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	<title>Etiqueta Negra</title>
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	<description>Crónicas, reportajes, perfiles, entrevistas. Historias reales. Cuentos inéditos.</description>
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		<title>Catecismo  de bolsillo  para entender  a los  GEEKS</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Jul 2010 20:29:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
				<category><![CDATA[cómplices]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Hay una peregrinación que todo fanático de los videojuegos debería hacer al menos una vez en su vida. Es un encuentro de tres días, en el que se anuncia todos los avances tecnológicos que van a dominar el mundo de las fantasías digitales en el futuro inmediato. La Electronic Entertainment Expo, también conocida como E3, [...]</p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><a href="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/07/GEEKS-2.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-286130" title="GEEKS 2" src="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/07/GEEKS-2-300x200.jpg" alt="GEEKS 2" width="300" height="200" /></a></p>
<p style="text-align: left;">Hay una peregrinación que todo fanático de los videojuegos debería hacer al menos una vez en su vida. Es un encuentro de tres días, en el que se anuncia todos los avances tecnológicos que van a dominar el mundo de las fantasías digitales en el futuro inmediato. La Electronic Entertainment Expo, también conocida como E3, es un cónclave de inventores de videojuegos, jugadores especializados, mitos de la industria informática y celebridades del cine o la música que reconocen en la realidad virtual de las consolas el nuevo camino hacia la inmortalidad. No es extraño que el encuentro se realice en Los Ángeles, la tierra del glamour hollywoodense: el E3 tiene mucho de festival de cine (con proyecciones en adelanto de videojuegos que se parecen cada vez más a las películas), de música (con presencia de astros como Eminem o leyendas como Paul McCartney y Ringo Star), y televisión (puedes toparte sin mayor problema con el protagonista de alguna serie que se ha vuelto parte de tu rutina). Todo lo que un devoto de los juegos de guerra o las carreras de autos o los conciertos interactivos o las aventuras en ciudades apocalípticas desea experimentar antes que nadie está en el E3. Los asistentes forman parte de una comunidad de cultores del escapismo de vanguardia. Gente que no solo está atenta a cada revolución tecnológica, sino que haría lo que fuera por protagonizarla: los geeks.</p>
<p style="text-align: left;">Estamos ante los verdaderos revolucionarios de la historia. Microsoft, Apple y Google fueron fundadas por geeks. La primera abrió al mundo las ventanas del ciberespacio, la segunda le puso estilo a los objetos del futuro, la tercera busca organizar toda la información disponible en el planeta. La vida cotidiana tiene ADN geek, aunque muchos no quieran admitirlo. El propio apelativo es una muestra de la distancia con que el hombre moderno observa a los visionarios. Al menos hasta fines de los años sesenta, la palabra geek definía a los encargados de los actos más denigrantes del mundo del circo, cosas a las que ninguna persona aceptaría someterse. El Diccionario de Bolsillo de la Jerga Estadounidense (1967) incluso lo define como «un degenerado, alguien que haría cualquier cosa, sin importar lo desagradable que sea, con tal de obtener dinero o satisfacer deseos perversos». En los años ochenta, una generación de muchachos brillantes, obsesivos y fanáticos del entonces extraño lenguaje de la informática, inició un cambio que fue conocido como la revolución de las computadoras. Se los conocía como hackers, aunque el apelativo terminó asociado a un sector de esos talentos entregados a la tarea de dañar sistemas ajenos. Los hackers buenos del inicio pasaron a ser los geeks de hoy, esos fanáticos de la tecnología que suelen concentrar su talento en las aventuras de un videojuego.</p>
<p style="text-align: left;">Ningún lugar más apropiado para entenderlos que la cumbre que reúne a la mayor cantidad en una sola ciudad del planeta.</p>
<p style="text-align: left;"><strong><em> </em></strong></p>
<p style="text-align: left;"><strong>1. </strong><strong>Un geek es un chico cool</strong>. Alguien acostumbrado a las regalías de la sofisticación. La E3 es un lugar en el que puedes cruzarte con Elijah Woods, el actor principal de El Señor de los Anillos, o Shaun White, medallista las Olimpiadas de Invierno, sin que se arme un alboroto como ocurriría en un simple festival de cine o en un coliseo deportivo. Si eres un geek con influencias, puedes recibir una invitación para una fiesta privada como la que una compañía ha organizado con Eminem. La presencia de celebridades es una característica de este encuentro. En el 2009, Paul McCartney y Ringo Star presentaron aquí un videojuego musical en base a la historia de los Beatles, y el director de cine James Cameron ofreció un adelanto de la tecnología que hizo posible el éxito de la película Avatar. Esta vez, otro gigante del cine, Steven Spielberg, se filtra casi de incógnito entre los asistentes para ver la presentación de una de las mayores sorpresas de la convención del 2010: el Nintendo 3DS, una consola portátil capaz de generar imágenes tridimensionales que el jugador puede observar sin necesidad de gafas especiales. Un geek es cool por eso, porque prueba lo nuevo antes que nadie.</p>
<p style="text-align: left;">También es cool porque sabe de acción. A diferencia de un cinéfilo que se planta en su butaca para que le cuenten una historia, un geek es un forjador de su propio destino. Lo compruebo una tarde en que asisto a la presentación del tráiler del juego Star Wars: The Other Republic. La cita es en el Orpheum Theater, uno de los cinco auditorios de la convención. La mayoría de asistentes ronda entre los veinte y treinta años. Algunos se toman fotos con Darth Vader o un soldado imperial que deambula por el lobby. En la sala, dos representantes de la compañía anuncian las principales novedades del juego: la primera es que cada jugador tendrá su propia nave desde el inicio: la segunda es que podrá elegir entre pelear junto a los jedi o pasarse al lado oscuro de la fuerza, algo que supera las mayores fantasías de los primeros devotos de la saga.<strong><em> </em></strong></p>
<p style="text-align: left;">Un geek es cool porque sus tótems son cool. El ídolo geek debe tener estilo, el aura de una estrella de rock. La prueba es Tomonobu Itagaki, un creador de historias a quien muchos consideran el Quentin Tarantino de los videojuegos. El autor de la saga Dead or Alive aparece en el centro de convenciones con un pequeño séquito que lo rodea. Lleva gafas de sol, casaca de cuero y las manos cargadas de anillos. Hay que tocarle el hombro para llamar su atención: Itagaki solo habla japonés. No es un actor famoso ni un director de cine taquillero, pero varios curiosos se acercan a tomarse fotos con él. Es aquí que uno comprueba la fidelidad de los geeks a sus íconos.</p>
<p style="text-align: left;">2. <strong>Al geek le gustan las chicas guapas. </strong>A la salida de una presentación me topo con Felicia Day, la diosa geek. Su presencia aquí resulta tan deseada como la de Maradona o Pelé en un estadio. Su nombre encabeza el ránking de las chicas geek más deseadas del 2009 del canal Spike TV. Ella puede observarte con sus ojos verdes y esconderse tras su cabellera roja, mientras te deja con la sensación de haber visto un ángel. Felicia es la fantasía erótica geek: no sólo es guapa, sino que tiene un título en música y otro en matemática en una universidad de Texas, luego de rechazar a Julliard, una de las escuelas de música más prestigiosas del mundo. Esta mañana lleva un sencillo bividí crema y un iPhone lleno de stickers. Camina sola, pese a que tiene casi dos millones de seguidores en Twitter. Algunos logran tomarse una foto con ella y la dejan tranquila. El reverso de la moneda del geek es que muchos mantienen una timidez patológica.</p>
<p style="text-align: left;">La industria no pasa por alto estas inclinaciones. Varios videojuegos incluyen chicas voluptuosas en sus tramas. En la serie Dead or Alive, las protagonistas pelean enfundadas en trajes de pronunciados escotes. El guiño ha causado tal euforia entre los geeks, que existe una secuela llamada Dead or Alive Xtreme Beach Volleyball, en la que ambos equipos de chicas  aparecen en diminutos bikinis. En los pasillos de la E3 se comenta con entusiasmo que la saga tendrá pronto una versión disponible para la consola 3DS de Nintendo. Quiere decir que pronto podremos ver a esas bellezas en tres dimensiones. Una posibilidad que de seguro alimentará los sueños húmedos de muchos geeks (en especial esos que usan los controles del Playstation 3 para hacer saltar los senos de las jugadoras).</p>
