En las casas, todas de idéntico diseño, las ventanas no tenían seguros contra los ladrones, acaso en la confianza de que los vecinos siempre eran personas conocidas y respetables, gente con la que uno podía cultivar la clase de amistad y espíritu solidario que ya entonces resultaba imposible en las grandes urbes modernas. La imagen de padres e hijos lavando juntos el auto o dedicándose a algún proyecto en el garaje de la casa se volvió una escena típica.</p>
<p style="text-align: left;">Pero nada es perfecto en un país donde hasta el miedo es una mercancía. Tal vez la mejor metáfora de esto es que existe una calle Elm en casi todas las ciudades estadounidenses, y son, por lo general, zonas de vivienda de clase media. El propio Wes Craven cruzaba una cada día al ir a sus clases en la universidad en Nueva York, mucho antes de dirigir su emblemática película. Incluso la historia de Estados Unidos contiene un detalle que transforma una coincidencia urbana en la discreta marca de un misterio: el trágico viaje del presidente John F. Kennedy a Texas, en noviembre de 1963, terminó con un disparo cuando su auto se desplazaba sin prisa por la calle Elm de Dallas.</p>
<p style="text-align: left;">El terror inesperado consigue más trascendencia y efecto que aquel que se aguarda con certeza y paciencia. Elm es la calle donde la vida pasa lentamente. Es todo lo contrario a un barrio peligroso de criminales y víctimas. Sus aceras siempre están limpias y los autos pueden estacionarse en la entrada de las cocheras sin temor a un robo. Los estudiantes regresan caminando a sus casas desde la escuela y los adolescentes entran por las ventanas a las habitaciones de sus amigos con emoción e inocencia. Nada hace prever crimen alguno.</p>
<p style="text-align: left;">¿Necesitaba Freddy Krueger un nombre para la calle donde desata su infierno? Sí, porque Elm es para Freddy el reino donde ejerce su poder. Es su dominio, su territorio, su hogar. La calle Elm es tan importante como los cuchillos del guante del asesino, sus quemaduras, su sombrero gastado y su camiseta con rayas verdes y rojas. El súbito lugar del espanto es tan relevante como las víctimas, la sangre, el miedo, las sombras y los gritos de las personas que se quedaron dormidas. Podría tomarse como un signo de mala suerte que tu casa se ubique en una calle con este nombre, pero tampoco es para tanto. Quien se preocupe por los signos, bien puede tranquilizarse con éste: en la tercera entrega de Toy Story, el simpático vaquero Woody revela que vive en el 234 de la calle Elm. Vecinos buenos hay en todos lados.</p>
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<p><a href="http://etiquetanegra.com.pe/?p=286207">Elm Street: la calle de las pesadillas</a></p>
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		<title>El bufón de los velorios</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Aug 2010 21:20:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>salcedoramos</dc:creator>
				<category><![CDATA[distraídos]]></category>
		<category><![CDATA[chivolito]]></category>
		<category><![CDATA[crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[salcedo ramos]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Chivolito jura por Inés Cuesta, su madre, que no se duerme cada noche con la esperanza de que a la mañana siguiente amanezca muerto alguno de sus paisanos.<br />
Luego carraspea, se queda pensativo. Casi en seguida advierte que, aunque a él le conviene la muerte del prójimo, jamás se ha sentado en la terraza a esperar [...]</p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal">Chivolito jura por Inés Cuesta, su madre, que no se duerme cada noche con la esperanza de que a la mañana siguiente amanezca muerto alguno de sus paisanos.</p>
<p class="MsoNormal">Luego carraspea, se queda pensativo. Casi en seguida advierte que, aunque a él le conviene la muerte del prójimo, jamás se ha sentado en la terraza a esperar que eso ocurra. La gente estira la pata porque le toca y no porque él se encargue de liquidarla. «Yo no tengo la culpa de que la trombosis ande suelta por las calles buscando empleo», añade con una sonrisa malévola.</p>