<p style="text-align: left;">La convención misma es un aquelarre de elfas con orejas largas y puntiagudas, guerreras aladas y motociclistas sexys que te invitan a los puestos de las diferentes productoras de videojuegos. Pero una cosa es una chica con apariencia de porrista y otra la clase de mujer que despierta las fantasías de esta tribu. La dueña absoluta de este sitial es Lara Croft, la Indiana Jones de los geeks. Es hermosa y voluptusosa, como las chicas de Dead or Alive, pero además tiene un atributo imprescindible: es inteligente. Sus seguidores pueden comprobarlo en los monitores que la compañía Square Enix ha destinado para exponer su nueva aventura. Veo a Lara en su típico atuendo: polo celeste, short marrón y botas de cuero. «Ahora podrás compartir la experiencia con un amigo», me dice una de las diseñadoras del juego. Esta vez la heroína acompaña a un jefe tribal en la búsqueda de un objeto mítico llamado ‘El Espejo de Humo’. La diseñadora, una chica japonesa de cabello lacio y blusa floreada, controla a Lara. A mí me toca el jefe. Estamos al centro de una ciudadela maya. Un grupo de humanoides nos ataca, pero los destruimos de inmediato con nuestras lanzas, pistolas y bombas. En seguida avanzamos por una calle hasta un punto en que el camino se divide en tres. Se supone que debemos recorrerlos para obtener los objetos que nos permitirán abrir una gran puerta. Lara y yo tomamos el de la derecha. A cada paso encontramos un nuevo grupo de enemigos que quieren matarnos. Al final llegamos a un recinto donde yace una llave sobre un pedestal. En el momento en que ella la toma, la pantalla se pone negra y aparece el título del videojuego en letras doradas: Lara Croft and the Guardian of Light. La demostración termina, pero me quedo contento. He caminado unos minutos junto a una leyenda.</p>
<p style="text-align: left;">3. <strong>Un geek es nostálgico. </strong>Reverencia como nadie sus tiempos mitológicos. En una de las salas, por ejemplo, encuentro gente que goza ante una consola de Pacman, la histórica esfera comelona que, junto a Mario Bross, encarna la prehistoria de los videojuegos. La versión del 2010 permite hasta cuatro jugadores para una especie de competencia caníbal: gana el que se come a los demás. Me ubico en una mesa junto a un jugador chino, un japonés y un alemán. Los asiáticos lucen más concentrados. El alemán mueve la palanca de direcciones sin temor, quizás confiado en su buena suerte. Mi estrategia se basa en esperar los errores de mis rivales. El juego dura cinco rondas. Empato con el japonés. Solo entonces levantamos las caras y nos miramos. El Pacman Battle Royale carece de los efectos espectaculares de hoy, pero nos ha remitido a nuestra niñez.</p>
<p style="text-align: left;">Una noche asisto a un tributo a la melancolía: el Video Games Live. Tres mil personas llegan a este concierto para escuchar los temas más recordados de la historia de los videojuegos. Tras un intermedio, con las luces apagadas y un silencio total, el animador empieza a tararear la inolvidable melodía de Super Mario Bros, emblema musical para los geeks de todo el mundo. La respuesta es instantánea. La masa que llena el teatro empieza a tararear la melodía en homenaje al personaje que nos acompañó por tanto tiempo. Es un instante mágico, la clase de conexión que te hace sentir parte de una generación y un momento en la historia de la humanidad. En cierto punto, el presentador reaparece en escena con una camisa rayada, se la abre y muestra su polo negro en el que se lee el título de un mítico filme de ciencia ficción. «¡Un grito por Tron, por fin la volveremos a ver en el cine luego de treinta años!», grita el hombre. Los más adultos responden con puños en alto y un grito hacia aquella película que para un geek es tan entrañable como Casablanca o El Padrino para un cinéfilo.</p>
<p style="text-align: left;">4. <strong>Un geek es competitivo. </strong>Una cosa es que juegues en la sala de tu casa en modo para un solo jugador o con tu amigo del barrio y otra muy distinta es que te enfrentes a un geek fanático de los juegos de pelea en una convención donde sobran los geeks fanáticos de los juegos de pelea. La E3 es un espacio ideal para destrozar cualquier atisbo de soberbia en un jugador promedio. Cada día puedes ver largas colas de gente que espera un turno para demostrar sus habilidades en el combate digital. La idea no es sólo vencer a tu oponente. El gusto está en derrotarlo de una manera tan abrumadora que no deje dudas sobre tu dominio. El juego que te permite más opciones de crueldad es Mortal Kombat. «Hemos escuchado las sugerencias de los fanáticos y hemos traído de vuelta los fatalities»”, dice uno de los diseñadores de la nueva versión. En el universo de esta saga, un fatality es un movimiento especial que permite al ganador dar el golpe de gracia al derrotado. La pantalla muestra un variada gama de desenlaces: puedes arrancar con las manos el corazón de tu oponente, cortarle la cabeza, echarle ácido en la boca. Uno de los remates más celebrados es cuando el monje shaolin Kung Lao corta a su oponente con una cierra y levanta un pedazo del cuerpo con cada mano. A más sangre, más vitoreos de los  presentes.</p>
<p style="text-align: left;">Mi primera oportunidad de enfrentarme a alguien se produce en el stand donde se presenta el juego Marvel vs. Capcom 3, un título que reúne a los héroes de ambas compañías. Puedes ver a Wolverine de los X Men enfrentándose a Ryu de Street Fighter, o al Increíble Hulk contra Leon Kennedy, el policía que lucha contra los zombies de Resident Evil. Cuando llega mi turno, veo a mi derecha a un tipo de aspecto adolescente que a todas luces domina el juego. Cada cual tiene opción a una terna de combatientes. Él se adelanta y escoge a Leon Kennedy, al mercenario Dante y a una demonio llamada Morrigan. Yo opto por Ryu, Wolverine y Iron Man. El escenario es un desfile en una calle de Nueva York. Empezamos a pelear. No resisto ni tres minutos. Le pido una revancha. Cambiamos de personajes, y aunque logro eliminar a dos de sus luchadores, me gana otra vez. Me niego a perder y le pido una tercera ronda, aunque detrás de nosotros hay una cola de fanáticos que espera su turno. Mi oponente, cuyo nombre nunca supe, me indica que nuestro duelo ha terminado.</p>
<p style="text-align: left;">Pudo pasar como un tropiezo inicial, pero me sucede lo mismo en la exhibición de la nueva entrega de Medal of honor, una serie de videojuegos creada por Steven Spielberg. El combate virtual se desarrolla en Afganistán. En el stand de pruebas hay varios monitores. Me ubico en uno de los terminales. Estoy entre los escombros de Kabul. Camino en busca de alguien a quien matar cuando, al doblar la esquina, aparece un enemigo que me dispara. Veo mi cuerpo virtual caer al piso y, a un extremo de la pantalla, una ventana con la identidad de mi asesino. En las siete rondas que juego apenas mato a un par de contrincantes. Me retiro por una cuestión estratégica: prometo comprarme el título apenas salga a la venta y jugarlo hasta ser infalible.</p>
<p style="text-align: left;">5. <strong>Un geek solo habla en geek</strong>. Puedes escucharlo hablar de betas y demos con la misma naturalidad con la que un cocinero habla de ingredientes y recetas. Un beta es una versión en fase de desarrollo de un videojuego próximo a estrenarse (la idea es que cierto número de jugadores los prueben para detectar errores a corregir en la futura obra maestra). Un demo, en cambio, es la muestra final que se ofrece a los consumidores para animarlos a comprar un nuevo título. La programación de la E3 ofrece constantes lanzamientos de demos e invitaciones para participar en las fases beta de distintos juegos (no hay honor más grande para un geek). Kevin Butler es el personaje que encarna la importancia del lenguaje geek. Butler, un ficticio ejecutivo representado por el actor Jerry Lambert, puede aparecer un día como vicepresidente de Confirmación de Rumores o de Manejo de Guerras en los comerciales de Playstation 3, la famosa consola de Sony. En esta ocasión su imagen da la bienvenida a los asistentes a la E3 2010 desde lo alto de un panel publicitario ubicado en una de las entradas al centro de convenciones. Butler aparece en mangas de camisa, mientras sostiene un arco virtual que apunta al cielo. Es la manifestación de la nueva tecnología que presenta Sony en este encuentro: el Playstation Move, un sistema de control que permite reconocer los movimientos del cuerpo del jugador. La presencia de Butler apunta a entusiasmar a los jugadores con la idea de que todos los adelantos de esta era son parte de un estado de conciencia al que es inútil resistirse: «Porque cada gamer es un gamer verdadero, gamers en movimiento, gamers sentados. Todos. Y a pesar de que algunos seamos parte de determinada corriente o adeptos a alguna compañía en particular, en el fondo, todos servimos a un mismo amo, a un mismo rey. Y su nombre es el gaming. ¡Qué reine para siempre!». Bajo esa premisa, un geek es capaz de forzar sus capacidades hasta niveles inauditos con tal de alcanzar un achievement o un trophy, los respectivos premios de Microsoft y Sony a los mejores jugadores. Algunos de estos trofeos sólo se consiguen tras realizar proezas legendarias, como hacer mil golpes seguidos en un juego de acción o terminar un título en menos de dos horas (cuando normalmente tomaría más de cinco). Una combinación de golpes es un combo y un combo puede ser aplicado en base a un shoryuken (una especie de potente gancho hacia arriba con salto incluido), un hadoken (una bola de energía que sale de las manos) o un sonic boom (una descarga que surge de un doble gancho con ambos brazos). Cada juego agrega nuevos términos al diccionario de la cultura geek, que no corresponde a ningún idioma específico. La E3 es una Torre de Babel en la que todos se entienden.</p>
<p style="text-align: left;">6. <strong>Un geek es un consumidor exigente. </strong>Su condición de entendido en la materia lo vuelve parte de un público muy consentido por las grandes corporaciones de este negocio. La E3 suele ser tribuna para el anuncio de verdaderas revoluciones tecnológicas. Fue aquí que en el 2006 la compañía Nintendo presentó por primera vez el Wii, la primera consola con mandos inalámbricos capaces de reconocer el movimiento del cuerpo humano. En junio del 2010, los anuncios apuntan hacia algo aún mayor, un salto tecnológico que parecía restringido a las películas de ciencia ficción: los juegos sin controles. El símbolo de este cambio de paradigma se llama Kinect y ha sido elaborado por Microsoft. La presentación debe hacer honor a la expectativa que se ha creado desde que fuera anunciado el año pasado en este mismo encuentro. La ceremonia oficial es animada por el Circo del Sol, cuyo acto incluye a un personaje montado en un elefante. El juego supera la fantasía circense. Aprovecho un momento de distención para meterme en el stand donde se puedo probarlo. Hay varias versiones. La que me toca se llama Adrenaline Misfits, y pone al jugador sobre una especie de skate que puede correr sobre el agua. Un sistema de sensores captura el movimiento de mi cuerpo, de modo que puedo mover con las manos una serie de ventanas hasta seleccionar las opciones de mi preferencia: el escenario, el tipo de tabla, etc. Ya metido en la trama, manejo a mi avatar inclinando mi cuerpo hacia el lado que me interese moverme e incluso, si abro los brazos como un cóndor, puedo saltar desde lo alto de una catarata y caer con la delicadeza de un planeador.</p>
<p style="text-align: left;">El Kinect deja encandilados a muchos geeks, pero aún con su efecto futurista, no es lo más sorprendente de la convención. Al día siguiente, me levanto con la mente centrada en el 3DS de Nintendo. Al llegar a la sede, una fila de geeks intrigados forma una de las colas más largas para ingresar a la sala de pruebas. Las noticias y rumores sobre el juego han embalsado las expectativas. La cola es larga, pero esperamos. El turno será breve, veinte minutos, pero basta para probar el último fruto de este árbol del bien y del mal.</p>
<p style="text-align: left;">Una guapa anfitriona ofrece un mordisco de la fruta prometida: una pequeña consola portátil, amarrada a una de sus muñecas, ofrece imágenes en tercera dimensión de algunos personajes de Nintendo que vistos de frente parecen dar vueltas sobre la pantalla. Interesante, sí, pero habrá que ver si el efecto es el mismo en el juego real. Cuando llega el momento, entro a un recinto que alberga cincuenta ejemplares de la consola. En las pantallas hay varias versiones del Pilotwings resort, un clásico de Nintendo que se remonta a los años noventa. Se trata de un simulador de vuelo que te permite usar desde un paracaídas o un ala delta hasta un planeador o un cinturón cohete. Yo conduzco una avioneta que debo llevar hasta las nubes y hacer pasar entre aros flotantes. Por fin puedo ver en directo el santo grial de los videojuegos de este año: no solo siento el efecto realista de las imágenes, siento que las nubes se salen de la pantalla. En las otras máquinas veo nuevas versiones de Mario Kart, el recordado juego de carreras, o de Resident Evil. Veo jugadores embelesados con esta tecnología que ya no requiere gafas especiales para tomarte de la solapa. El efecto alucinógeno termina de aturdirme cuando una anfitriona me toma una fotografía con la cámara 3D que viene incluida en la consola. Segundos después, allí está mi retrato, me reconozco en la pantalla y veo que mi propio brazo sale de la misma como si acabara de desdoblarme.</p>
<p style="text-align: left;">7. <strong>Un geek es fetichista. </strong>Entiéndase por esto lo que a inicios del siglo XXI empezó a denominar al individuo tecnosexual. La elevada estadística de tropiezos en este encuentro se debe a la sencilla razón de que todo geek suele caminar con la cabeza gacha, concentrado en manipular uno de sus objetos fetiche: el celular. La herramienta –que ahora ha pasado a formar parte de un subgénero de la sociedad de consumo denominado gadget–, le resulta indispensable para mandar mensajes de texto o actualizar sus perfiles en las redes de Internet. Es decir, para socializar. El celular de un geek debe tener una pantalla táctil, un ringtone acorde a su personalidad (relacionado a sus videojuegos o series favoritas), y las últimas aplicaciones que salten al ciberespacio. Steve Jobs es el rey del pop para los geeks.</p>
<p style="text-align: left;">El joystiq es y será el único control para los retrogamers. La palanca siempre será la elegida por los tradicionalistas y exquisitos. Los jugadores de títulos de pelea son los que más reclaman este accesorio y hay algunos que no conciben este género sin el viejo control. En el stand de Capcom, la empresa más importante de juegos de pelea, los ortodoxos pueden probar los nuevos juegos con la tradicional palanca. Sin embargo, la mayoría de geeks, maniática de la novedad, llega a sufrir con la idea de tener el último accesorio que cada consola trae para jugar con comodidad. Nuevos controles que aseguran una experiencia de hipersensibilidad. La tecnología te hace sexy, y los geeks lo saben muy bien.</p>
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		<title>¿Puede una máquina descubrir que mientes?</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Jul 2010 20:52:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><a href="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/07/talbot.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-286117" title="talbot" src="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/07/talbot-300x192.jpg" alt="talbot" width="300" height="192" /></a></p>
<p style="text-align: left;">El mentiroso más flagrante que he conocido era alguien del que nunca sospeché hasta el día en que, repentina e irrevocablemente, lo hice. Hace doce años, un joven llamado Stephen Glass empezó a escribir para la revista The New Republic, donde yo trabajaba como editora. Se labró rápidamente la fama de ser alguien siempre en pos de desternillantes y descabelladas historias. Me gustaba Steve, un tipo con cara de niño procedente de los suburbios de Chicago. Antes de salir a hacer algún recado, Steve siempre me preguntaba si quería un sándwich o un pastelillo; siempre notaba si alguien estrenaba bufanda o usaba una expresión brillante, y preguntaba por los bebés o esposas de los colegas. Cuando se reunía con los editores para discutir su último triunfo periodístico, era modesto y sincero. Nos miraba a los ojos, esperaba que le pidiéramos detalles, y luego, sin ponerse nervioso o balbucear, los proporcionaba.</p>
<p style="text-align: left;">Un día, la revista publicó un artículo de Steve acerca de un adolescente tan diabólicamente talentoso para piratear redes corporativas que sus presidentes le pagaron enormes sumas de dinero para que los dejara en paz. Un reportero de la edición digital de Forbes recibió el encargo de seguir la historia. Puedes imaginarte cómo se desmoronó la carrera periodística de Steve si ves la película Shattered Glass [llamada en español El precio de la verdad]. Forbes cuestionó la veracidad de la historia, y Steve –después de negar las acusaciones, inventarse una página web falsa y reclutar a su hermano para que se hiciera pasar por uno de los presidentes corporativos afectados– finalmente confesó. Tanto editores como reporteros de la revista investigaron, y descubrieron que Steve había estado inventando historias durante al menos un año. La revista desautorizó veintisiete artículos.</p>
<p style="text-align: left;">Después del desenmascaramiento de Steve, mis colegas y yo nos sentíamos avergonzados de nuestra credulidad. Pero quizá no deberíamos habernos sentido así. Los seres humanos somos terribles detectores de mentiras. En estudios académicos, los sujetos a los que se les pide distinguir una verdad de una mentira responden correctamente el cincuenta y cuatro por ciento de las veces, en promedio. Son mejores averigüando cuándo se les está diciendo la verdad que cuándo se les está mintiendo, y sólo detectan el cuarenta y siete por ciento de las mentiras de acuerdo a un análisis de más de doscientos estudios publicado por Bella DePaulo, de la Universidad de California en Santa Bárbara, y Charles Bond Jr., de la Universidad Cristiana de Texas. Los sujetos suelen confundirse por una percepción errónea de cómo se comportan los mentirosos. «La gente tiene un estereotipo del mentiroso: alguien atormentado, ansioso y lleno de remordimientos», escriben DePaulo y Bond. De hecho, muchos mentirosos sufren de lo que los investigadores del engaño llaman «el placer de embaucar».</p>
<p style="text-align: left;">Las personas a las que les asusta parecer mentirosas, incluso cuando dicen la verdad, pueden mostrarse más nerviosas que aquellas que están mintiendo. Éstas son malas noticias para aquellos acusados falsamente, en especial considerando que los manuales más influyentes sobre  interrogatorios refuerzan el mito del mentiroso nervioso. Interrogatorio criminal y confesiones (1986), de Fred Inbau, John Reid y Joseph Buckley, reivindica que algunos cambios de postura y «gestos de acicalamiento», como «alisarse el pelo» y «remover pelusas de la ropa» delatan con frecuencia al mentiroso. Los aspectos prácticos de la entrevista y el interrogatorio (1992), de David Zulawski y Douglas Wicklander, afirma que los movimientos de un mentiroso tienden a ser «entrecortados y abruptos» y sus manos «frías y húmedas». Estrujar Kleenex en una mano sudorosa es otra señal condenatoria, otra razón por la cual una persona de manos sudorosas como yo espere nunca tener que ser interrogada.</p>