<p class="MsoNormal">Chivolito, cuyo nombre de pila es Salomón Noriega Cuesta, le debe el apodo a una pequeña verruga que tenía sobre la frente. Se ha pasado los últimos cincuenta años de su vida contando chistes en los velorios de Soledad, un pueblo de la Costa Caribe de Colombia, a casi mil kilómetros de Bogotá. Los asistentes se desternillan de la risa y le brindan licor. Lo aplauden, le dan palmadas sobre los hombros. Al final de la jornada, él extiende frente a ellos una gorra, para que se la llenen de monedas. Casi siempre recoge entre ocho mil y doce mil pesos –unos cinco dólares.</p>
<p class="MsoNormal">A menudo son los propios dolientes quienes lo solicitan como bufón, pues saben que su presencia le garantiza compañía al difunto. También sus vecinos le avisan cuando alguien acaba de fallecer. Y a veces él mismo está pendiente de los carteles de exequias que los deudos de los difuntos pegan en las paredes. En Soledad y en varios barrios del sur de Barranquilla es popular la frase según la cual un velorio donde falte Chivolito no tiene ni pizca de gracia.</p>
<p class="MsoNormal">Por lo general, Chivolito llega al velorio a las ocho de la noche. Les da el pésame a los deudos y se sienta en la sala, al lado del ataúd. Allí permanece un rato en silencio, con el rostro desconsolado. Es su manera de expresar respeto por la ceremonia religiosa. Luego se va hacia el patio o hacia el exterior de la casa –depende de dónde esté el público– y comienza su función, que suele prolongarse hasta el alba. Muchos de los asistentes le resultan ya familiares, pues son vagabundos de feria que lo siguen de un lugar a otro. Como conocen a fondo su repertorio, le van haciendo peticiones en voz alta, una actitud similar a la de esos espectadores enardecidos que, en los conciertos, les solicitan canciones a sus músicos favoritos. «¡Echa el del man que tenía dos próstatas!», le grita un calvo de bigote frondoso. «Es mejor el del viagra pediátrico», exclama un vendedor callejero de butifarras. «Cuenta el de los esposos que se detestaban», propone un anciano desdentado. Ellos ignoran que, al recordarle a Chivolito sus propios chistes, lo ayudan a combatir los estragos de su memoria y a seguir vigente a los setenta y ocho años.</p>
<p class="MsoNormal">Hubo un tiempo en que Chivolito sabía exactamente a cuántos finados había visitado. Cargaba un bastón de guayacán en forma de culebra al cual le trazaba una raya con un cuchillo de cocina cada vez que animaba un nuevo funeral. Hace años el bastón se le extravió y Chivolito dejó de llevar las cuentas: entonces había animado novecientas dieciséis velaciones. Antes, cuando le sobraban arrestos, recorría la Costa Caribe de punta a punta, desde el Cabo de la Vela hasta Bocas de Ceniza (unos quinientos kilómetros de distancia) en busca de velorios para sus humoradas. Ahora, viejo y achacoso, evita en lo posible los lugares que están demasiado retirados de su casa.</p>
<p class="MsoNormal">Cuando no ejerce su oficio de bufón, Chivolito se la pasa refunfuñando contra lo que él llama su «mala suerte». Su inventario de quejas es extenso: le duelen las articulaciones, le arde la garganta, duerme muy poco. Le molesta la catarata del ojo izquierdo y le preocupa su exceso de ácido úrico. A finales de los años setenta lo abandonó la esposa, y en 1996 se le murió la hija. Así que a estas alturas vive de la caridad donde un compadre, en una pieza estrecha y oscura. No es justo –dice– que a su edad deba recorrer tres kilómetros diarios bajo los cuarenta grados centígrados de Soledad para vender rifas y ganarse apenas cinco mil pesos –unos dos dólares–. En el 2003 fue arrollado por un camión (en este punto se levanta la bota del pantalón para mostrar la cicatriz que le quedó en la rodilla). Y, como si fuera poco, su familia le dio la espalda. Sólo falta –remata, con un suspiro– que los perros del barrio lo confundan con un tarro de basura y se lo orinen. Chivolito repite su perorata ante todo el que se tropieza, sea conocido o desconocido. Pero cuando está en los velorios, contando chistes, parece que olvidara sus problemas. Le relampaguean los ojos, se le aviva la voz, sin duda porque siente que en esos momentos ya no es el hombre apocado que se confunde con el gentío mientras negocia su lotería, sino la estrella de la noche, el blanco de todas las miradas.</p>