<p style="text-align: left;">Maureen O’Sullivan, una investigadora del engaño de la Universidad de San Francisco, estudia por qué los humanos somos tan malos para reconocer mentiras. Mucha gente, asegura, tiende a hacer juicios de veracidad en base a factores irrelevantes como la personalidad o la apariencia. «Las personas extrovertidas, no raras y con cara de niño tienden a ser juzgadas como más francas», afirma. (Quizá esto explica mi confianza en Steve Glass). La gente también está parametrada por la «tendencia a la veracidad»: la mayoría de las preguntas que formulamos –la hora, el precio del desayuno– son contestadas con honestidad, y la verdad es por tanto nuestra expectativa por defecto. También está el «problema de la curva de aprendizaje». No tenemos una idea refinada de cómo se ve y cómo suena una mentira exitosa, ya que casi nunca recibimos comentarios sobre las mentiras que nos han dicho; el compañero de trabajo quien, en el retiro corporativo, te aseguró que le encantó tu presentación, no suele revelar más tarde que en realidad no le gustó nada. Tal y como O’Sullivan lo expresa, «por definición, las mentiras más convincentes nunca se detectan».</p>
<p style="text-align: left;">Tal vez es porque somos detectores de mentiras tan imperfectos que mantenemos vivo el sueño de una máquina detectora de mentiras infalible.</p>
<p style="text-align: left;">Este apetito ha hecho que el uso del polígrafo siga siendo extendido. El gobierno estadounidense aún realiza decenas de miles de exámenes poligráficos al año, incluso a pesar de que un informe publicado en el 2003 por la Academia Nacional de Ciencias concluyó que la investigación acerca de la eficacia del polígrafo era inadecuada, y que cuando se usaba el polígrafo para investigar un incidente específico después del hecho, desempeñaba su función «bastante por encima del azar, pero bastante por debajo de la perfección». Los defensores del polígrafo citan cálculos aproximados de éxito en el noventa por ciento de las ocasiones, lo cual suena admirable hasta que piensas en la gente cuya vida puede ser arruinada por una máquina que falla una de cada diez veces. A lo largo de las últimas dos décadas, diversos inventores han intentado sustituir el polígrafo por nuevas tecnologías: análisis del estrés en la voz; toma térmica de imágenes del rostro; y, de un modo mas espectacular, estudios de imágenes del cerebro. Aunque estos métodos aún están en fase embrionaria, ya han sido bienvenidos con considerable entusiasmo, sobre todo en Estados Unidos. Las compañías privadas están ansiosas por reemplazar los modos tradicionales de averiguar la verdad –como el sistema de jurados– con una máquina que pueda ser patentada y vendida. Y las agencias de policía anhelan poder superar el problema de los sospechosos que se muestran inalterables hasta la exasperación, incluso ante interrogatorios prolongados. Aunque uno de los resultados inmediatos de los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York fue el restablecimiento de una vieja, y más controversial, forma de interrogatorio –la tortura–, la guerra contra el terrorismo ha intensificado el deseo por una máquina capaz de leer la mente.</p>
<p style="text-align: left;">No hace mucho, me reuní con el empresario Joel Huizenga, quien ha empezado una compañía, basada en San Diego, llamada No Lie MRI. La mayoría de los métodos de detección de mentiras examina la actividad del sistema nervioso simpático (la velocidad del corazón y la respiración, el volumen de sangre, la respuesta del impulso de la piel –un sustituto del sudor de las palmas de las manos– son representadas en papel milimetrado o en una pantalla). El método que Huizenga está comercializando, que emplea una forma de escaneo corporal conocido como toma de imágenes por resonancia magnética funcional, o FMRI (del inglés Functional Magnetic Resonance Imaging), promete asomarse dentro del cerebro. «Una vez que penetras el cráneo, ya no hay escapatoria», me dijo Huizenga.</p>
<p style="text-align: left;">La tecnología FMRI, inventada a principios de los años noventa, ha sido usada sobre todo como un instrumento de diagnóstico para identificar desórdenes neurológicos y para mapear el cerebro. A diferencia de los escaneos comunes, que capturan una imagen estática, un FMRI escanea una serie de imágenes que muestra los cambios en el flujo de la sangre oxigenada que preceden a los acontecimientos neurológicos. El cerebro necesita oxígeno para llevar a cabo tareas mentales, de tal modo que un incremento en el nivel de sangre oxigenada en una parte del cerebro puede indicar actividad cognitiva en esa zona. La detección de mentiras por medio de escaneo cerebral se basa en la idea de que mentir requiere más esfuerzo cognitivo, y por lo tanto más sangre oxigenada, que decir la verdad.</p>
<p style="text-align: left;">Escanear el cerebro promete enseñarnos de manera directa lo que el polígrafo nos enseñó de un modo oblicuo. Huizenga espera que su compañía sea una fuerza promotora de justicia, absolviendo a los clientes que son, tal y como él lo expresó, «personas buenas que intentan repeler al mundo cruel que los acusa injustamente». Los escáneres de cerebro ya tienen mucha influencia en las salas de tribunal; durante las audiencias de pena de muerte, los jueces a menudo permiten a modo de evidencia mitigante imágenes que sugieran discapacidad neurológica. En teoría, un mejor método de detección de mentiras podría tener un impacto tan profundo como las pruebas de ADN, que desde que fueron introducidas a finales de los años ochenta han liberado de falsas acusaciones  a más de cien personas. Si Huizenga ha perfeccionado tal tecnología, está en pos de algo grande.</p>
<p style="text-align: left;">Nos encontramos en un restaurante en Newport Beach. Una pantalla de televisión en una pared mostraba un concurso de surf; el mismo Huizenga, quien tiene cincuenta y tres años, es surfista. Tiene una carrera universitaria de la Universidad de Colorado, un máster en biología de Stony Brook y un MBA de la Universidad de Rochester. No Lie es el segundo estreno empresarial de Huizenga. El primero, ISCHEM Corporation, utiliza escaneo corporal para detectar placa en las arterias de la gente. Antes de eso, trabajó para Pantox, una compañía que ofrece análisis de sangre para medir los niveles de antioxidantes en cada persona.</p>
<p style="text-align: left;">Después de sentarnos, Huizenga me contó sobre los orígenes de No Lie. Hace unos años, se cruzó con un ejemplar de The New York Times sobre una investigación tentadora dirigida por Daniel Langleben, un psiquiatra y neurólogo de la Universidad de Pennsylvania. Se ponían dentro de una máquina de FMRI a diferentes sujetos, que tenían que hacer algunas afirmaciones verdaderas y otras falsas. Los escaneos del cerebro tomados mientras ellos reposaban mostraban un aumento considerable en el nivel de actividad en tres zonas diferenciadas de la corteza cerebral. Langleben sugirió que «el engaño intencionado» podría ser «ubicado anatómicamente» mediante escaneo con FMRI. Huizenga vio de inmediato una oportunidad de negocio. «Me abalancé sobre ella», me dijo. «Si yo no estuviera aquí sentado enfrente de ti, otra persona lo estaría».</p>
<p style="text-align: left;">La página web de No Lie afirma que su tecnología«¡representa la primera y única medida directa de verificación de la verdad y detección de mentiras en la historia humana!». No Lie acaba de empezar a ofrecer análisis de modo comercial, y ya ha cobrado cerca de diez mil dólares por examen a una docena de clientes. Algunos de estos clientes iniciales están involucrados en casos civiles y criminales; Harvey Nathan, la primera persona que usó el servicio, había sido acusado en el 2003 de prenderle fuego deliberadamente a la tienda de la que es dueño en Carolina del Sur. Un juez desestimó los cargos, pero Nathan quería denunciar a su compañía de seguros, y pensó que tener pruebas documentadas de su inocencia favorecería su causa. Así que voló a California y fue sometido a un examen en No Lie. Lo aprobó. Nathan dijo: «Si no lo hubiera pasado, habría saltado desde el piso diecisiete del hotel donde me estaba quedando. ¿Cómo podría haber vuelto a Carolina del Sur y decir: “Oh, esa máquina no funcionó?”. Creí en ello entonces y creo en ello ahora». El examen de Nathan fue filmado para Discovery Channel.</p>
<p style="text-align: left;">Huizenga habla de su compañía en términos directos. «¿Sobre qué miente la gente?», me preguntó. «Sobre sexo, poder y dinero, probablemente en ese orden». Me dijo que su compañía recibe docenas de peticiones a la semana: desde hombres divorciados acusados de abuso infantil, a mujeres que quieren probar su fidelidad a esposos o novios celosos; desde representantes de gobiernos en África y las repúblicas de la antigua Unión Soviética, al departamento de policía chino. Afirmó entender por qué los gobiernos estaban interesados en tecnología detectora de mentiras. «Mira a Stalin», dijo. «Quería poder, quería estar en la cumbre. Bueno, es difícil asesinar a grandes cantidades de opositores. Los integrantes de nuestro gobierno, y de otros, necesitan maneras más efectivas de quitar de en medio a aquellos que no son sus marionetas». Huizenga declaró que el gobierno de los Estados Unidos estaba «interesado» en el tipo de tecnología que No Lie ofrece; la compañía ha contratado a Joel S. Lisker, un antiguo agente del FBI, para ser su «enlace de ventas con el gobierno federal». (Lisker rechazó ser entrevistado, argumentando que sus contactos en el gobierno eran «confidenciales»).</p>
<p style="text-align: left;">En los libros de historietas de los años cuarenta, la Mujer Maravilla, la sensual heroína de las Amazonas, luce un «lazo de la verdad» de color dorado. Quien es capturado con él se vuelve incapaz de mentir. De la misma manera, los inventores del polígrafo creían que su máquina obligaba al cuerpo a revelar los secretos de la mente. Pero la conexión entre el lazo y el detector de mentiras es incluso más directa: el creador de la Mujer Maravilla, William Moulton Marston, fue también una figura clave en el desarrollo del polígrafo. Marston, como otros pioneros en el campo de la detección de mentiras, creía que la mente consciente podía ser engañada, y la verdad descubierta, a través de la medición de las señales corporales.</p>