<p class="MsoNormal">***</p>
<p class="MsoNormal">El féretro de José del Carmen Urueta, quien murió de muerte natural a los setenta y tres años, preside la sala. Alrededor del ataúd hay una rueda de mujeres apesadumbradas. Casi todas visten de negro riguroso. Están rezando por el alma del muerto, con los ojos entornados y un rosario entre las manos, a la altura del pecho.</p>
<p class="MsoNormal">La casa es espaciosa, de paredes verdes descascarilladas. En un rincón de la sala hay un mesón de madera rústica que tiene un Buda de cerámica, un pavo real de hojalata y una bandeja de frutas artificiales. El tono de las mujeres es impetuoso.</p>
<p class="MsoNormal">–Dale, Señor, el Descanso Eterno –dice la que conduce la oración, una mujer enjuta que tiene una verruga peluda en la nariz.</p>
<p class="MsoNormal">–Brille para él la Luz Perpetua –le responden las otras.</p>
<p class="MsoNormal">Hilda Salas, la viuda, está sentada en el centro del redondel, flanqueada por dos mujeres rollizas que tratan de consolarla. Una le echa loción mentolada en las sienes y la otra le abanica el pecho con un sombrero de palma. De vez en cuando se zafa de sus comadres y se asoma por la ventanilla del ataúd para llorar sobre el rostro del difunto. Grita, se estremece. La mano izquierda, con la cual empuña un pañuelo arrugado, se agita en el aire. Las otras mujeres se contagian de su histeria y sueltan también un llanto estentóreo. Sin embargo, no parecen tristes: tan solo interpretan, es evidente, un viejo libreto. A diferencia de Chivolito, ellas encarnan la parte grave del espectáculo escénico. Pero, al igual que él, encuentran en el funeral una posibilidad de protagonismo. En algunos pueblos pobres del Caribe colombiano, la muerte es una oportunidad de esparcimiento. La gente acude a los velorios no sólo para solidarizarse con los deudos, sino también para combatir la rutina diaria, para tener algo que hacer. Como no hay salas de cine que muestren muertos de mentira, toca distraerse con los muertos de verdad.</p>
<p class="MsoNormal">A través de la ventana abierta se divisa la ancha calle, donde se encuentran los otros asistentes al velorio. Hay que dar tan sólo nueve pasos para atravesar la sala y llegar a la calzada, que es polvorienta debido a que nunca ha sido pavimentada. Los dos extremos de la avenida fueron acordonados con bancos de madera para impedir el paso de los automóviles. Afuera, a diferencia de lo que ocurre en el interior de la casa, todos son hombres. Están organizados también en forma circular pero, en vez de rezar, ríen a carcajadas. La causa de tanto jolgorio es el tipo de baja estatura que cuenta chistes en el centro de la circunferencia. Esta noche Chivolito luce una camisa blanca de lino, un pantalón caqui y unos mocasines blancos. La cachucha, en la que más tarde recogerá el dinero, es verde. El hombre tiene una voz chillona que taladra los oídos y una variadísima colección de ademanes cómicos: tuerce la boca, se pone bizco, camina renqueando, se tira al piso, se alborota el pelo, saca un peine, se acicala con la raya en la mitad, hace la mímica de un borracho, aplaude, se arrodilla. Parece un muñeco de cuerda manipulado por un titiritero delirante.</p>
<p class="MsoNormal">–Chivolito, ¿por qué no cuentas el del hombre de las dos próstatas? –interviene a gritos el vendedor de butifarras.</p>
<p class="MsoNormal">–Ese es muy largo –responde Chivolito, sin mirar al autor de la pregunta.</p>
<p class="MsoNormal">Una garrafa de ron blanco empieza a rodar de mano en mano. El que la recibe apura un trago a pico de botella y enseguida se la pasa al siguiente.</p>