<p style="text-align: left;">Ésta no era una idea nueva. En 1730, Daniel Defoe publicó un ensayo titulado Un esquema efectivo para la prevención inmediata de robos callejeros y la supresión de todos los desórdenes de la noche, en el que proponía una alternativa a la coerción física: «La culpa siempre conlleva algo de miedo, hay un temblor en la sangre del ladrón que, si es estudiado,  siempre permitirá descubrirlo».</p>
<p style="text-align: left;">En los últimos años del siglo XIX, el criminólogo italiano Cesare Lombroso inventó su propia versión de un detector de mentiras, basado en la fisiología de las emociones. Al sujeto se le obligaba a hundir la mano en un tanque lleno de agua, tras lo cual el pulso del sujeto causaría que el nivel de líquido aumentara o disminuyera ligeramente; cuanto más grande fuera la fluctuación, más deshonesto se juzgaba que era el sujeto.</p>
<p style="text-align: left;">Uno de los estudiantes de Lombroso, Angelo Mosso, un fisiólogo, notó que los cambios de emociones eran a menudo detectables en gente de piel clara a través del rubor o emblanquecimiento de sus rostros. Partiendo de esta observación, diseñó una cama que reposaba en un punto de apoyo. Si un sospechoso recostado en ella decía una mentira, suponía Mosso, los cambios resultantes en el flujo de la sangre alterarían la distribución de peso en la cama, desequilibrándola. El dispositivo, conocido como la cuna de Mosso, al parecer nunca llegó a ser más que un prototipo.</p>
<p style="text-align: left;">William Moulton Marston nació en 1893, en Boston. Fue a Harvard, donde trabajó en el laboratorio de Hugo Münsterberg, un psicólogo que había emigrado de Alemania y quien había estado haciendo pruebas con un aparato que registraba respuestas a emociones como el horror y la ternura, a través del registro gráfico del pulso. En 1917, Marston publicó un estudio en el que señalaba que la presión sanguínea sistólica podía ser monitoreada para detectar engaño. En el libro Los detectores de mentiras: historia de una obsesión americana, Ken Alder, un profesor de historia de la Universidad North-western, cuenta que las investigaciones de Münsterberg y Marston atrajeron la atención de la policía y los reporteros de todo el país, quienes vieron en el detector de mentiras una alternativa no sólo a los brutales interrogatorios, sino también al sistema judicial compuesto de jurados. En 1911, un artículo en The New York Times predecía un futuro en el cual «no habrá jurado, no habrá hordas de detectives y testigos, no habrá acusaciones ni respuestas a las mismas, y no habrá abogado para la defensa. El Estado solo someterá a todos los sujetos de un caso al análisis de instrumentos científicos».</p>
<p style="text-align: left;">John Larson, un oficial de policía en Berkeley, California, quien también tenía un doctorado en fisiología, continuó con el trabajo de Marston, ampliándolo. Construyó un instrumento pesado y difícil de manejar, el «cardioneumopsicógrafo», que usaba una medida de puño estándar para medir la presión en la sangre, y una manguera de caucho enrollada alrededor del pecho del sujeto para medir su respiración. Los sujetos tenían que contestar sí o no a las respuestas; sus reacciones fisiológicas eran captadas por agujas que arañaban un papel enrollable de color negro.</p>
<p style="text-align: left;">En 1921, como Alder escribe, Larson tuvo la primera gran oportunidad de probar su instrumento. Él intentaba identificar a un ladrón en una residencia universitaria para señoritas en Berkeley. Larson sometió a varios sospechosos a un examen de seis minutos, en el cual formuló varias preguntas: «¿Cuánto es treinta veces cuarenta?», «¿Te licenciarás este año?», «¿Bailas?», «¿Robaste el dinero?». El resultado predijo la manera en la que un polígrafo «trabajaría»: como un acoso que lleve a la confesión. Una estudiante de enfermería se confesó culpable del crimen unos días después de haberse escapado del examen.</p>
<p style="text-align: left;">Al principio de los años veinte, otro miembro del cuerpo policial de Berkeley, Leonarde Keeler, aumentó el número de señales físicas que el detector monitoreaba. Su máquina portátil grababa la velocidad del pulso, la presión arterial, la respiración y el sudor de las manos. El detector de mentiras de hoy se parece mucho al invento de Keeler que ya tiene ochenta años. Y tiene el mismo nombre: el polígrafo.</p>
<p style="text-align: left;">Los polígrafos nunca tuvieron mucho éxito en Europa. Pero su llegada coincidió con la oleada de prohibición de crímenes; con una nueva fascinación con el inconsciente; y con la ola de innovación tecnológica que había brindado a los estadounidenses los beneficios de la electricidad, las radios, los teléfonos y los coches. El detector de mentiras se introdujo muy rápido en el cuerpo de policía estadounidense: al final de los años treinta, un sondeo de trece departamentos de policía urbana mostró que habían sometido a polígrafos a casi nueve mil sospechosos.</p>
<p style="text-align: left;">En 1923, Marson intentó sin éxito que se introdujera el polígrafo como evidencia en el juicio por asesinato de James Alphonso Frye en Washington D.C. La corte declaró que un nuevo método científico debía ganar «aceptación general» por parte de expertos antes de que los jueces pudieran darle crédito. Desde esta decisión, el polígrafo ha sido mantenido fuera de la mayoría de las salas de tribunal, pero hay una excepción importante: aproximadamente la mitad de los Estados permiten al acusado tomar el examen, por lo general bajo el entendimiento de que los cargos serán retirados si pasa el examen y los resultados podrán ser usados como evidencia si lo desaprueba.</p>
<p style="text-align: left;">El polígrafo empezó a ser muy usado en ámbitos gubernamentales y de negocios, a menudo con resultados discutibles. Durante los años cincuenta, el gobierno estadounidense utilizó el detector de mentiras para purgar a los sospechosos homosexuales. Hasta los años setenta, la cuarta parte de las compañías estadounidenses usaba el polígrafo en sus empleados. Aunque el Congreso prohibió la mayoría de estos exámenes en 1988, el gobierno federal todavía usa el polígrafo para las investigaciones de antecedentes personales, a pesar de que ha dado pie a errores prominentes. El polígrafo dejó libre de sospecha a Aldrich Ames, el agente de la CIA que espió para los soviéticos, pero acusó por error a Wen Ho Lee, un científico del Departamento de Energía, como espía del gobierno chino.</p>
<p style="text-align: left;">¿Por qué, entonces, todavía se usa el polígrafo? Quizá lo más desconcertante del instrumento es que, a pesar de todos sus fallos, no se trata de palabrería barata: el pulso acelerado y un aumento de ritmo cardiaco pueden indicar culpa. Todos los mentirosos han sentido un revoloteo involuntario, al menos una vez. Pero hay suficientes excepciones para asegurar que el polígrafo encontrará culpable a gente inocente e inocentes a algunos culpables.</p>
<p style="text-align: left;">En una conferencia de investigación sobre el engaño, en Cambridge, Massachusetts, Jed S. Rakoff, un juez estadounidense del distrito de Nueva York, contó una historia sobre un polígrafo y una confesión falsa. Algunos días después de los atentados a las Torres Gemelas, un estudiante de posgrado egipcio llamado Abdallah Higazy atrajo la atención del FBI. Higazy había estado hospedándose en el Hotel Millennium cerca de la Zona Cero el día de los ataques. Un guardia de seguridad del hotel dijo que había encontrado una radio de piloto en la habitación de Higazy. El estudiante argumentó que no era suya, y cuando apareció enfrente de Rakoff pidió que lo sometieran a la prueba del polígrafo. Tal y como Rakoff recuerda,«Higazy de verdad creía en el examen y pensó que le exoneraría». Durante un interrogatorio de cuatro horas a cargo de un agente del FBI, Higazy repitió primero que él no sabía nada acerca de la radio, y luego dijo que quizá sí era suya. Se le acusó de mentir al FBI y fue a la cárcel. Antes de cumplirse un mes, un piloto paró por el hotel para preguntar por una radio que se había olvidado allí sin querer. El guarda de seguridad que encontró la radio admitió que no había estado en la habitación de Higazy; fue procesado y se declaró culpable. Higazy fue exonerado, y una investigación posterior reveló que se había sentido mareado y enfermo durante el examen, tal vez debido al nerviosismo. Pero cuando Higazy le preguntó al agente a cargo del polígrafo si alguna vez alguien había enfermado durante una de sus pruebas, él respondió que «no le había pasado a nadie que estuviera diciendo la verdad».</p>
<p style="text-align: left;">Hasta la fecha, ha habido tan sólo una docena de estudios auditados que han intentado descubrir mentiras con tecnología FMRI, y la mayoría de ellos involucraban menos de veinte personas. Sin embargo, la idea ha inspirado un torrente de atención mediática, porque los estudios científicos acerca de escáneres cerebrales deslumbran al público, y porque la lectura de la mente mediante máquinas es un tópico de ciencia ficción muy apreciado, como pudo verse en el éxito de películas como Minority Report y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos.</p>
<p style="text-align: left;">Los escáneres cerebrales nos cautivan, en parte, porque parecen ciencia más «real» que esos elaborados y deductivos experimentos que practican tantos psicólogos.</p>