<p class="MsoNormal">–Un monstruo se casó con una monstrua –vuelve a la carga Chivolito, con su voz penetrante–. Una noche el monstruo llegó a la casa con tremenda borrachera. Y le dijo a la monstrua: «bueno, mi amor, vamos a acostarnos, que vengo con muchas ganas de hacerte monstruosidades». La monstrua le contestó: «ñerda, papi, hoy no se va a poder, porque tengo la monstruación».</p>
<p class="MsoNormal">El chiste, pese a que es vulgar, parece demasiado sofisticado para este auditorio del barrio Rebolo, en el sur de Barranquilla. La gente se ríe de manera un tanto forzada. Ahora le toca a Chivolito el turno de beberse su trago de ron. El hombre empina la botella con las dos manos y se la lleva a la boca, el rostro levantado y el cuello echado hacia atrás, como si fuera a comenzar un solo de trompeta. Después le entrega la garrafa al vendedor de butifarras, no sin antes limpiarse los labios con la manga derecha de su camisa. Su semblante gozoso dista mucho del aire de pena que tenía por la tarde, cuando esgrimía por enésima vez su catálogo de dolencias.</p>
<p class="MsoNormal">–Bueno, les voy a contar un chiste muy apropiado para esta noche –dice con el rostro iluminado–. Dos esposos llevaban treinta años sin hablarse. Una tarde el tipo fue al médico y se enteró de que se iba a morir al día siguiente. Entonces llamó a la mujer: «Fíjate, Susana, desperdiciamos treinta años odiándonos y ya mañana me van a comer los gusanos. No quiero irme a la tumba sin reconciliarme contigo. Te propongo lo siguiente: primero nos damos un abrazo y después nos vamos a cenar. Entramos al cine, tomamos vino y rematamos la noche en un motel». Y le responde la esposa: «Nada de eso, malparido, recuerda que yo tengo que madrugar a preparar el entierro».</p>
<p class="MsoNormal">La risotada es estrepitosa. El anciano desdentado luce al borde de un infarto. Se sacude, se golpea el pecho con la mano abierta. Los ojos le lagrimean. En medio de la algarabía, ninguno de los radiantes espectadores parece interesado en mirar hacia la sala, donde las mujeres enlutadas continúan entregadas a su plegaria por el difunto.</p>
<p class="MsoNormal">Aunque no existen registros históricos sobre el origen de los bufones de velorio en el Caribe colombiano, se cree que es una tradición de por lo menos un siglo. Resulta obvio suponer que el propósito de esta costumbre es amortiguar el impacto que produce la pérdida de un ser querido. Pero se trata, en realidad, de algo mucho más profundo, relacionado con la naturaleza festiva de los habitantes. No es que se cuenten chistes con la intención calculada de desterrar el dolor y restaurar la alegría, sino que, sencillamente, la gente es así, gozosa, risueña. ¿Por qué diablos tendría que comportarse de manera distinta en los funerales? Sería como aceptar la derrota. Lejos de humillarse ante la muerte, los hombres la desafían con el humor. Por eso, al frente de la mayoría de cementerios de la región hay un bar que se llama La última lágrima. Es una cultura tan hedonista que pareciera inspirada siempre en la célebre sentencia de Lord Byron: la vida es demasiado corta para desperdiciarla jugando ajedrez. O rasgándose las vestiduras por algo que, a fin de cuentas, es inevitable.</p>
<p class="MsoNormal">***</p>
<p class="MsoNormal">Chivolito está jugando dominó en una terraza del barrio Porvenir, en Soledad, donde vive desde mediados de los años sesenta. Sus compañeros de partida son el albañil Carlos Rico, el mecánico Heberto Guzmán y el licenciado en Ciencias Sociales Agustín de la Hoz. El tema de conversación es la muerte.</p>
<p class="MsoNormal">–Morirse es lo más fácil del mundo –opina Rico, a quien los demás llaman El Mono–. Uno se acuesta vivo y amanece con la cabeza doblada.</p>
<p class="MsoNormal">–Eso es verdad –tercia Guzmán–. La muerte es lo único que tenemos asegurado.</p>
<p class="MsoNormal">–Lo único –repite Chivolito con un gesto reflexivo mientras juega su ficha.</p>
<p class="MsoNormal">El profesor De la Hoz no dice nada. Está concentrado en la partida. Son las tres de la tarde y la Calle 17 es un hervidero de autobuses viejos, carretillas tiradas por mulas y triciclos con carrocerías habilitadas como taxis. El concierto de ruidos es atronador: el frenazo de un camión, el chirrido de una segueta eléctrica, el pregón de un vendedor de aguacates. Algunos de los transeúntes detienen su marcha y se quedan al lado de la mesa, mirando el juego. Chivolito sigue hablando.</p>