<p style="text-align: left;">Deena Skolnick Weisberg, una estudiante de posgrado en la Universidad de Yale, ha realizado un importante estudio que apunta al sobredimensionado glamour de las investigaciones con escáneres cerebrales. Sus colegas y ella establecieron tres grupos –formados por neurocirujanos, estudiantes de neurociencia y adultos comunes– a los que ofrecieron explicaciones para fenómenos psicológicos comunes (como la tendencia a asumir que otras personas saben lo mismo que nosotros sabemos). Algunas de estas explicaciones eran equivocadas a propósito. Weisberg descubrió que los tres grupos eran aptos para identificar las malas explicaciones, excepto cuando ella insertaba las palabras «los escaneos cerebrales indican». Entonces los estudiantes y los adultos comunes eran menos capaces de discernir. Weisberg y sus colegas concluyeron: «La gente parece pronta a aceptar explicaciones que aluden a la neurociencia».</p>
<p style="text-align: left;">Los académicos del Derecho, por su parte, han empezado a debatir la constitucionalidad de usar imágenes cerebrales como evidencia en los tribunales. En una reunión del comité de detección de mentiras de la Academia Nacional de las Ciencias en Washington D.C., Hank Greely, un profesor de derecho de Stanford, dijo: «Cuando damos brincos especulativos como éste […] aumenta, a veces de un modo perjudicial, la creencia de que la tecnología funciona». En la prisa de compañías como No Lie por comercializar los escáneres cerebrales, y en la prisa de los académicos por juzgar la propiedad de uso de la tecnología, poca gente ha preguntado si los FMRI pueden en realidad hacer lo que ellos esperan o temen que puedan hacer.</p>
<p style="text-align: left;">Un FMRI no es el primer gran avance de la era digital que supuestamente reemplazaba al polígrafo. Primero estaba «la toma de huellas digitales del cerebro», que está basada en la idea de que el cerebro libera una señal eléctrica reconocible cuando está procesando un recuerdo. La técnica usaba sensores EEG para determinar si un sospechoso retenía recuerdos relacionados con un crimen –por ejemplo, la imagen del arma usada en un asesinato–. En el 2001, Time nombró a Lawrence Farwell, el creador de «la toma de huellas digitales del cerebro», uno de los cien investigadores que «podrían ser los picassos o los einsteins del siglo XXI». Pero los investigadores han notado desde entonces un gran inconveniente: es imposible distinguir entre señales cerebrales producidas por recuerdos reales y aquellas producidas por recuerdos imaginados, como los de una falsa coartada.</p>
<p style="text-align: left;">Tras los ataques a las Torres Gemelas, otra tecnología fue ampliamente recomendada: la toma de imágenes térmica, una propuesta basada en el descubrimiento de que el área alrededor de los ojos puede calentarse cuando una persona miente. Pero el incremento de flujo sanguíneo que eleva la temperatura alrededor de los ojos es sólo otra huella del estrés. Las agencias de policía que usaron la técnica para descubrir a terroristas potenciales también captaron a muchos ruidosos pero inofensivos viajeros.</p>
<p style="text-align: left;">Uno de los problemas de la detección de mentiras mediante FMRI es que las máquinas, que cuestan tres millones de dólares cada una, suelen ser achacosas. Los técnicos dicen que los escáneres tienen a menudo «días malos», en los cuales pueden producir un montón de datos basura. Y una persona que se retuerza demasiado en el escáner puede invalidar los resultados (incluso mover la lengua dentro de la boca puede causar problemas).</p>
<p style="text-align: left;">La palabra mentir es tan amplia que es difícil imaginar que algún examen, incluso uno que explore el cerebro, pueda detectar todas las formas de engaño: mentiras pequeñas y educadas; mentiras que protejan y hechicen a nuestros niños; mentiras que ni siquiera reconocemos como mentiras; coartadas complicadas que pasamos días ensayando. Desde luego, es difícil imaginar que todas estas mentiras lleven la misma firma neurológica. En sus grados de sofisticación y detalle, su peso moral, su valor emocional, las mentiras son tan variadas como las personas que las cuentan. Como dijo Montaigne: «El reverso de la verdad tiene cientos de miles de formas y no tiene límites definidos».</p>
<p style="text-align: left;">Steven Laken es el presidente de Cephos, una compañía basada en Boston que está desarrollando un producto detector de mentiras. Cephos procede con más cautela que No Lie. En la reunión del comité de la Academia Nacional de Ciencias, él dijo: «Puedo decir que no estamos al nivel de precisión del noventa por ciento. Y he dicho que si no fuéramos a llegar al noventa por ciento, no iríamos a vender este producto» (nadie involucrado en detección de mentiras FMRI parece preocupado por una tasa de error del diez por ciento).</p>
<p style="text-align: left;">En marzo del 2007, fui a un suburbio de Boston a reunirme con Laken. Tenía treinta y cinco años y un doctorado en medicina celular y molecular de la Universidad de Johns Hopkins. A fines de los noventa, identificó una mutación genética que puede acabar en cáncer colo-rectal. Él tiene un temperamento más conservador que Joel Huizenga, y me dijo que piensa que los casos de fidelidad marital son «sórdidos». Pero ve un enorme y potencial mercado para lo que él denomina un «verificador de la verdad» –un servicio para gente que quiere autoexonerarse–. «Hay treinta y cinco millones de casos civiles y criminales presentados en Estados Unidos cada año», dijo Laken. «Cerca de veinte millones son casos criminales. Así que si nunca nos toca llevar un caso criminal, todavía nos quedan cerca de quince millones de casos para trabajar. Excluyes algunos, pero te quedas con varios millones de casos que son apuestas de alto vuelo: dos personas peleándose por cosas que son importantes». Laken también piensa que la detección de mentiras con FMRI podría ayudar al gobierno a obtener información y confesiones de sospechosos terroristas sin tener que usar coerción física.</p>
<p style="text-align: left;">Steven Laken descarta la teoría de que la detección de mentiras es prematura.«He oído que se dice: esta tecnología no puede funcionar porque no ha sido probada en psicópatas, y no ha sido probada en niños, y desde luego no ha sido probada en niños psicópatas. Si ése fuera el estándar, nunca habría ninguna medicina».</p>
<p style="text-align: left;">Conversamos mientras conducíamos a Framingham, Massachusetts, a visitar un centro de pruebas MRI dirigido por Shields, una compañía que opera veintidós instalaciones de ese tipo en el Estado. Laken estaba llegando a un acuerdo con Shields para usar sus escáneres.</p>
<p style="text-align: left;">Un especialista nos condujo hasta una habitación para observar a una mujer que estaba siendo sometida a un examen MRI. Ella estaba tendida en una plataforma que se deslizaba dentro de un escáner blanco tubular que zumbaba como un diapasón gigante. Durante un escáner cerebral, el paciente lleva un rollo de cobre en la cabeza para mejorar el campo magnético alrededor del cráneo. El imán es tan poderoso que tienes que quitarte cualquier objeto de metal o sentirás una sensación de tirón fuerte.</p>
<p style="text-align: left;">Un técnico instruyó a la mujer acerca del escáner desde el otro lado de una división de cristal. «Toma una bocanada de aire y sujétalo, sujétalo», dijo el técnico. Estos ejercicios ayudan a minimizar los movimientos del paciente.</p>
<p style="text-align: left;">A medida que observábamos, Laken admitió que los fallos no han sido perfeccionados en detección de mentiras con FMRI. «Cometemos errores. No sabemos por qué. Puede que nunca lo sepamos. Esperamos mejorar». Puede que algunos especialistas en ética se preocupen por la velada amenaza a la «libertad cognitiva», pero la amenaza real es más simple y más inmediata: la introducción comercial de «verificadores de la verdad» de alta tecnología, que quizás no funcionen mejor que los polígrafos, pero parecen más imponentes y científicos. Los polígrafos, al fin y al cabo, no son administrados por profesionales médicos con licencias.</p>
<p style="text-align: left;">Nancy Kanwisher, una científica cognitiva del MIT, sugiere que la tecnología FMRI, cuando es usada con arrogancia, nos remonta a dos pseudociencias de los siglos XVIII y XIX: fisiognomía y frenología. La fisiognomía sostenía que el carácter de una persona se manifestaba en sus características faciales; la frenología sostenía que la verdad se escondía en la forma del cráneo. En 1807, el filósofo alemán Georg W.F. Hegel publicó una crítica de ambas ciencias en La fenomenología del espíritu. En ese trabajo, como escribe el filósofo Alasdair MacIntyre, Hegel observa que «las reglas que usamos diariamente para interpretar expresiones faciales son altamente falibles». (Un amigo que frunce el ceño a lo largo de tu recital de piano puede explicar que realmente estaba que echaba humo por una discusión con su mujer). Mucho de lo que Hegel tenía que decir acerca de la fisiognomía se puede aplicar también a los intentos modernos de lectura de mentes. Hegel cita al científico Georg Christoph Lichtenberg, quien afirmaba: «Si alguien dice: “Tú actúas como un hombre honesto, pero puedo ver en tu cara que estás forzándote para serlo y en realidad eres un granuja”, cualquier hombre acosado de ese modo responderá con un buen jalón de orejas». Esta respuesta es correcta, Hegel argumenta, porque «refuta la premisa fundamental de semejante &#8220;ciencia&#8221; de la conjetura: que la realidad de cada hombre es su cara. El verdadero ser de un hombre es, por el contrario, su manera de actuar; la individualidad está en los hechos». De la misma manera, uno puede cuestionar la base del FMRI: que la realidad de cada hombre está en su cerebro.</p>