<p class="MsoNormal">–La muerte era mejor negocio antes. Ahora se han puesto de moda las cremaciones esas, porque salen baratas. Yo pregunto: ¿quieren economizar? Amárrenle al cadáver una piedra en el tobillo y tírenlo al río. Así les sale gratis y de paso se ahorran hasta la llorada.</p>
<p class="MsoNormal">Uno de los curiosos apiñados alrededor de los cuatro jugadores le pregunta a Chivolito si para él también se ha desmejorado el negocio de los velorios.</p>
<p class="MsoNormal">–¿Y a ti quién te dijo que yo vivo de los velorios? –responde con cara de ofendido–. En Soledad todo el mundo sabe que yo trabajo vendiendo billetes de las Rifas JB. ¡Tú acabas de llegar de Marte y no te has dado cuenta de esa vaina!</p>
<p class="MsoNormal">A continuación, en un tono sosegado, Chivolito le informa a su interlocutor que todas las mañanas recorre a pie cerca de tres kilómetros y vende ciento treinta billetes. El dueño del negocio le paga el cuarenta por ciento de las ventas, es decir, unos dos dólares diarios. Es poco, advierte, pero ¿qué más puede hacer un viejo de setenta y ocho años? Lo de las muertes es una ayuda, por supuesto, pero no siempre se muere la gente y, en todo caso, hay velorios de donde lo expulsan a la fuerza, porque los deudos consideran que sus bufonadas son irrespetuosas.</p>
<p class="MsoNormal">–¿Irrespetuoso yo? –pregunta dándose golpes de pecho–. Ellos son los que creman los cadáveres, o se ponen a pelear herencias cuando el cajón todavía está en la sala. ¡Y el irrespetuoso soy yo!</p>
<p class="MsoNormal">En seguida vuelve a desembuchar su lista de calamidades. Un primo panadero se esconde cuando lo ve para no regalarle ni un mísero pan. Un hijo extramatrimonial que tuvo en el pueblo de Malambo se volvió ladrón y perdió la vida en una balacera. A veces le da mareo y se queda sin visión durante unos segundos. A veces se le hinchan los pies de tanto caminar bajo el sol. Lo peor de todo –dice– es que él era talentoso y, sin embargo, no pudo derrotar a su «mal destino». En su juventud lo dejaban entrar gratis a las salas de cine para que, con un megáfono, le pusiera la voz a las películas de Chaplin. Ahí donde lo ven, con un metro y cincuenta y cinco de estatura, él protagonizó dos comedias en el Teatro Mogador. Todo el mundo pronosticaba que sería como Cantinflas o como Germán Valdés, el popular Tin Tan. ¿Y quién es Chivolito hoy? ¿Quién es, a ver? Un pobre tipo sin suerte. Menos mal –concluye, meditabundo– que todavía hay personas como el compadre Luis de los Ríos, que le da posada y comida.</p>
<p class="MsoNormal">Otro de los fisgones quiere saber cómo fue que se hizo contador de chistes en los velorios. Chivolito le responde que heredó el oficio de su padre, Demetrio Noriega. Luego cuenta que su primera función sucedió de manera accidental, en 1956, cuando tenía veintiocho años. Esa noche había muerto la madre de Aristarco Sepúlveda, uno de los más afamados bufones de velorios de Soledad. Sepúlveda, un cincuentón de panza abultada, estaba tan conmocionado que no se atrevía a animar la velación, y por eso le pidió el favor a Chivolito, quien sólo había ido a expresarle sus condolencias.</p>
<p class="MsoNormal">–Nosotros somos como los médicos –dice ahora con cara de estar revelando el primer mandamiento de un decálogo trascendental–. Cuando tenemos familiares implicados, buscamos a un colega.</p>
<p class="MsoNormal">Uno de los asistentes se declara sorprendido. Chivolito advierte que en sus correrías ha sido testigo y protagonista de muchos hechos asombrosos. Lo más insólito –dice– le ocurrió una noche en que lo arrojaron a empujones de una rueda fúnebre en el barrio San Antonio, en Soledad. Chivolito emigró para la tienda de enfrente y se puso a tomar cerveza con varios de sus fanáticos, quienes se fueron detrás de él. Allá siguió contando los chistes. Al rato, las personas que aún permanecían en la velación, atraídas por las carcajadas, también se marcharon hacia la tienda. La estampida dejó al cadáver casi solo, apenas con las cuatro rezanderas macilentas que lo acompañaban. Entonces, al hijo mayor del finado no le quedó más remedio que ofrecerle disculpas al contador de chistes y suplicarle que regresara.</p>
<p class="MsoNormal">Mientras Chivolito hablaba, la partida de dominó había quedado suspendida. Ahora Carlos Rico lo amonesta.</p>
<p class="MsoNormal">–¡Juega rápido, no joda! –gruñe.</p>
<p class="MsoNormal">–Yo te creo a ti la mitad de lo que dices –le advierte Heberto Guzmán.</p>
<p class="MsoNormal">Después se dirige al resto de contertulios.</p>
<p class="MsoNormal">–Llevamos cuarenta años oyéndole el cuento de la esposa que lo dejó y de la hija que se le murió, y ni siquiera los más viejos del pueblo conocieron a esas dos mujeres. Deja de hablar paja y pon rápido ese doble seis, si no quieres que te lo ahorque.</p>
<p class="MsoNormal">Chivolito juega la ficha con un golpe seco sobre la mesa.</p>
<p class="MsoNormal">–¡Pa’ joderte, marica!</p>
<p class="MsoNormal">***</p>
<p class="MsoNormal">El profesor Agustín de la Hoz llegó por la tarde al velorio en la casa de la familia Urueta. Mientras arribaba el resto del personal, se puso a dialogar con un hombre sobre la pésima campaña del Atlético Junior en el torneo de fútbol de Colombia. Después, la charla derivó hacia la muerte.</p>
<p class="MsoNormal">–Como decía Quevedo, somos una presente sucesión de difuntos.</p>
<p class="MsoNormal">Según De la Hoz, la costumbre de hacer ruido en los funerales ha estado arraigada desde hace años en el Caribe, sobre todo en las zonas rurales. La bulla de los dolientes en los sepelios es quizá un alarido de pavor. Una manera de ahogar entre todos el implacable silencio de la muerte. Durante los últimos años la tradición se ha ido perdiendo debido a la educación y a la influencia de culturas ajenas. Es posible que Chivolito sea el último bufón de velorios que sobrevive.</p>
<p class="MsoNormal">En algunos pueblos de la Costa Caribe despiden a los finados con tambores. En otros les cantan coplas. Las plañideras a sueldo del pasado son hoy una leyenda pintoresca, pero en la región no hay entierro popular al que le falte su cortejo de mujeres quejumbrosas: familiares, vecinas, amigas, conocidas o simples entrometidas. Se apoderan del muerto sin autorización de nadie y lo lloran a grito herido, como si establecieran una relación proporcional entre el afecto y la potencia de su llanto. A ningún hijo de Dios le falta su banda sonora desgarrada el día del entierro. Es la prueba de que no vivió en vano, la evidencia de que dejó una huella. Si se miran bien las cosas – añade el profesor De la Hoz – este sollozo colectivo es un baile de máscaras. Por eso, tal vez, la máxima fiesta de la región, el Carnaval de Barranquilla, termina con el entierro multitudinario de Joselito, un personaje simbólico: se muere para renacer. Para salvar la próxima fiesta.</p>
<p class="MsoNormal">Y eso – salvar la fiesta a pesar de la muerte – es lo que procura Chivolito esta noche, mientras cuenta sus chistes.</p>
<p class="MsoNormal">–Una viejita se desnudó frente al espejo y empezó a hablar con su propia imagen. «Ay, mijita, estás toda arrugada como un acordeón. Ya no eres la misma que martillaba con navegantes, choferes, poetas, albañiles, músicos, zapateros, carpinteros, butifarreros, profesores y futbolistas. ¡Estás llevada de la malparidez!» De pronto se le salieron cuatro gotas de orín por donde sabemos, y dijo la viejita: «Echeeeeee, ¡lloras porque te digo la verdad!»</p>
<p class="MsoNormal">Esta vez el público aplaude además de reír a carcajadas. El calvo de bigote frondoso pasa la garrafa de ron blanco. El vendedor de butifarras vuelve a pedirle el chiste del hombre de las dos próstatas. Y la barahúnda parece fuera de control. Dentro de la casa, la viuda luce tranquila a pesar de este alboroto, como si entendiera que es un deber cristiano prestar su muerto para que Chivolito y su comparsa sepan que están vivos.</p>
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