<p style="text-align: left;">Cuando hablé con Huizenga, el presidente de No Lie, unos meses después de que me hubiera reunido con él en California, él estaba impasible por el escepticismo en su contra de parte de los psicólogos. «En ciencia, cuando vas un poco más allá que los demás, puede ser duro», me dijo. «Los que están en la cumbre lo entienden, pero la capa que está en medio no entiende de lo que hablas».</p>
<p style="text-align: left;">Huizenga me dijo que estaba tratando de conseguir que el escaneo cerebral sea admitido en un tribunal de California para un caso de pena de muerte en el que él estaba trabajando. Dado el escepticismo de los tribunales respecto al polígrafo, el éxito de Huizenga está lejos. Estamos en una era de obsesión tecnológica muy similar a la de los años veinte, cuando Marston popularizó la detección de mentiras. Y vivimos en una época en la cual hay un apetito comprensible por maneras efectivas de descubrir a los malhechores, y en la cual las preocupaciones por la privacidad han sido reemplazadas por nuestro deseo de seguridad y certeza. «Los escáneres cerebrales indican». Qué frase tan poderosa. Uno puede visualizar fácilmente a jueces impresionados por estas imágenes pixeladas que aparecen tan a menudo en publicaciones científicas y en los periódicos. De hecho, si la detección de mentiras con FMRI se comercializa con éxito como un servicio al que abogados conducen a sus clientes, entonces incluso un rechazo a tomar dicho examen podría ser causa de sospecha un día.</p>
<p style="text-align: left;">Laken, mientras tanto, piensa que los que se encuentran en un aprieto y están desesperados por librarse del castigo, simplemente tienen que educarse como consumidores. «Algunos han dicho que los exámenes FMRI son poco éticos e inmorales. La pregunta es: ¿por qué es poco ético e inmoral si alguien quiere gastar su dinero en un examen, mientras entienda en qué se está metiendo? Nunca hemos dicho que este examen fuera perfecto. Nunca hemos dicho que podemos garantizar que sea admisible en los tribunales». Horas después, ese mismo día, volví a echarle un ojo a la página web de Cephos. Contenía una proclamación más llamativa. Decía: «La medida objetiva de la verdad y el engaño que Cephos ofrece ayudará a proteger a los inocentes y a condenar a los culpables».</p>
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		<pubDate>Tue, 20 Jul 2010 18:02:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
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		<pubDate>Tue, 20 Jul 2010 16:01:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
				<category><![CDATA[extras]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>El cronista y narrador chileno Juan Pablo Meneses dará en Lima el taller &#8220;La ruta portátil del periodismo literario&#8221;.<br />
El taller se realizará desde el viernes 30 de julio al domingo 1 de agosto de 5:30 pm a 9:00 pm en el parque de Los Próceres (av. Salaverry cuadra 17, Jesús María). El costo es de s/. 150.00. Se entregará dossier de lecturas, trabajos prácticos, y [...]</p>
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<p>El cronista y narrador chileno Juan Pablo Meneses dará en Lima el taller &#8220;La ruta portátil del periodismo literario&#8221;.</p>
<p>El taller se realizará desde el viernes 30 de julio al domingo 1 de agosto de 5:30 pm a 9:00 pm en el parque de Los Próceres (av. Salaverry cuadra 17, Jesús María). El costo es de s/. 150.00. Se entregará dossier de lecturas, trabajos prácticos, y constancia de participación.</p>
<p>Para mas información, contactar a la <a href="http://www.cpl.org.pe/" target="_blank">Cámara Peruana del Libro</a>.</p>
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<p><a href="http://etiquetanegra.com.pe/?p=286092">La ruta portátil del periodismo literario</a></p>
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		<title>El hombre culto  en el retrete</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Jul 2010 19:16:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
				<category><![CDATA[cómplices]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>La cultura es un milagro que separa a los seres humanos del resto de los animales: los hombres pueden leer en el retrete, las mascotas no. El escultor belga K. Kumèt quiso demostrar este obvio postulado encerrándose junto con su gato en una habitación transparente por el período de un mes. Durante treinta días, el [...]</p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><a href="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/07/LIBROS-EN85.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-286071" title="LIBROS EN85" src="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/07/LIBROS-EN85-300x192.jpg" alt="LIBROS EN85" width="300" height="192" /></a></p>
<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: left;">La cultura es un milagro que separa a los seres humanos del resto de los animales: los hombres pueden leer en el retrete, las mascotas no. El escultor belga K. Kumèt quiso demostrar este obvio postulado encerrándose junto con su gato en una habitación transparente por el período de un mes. Durante treinta días, el público de Bruselas observó lo siguiente: K. Kumèt, que siguió una dieta rica en fibras y frutas, acudió al retrete treinta y dos veces; el gato, merced a su desordenado metabolismo, hizo lo propio en su caja de arena ciento setenta y dos veces. Las deposiciones se iban registrando en un tablero como anotaciones de un partido de básquetbol. Aunque no se trataba de una contienda propiamente, parte del público celebró el aparente triunfo del gato.</p>
<p style="text-align: left;">Recién salido del encierro, K. Kumèt explicó en una entrevista la finalidad del experimento. Durante un mes, a razón de quince minutos por deposición, logró leer cinco libros en el retrete: dos volúmenes de cuentos de Carver, la poesía completa de Aragon, un recetario de cocina francesa y el Apocalipsis. El gato, está de más decirlo, no leyó nada. Dicho esto, el artista expresó lo que parece ser el credo de todo lector de retrete: «¿Qué haces en tu tiempo libre?», le preguntó a un anonadado periodista. «Yo leo. No soy un animal cualquiera».</p>
<p style="text-align: left;">He ahí un camino a la cultura. Todo baño ofrece un paréntesis de soledad en un mundo superpoblado y cargado de estrés. Destinar o no esos diez o quince minutos diarios al cultivo del espíritu puede establecer la diferencia entre un hombre conformista o alguien que quiere sobresalir en la sociedad. Todos hemos escuchado alguna vez la excusa universal que justifica la ignorancia: no hay tiempo para leer. ¡Vaya mediocridad! En Bélgica —un país educado y desarrollado—, los ciudadanos han hallado el tiempo en la toilette. Ocho de cada diez belgas disfrutan leyendo mientras hacen sus necesidades (cable de la agencia DPA). Las excusas sobran cuando alguien quiere superarse de verdad. «Siendo joven, en busca de un lugar seguro donde devorar los clásicos prohibidos, a veces acudía a refugiarme en el retrete», recordaba el escritor Henry Miller. Calculemos. Si se aprovechan las incursiones a ese recinto desde temprana edad, un hombre cualquiera habrá acumulado al final de su vida ciento ochenta días de sana lectura —alrededor de doscientos libros— y bien podrá considerarse un alma culta. Alguien preparado para tomar las riendas de su destino. Y, por qué no, listo para contradecir al jefe de vez en cuando. Ya sabemos que a ningún gobierno o poder le convienen los hombres cultos. El sistema inocula el terror en los lectores potenciales. Los médicos, brazo armado de ese miedo, advierten: leer en el retrete puede producir hemorroides. Hemorroides: «Un nido de hormigas en el trasero» (Bad Blake en la película Crazy Heart). Por fortuna, el mal puede evitarse con una mínima disciplina. Para comenzar, separemos el acto metabólico de evacuación del acto cultural de la lectura.</p>
<p style="text-align: left;">Alíviate. Aséate. Cierra la tapa del retrete. Siéntate encima. Lee. Tal es el orden a seguir. Dicho esto, entremos en materia. No todos los libros están hechos para ser leídos en el retrete. Un volumen muy pesado (la Biblia) podría cansarte las manos o entumecerte las piernas. Un libro de encuadernación tosca será muy incómodo para quien pretenda sostenerlo con una mano mientras con la otra, por ejemplo, se rasca una oreja. Una novela de capítulos extensos, sin pausas (como Cien años de soledad), retendrá al lector más tiempo del recomendable (pensemos en las hemorroides). Por el contrario, son muy convenientes los libros de poemas, los cuentos cortos, los aforismos y todo texto que se lea de principio a fin en pocos minutos. Allí están los haikus. Los diccionarios. Los artículos de revistas. Los libros de cocina (de preferencia sin fotografías). Los manuales de oración (para los creyentes). Las novelas rusas (para los estreñidos). Ribeyro (sólo para fumadores). Los estadounidenses, que son grandes lectores de retrete y hasta celebran en junio la National Bathroom Reading Week (Semana Nacional de la Lectura en el Baño), cuentan con una editorial especializada en la materia: Uncle John’s Bathroom Reader sólo publica libros para leer entre deposiciones. Son textos fáciles, de chistes y variedades, que pueden satisfacer a un lector ligero, pero no a quienes buscan un verdadero trago de cultura antes de jalar la cadena. Para ellos el novelista japonés Koji Suzuki ha publicado la primera novela impresa en un rollo de papel higiénico: un thriller pensado para ser leído y usado, capítulo a capítulo, en el retrete. Por el momento, Steve Jobs y los genios detrás del libro electrónico no han anunciado sus intenciones de competir en este mercado.</p>
<p style="text-align: left;">Pero lejos del interés comercial que rodea la lectura de retrete, quizá los franceses han sabido hallar la recóndita conexión entre dos actividades en apariencia irreconciliables. «Entre el vientre que se alivia y el texto se instaura una relación profunda —escribió Georges Perec—, algo así como una intensa disponibilidad, una receptividad amplificada, una felicidad de lectura: un encuentro entre lo visceral y lo sensitivo». Ante tales palabras, yo, mínimo aprendiz, sólo puedo añadir que la verdadera gloria literaria se materializa cuando alguien lee tus libros sin que le importe un pepino que afuera del baño algún desesperado esté a punto de reventar la puerta a puntapiés.</p>
<p style="text-align: left;">Dato final para los interesados: el libro del japonés aún no se ha traducido al español, pero cumple cabalmente su función higiénica.</p>
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		<title>La rebelión de McAfee</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Jul 2010 19:00:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
				<category><![CDATA[en la web]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>John McAfee, el pionero del software antivirus, dice que ha perdido la mayor parte de su fortuna, pero no le importa. Al contrario, él ahora espera poder ayudar a la los demás derivando antibióticos de las plantas en la jungla de Belice. ¿Por qué  un millonario cambiaría su fortuna por una vida de servicio en el Caribe?<br />
Lee el articulo completo aquí.<br />
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La rebelión [...]</p>
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<p>John McAfee, el pionero del software antivirus, dice que ha perdido la mayor parte de su fortuna, pero no le importa. Al contrario, él ahora espera poder ayudar a la los demás derivando antibióticos de las plantas en la jungla de Belice. ¿Por qué  un millonario cambiaría su fortuna por una vida de servicio en el Caribe?</p>
<p>Lee el articulo completo <a href="http://www.fastcompany.com/magazine/145/fantasy-island.html?page=0,1" target="_blank">aquí</a>.</p>
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		<title>El hombre más gordo del mundo</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Jul 2010 02:23:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
				<category><![CDATA[distraídos]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Manuel Uribe sueña con levantarse de la cama. También le gustaría bañarse sin ayuda, orinar sin ayuda, pararse: quiere ser libre. Es decir, quiere escapar de su encierro personal. Romperse. Estallar. Manuel Uribe es un hombre acorralado por su propio cuerpo. O el hombre más gordo del mundo, según el Libro Guinnes de los Récords. [...]</p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><a href="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/06/GORDO.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-286059" title="GORDO" src="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/06/GORDO-300x192.jpg" alt="GORDO" width="300" height="192" /></a></p>
<p style="text-align: left;">Manuel Uribe sueña con levantarse de la cama. También le gustaría bañarse sin ayuda, orinar sin ayuda, pararse: quiere ser libre. Es decir, quiere escapar de su encierro personal. Romperse. Estallar. Manuel Uribe es un hombre acorralado por su propio cuerpo. O el hombre más gordo del mundo, según el Libro Guinnes de los Récords. Está postrado en su cama desde el 2001. Su cama es un colchón sujetado por cuatro postes de acero. Su obesidad no lo deja ponerse de pie. Pesa trescientos cincuenta kilos, algo así como cinco hombres, uno encima del otro, acostados en una balanza. Cuando lo premiaron en Guinnes, en el 2007, un periodista del programa Primetime: Medical Mysteries, de Estados Unidos, dijo que el peso de Uribe equivalía al de seis hombres, tres mujeres y un pony. No estaba exagerando. Uribe pesaba entonces doscientos kilos más. Un año después, ya no es el hombre más gordo del mundo, pero volverá a aparecer en la edición del 2008 del Libro Guinnes de los Récords: ahora es el hombre que más peso ha perdido en el planeta.</p>
<p style="text-align: left;">Sigue siendo obeso. Sigue discapacitado. Tiene cuarenta y dos años y apenas puede moverse algunos centímetros de su colchón, tambaleándose con el impulso de su gigantesco trasero. Hoy es un domingo soleado en San Nicolás de los Garza, un municipio industrial de Nuevo León, a dos horas de la frontera mexicana con Estados Unidos, esa potencia mundial que al mismo tiempo es el país con más alto índice de obesidad. Quizá sea uno de los últimos días con sol del año y Manuel Uribe está en una especie de recibidor habilitado como una recámara. Hace un tiempo, dice, aquí estuvo su taller de reparación de máquinas eléctricas de escribir y calculadoras. Ahora sigue siendo su oficina. También su habitación-baño. Su sala-comedor: la vida de Uribe transcurre en menos de cinco metros cuadrados.</p>
<p style="text-align: left;">Él es enorme y me recibe sentado como un Buda. Está desnudo. No hay ropa que le quede. Su madre (su aliada) es la única que le confecciona sus prendas. Ahora ella le dice que se tape bien y el ex hombre más gordo del mundo se cubre la parte baja del abdomen con una sábana blanca. Tiene muy cerca el control remoto del televisor, su teléfono móvil, el inalámbrico de su casa. El televisor está encendido. Hay un librero, la cama con colchón nuevo. Frente a él hay dos puertas de lámina de grandes cristales que dan a la calle y que pueden abrirse de par en par. De hecho, su única salida al exterior en los últimos seis años fue por allí. Uribe sólo se levantó con la ayuda de un montacargas.</p>
<p style="text-align: left;">La habitación siempre tiene las cortinas corridas. Es fácil verlo desde el exterior. Mucha gente, desde fuera, lo saluda por su nombre: Meme, le dicen; otros tocan el claxon de sus vehículos y le hacen un ademán con la mano o con el pulgar. En sus piernas, generalmente abiertas en línea recta, horizontal, como las de un gimnasta con sobrepeso, Uribe tiene hinchazones, abscesos de grasa que llegaron a pesar hasta cuarenta kilos cada uno y que siguen siendo un impedimento para que se ponga de pie. Ahora está cubierto con la sábana. Hace calor. Un ventilador cercano le arroja aire al cuerpo. Cuando hace frío, dice, se pone una camiseta cocida por su madre, se cubre con dos cobijas y alguien le enciende un calentador.</p>
<p style="text-align: left;">Manuel Uribe recuerda que hacía frío una mañana de enero del 2006, cuando una mujer que caminaba por la calle se sobresaltó al verlo. Él era un gigante que veía pasar el tiempo desde su colchón. Ella se le acercó. Conversaron. Se enteró de que tiempo atrás Uribe había querido suicidarse en medio de una depresión que no podía controlar. Se enteró también que los periodistas no sabía de su caso, y entonces la señora pensó que era algo extraño: en la región, hasta un gato arriba de un poste es motivo de un enlace televisivo en vivo. Ella llamó a Canal 2 de Nueva León, filial de la cadena Televisa. Ésa historia (la de él) tenía que conocerse.</p>
<p style="text-align: left;">El reportero José Luis García creyó al principio que se trataba del caso de un hombre obeso, enfermo de diabetes o quizá del corazón, y que tal vez requería ayuda del Estado o de la sociedad. Típico. Fue recién cuando llegó a la casa de Manuel Uribe, en la calle Gonzalitos, en el primer sector de la colonia Las Puentes, que supo que estaba ante un suceso que podía generar un raiting inmenso y equivalente a la humanidad de aquel personaje. Manuel Uribe: el hombre más gordo del mundo. El reportaje se reprodujo en todo México y hasta allí llegaron cámaras de Discovery Channel y ABC, de Estados Unidos. También llegaron periodistas de Japón, España e Inglaterra. Luego llegó el Guinnes y confirmó que la gordura de Uribe era digna de campeonato. José Luis García, el reportero de Canal 2, recuerda que al verlo por primera vez se le quitó el hambre.</p>
<p style="text-align: left;">Ahora hace calor. Sentado en su cama, al lado de su madre, Manuel Uribe ve la televisión, una serie norteamericana sobre juicios y detectives. Su aspecto es fresco, como de recién bañado, el pelo lacio recortado y él siempre sentado.</p>
<p style="text-align: left;">No puede mover sus enormes y pesadas piernas pero sí los brazos. A ratos coge los travesaños superiores de su cama, como si descansara, y es común que ese movimiento forme parte de su mímica al hablar, al igual que su cabeza, la cual sí puede menear con facilidad.</p>
<p style="text-align: left;">Me siento un intruso sin derecho a hacer preguntas que lo distraigan, así que sólo pido una explicación sobre quiénes son los buenos y los malos de ese episodio que pasan por la TV. Uribe y su madre hacen una síntesis exacta, conversamos sobre la trama de la serie y es el ex hombre más gordo del mundo quien interrumpe el diálogo, acostumbrado tal vez a la acelerada curiosidad de los medios.</p>
<p style="text-align: left;">–Y bien –dice de pronto–, ¿qué es lo que quieres saber de mí?</p>
<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: left;">Manuel Uribe nació sentado. Paradoja o augurio, sólo es un dato de la realidad. Su madre, Otilia Garza, lo recuerda bien. Su hijo pesó poco más de tres kilos y, desde sus primeros días, comió muy bien. Leche materna hasta los once meses. Luego leche en polvo y papillas. «Meme siempre fue de buen comer –dice ella, que ahora tiene sesenta y cuatro años–, pero luego se hizo muy tragón». Recuerda que su hijo tenía poco más de un año y a su leche en polvo había que echarle dos yemas de huevo. Él engordaba.</p>
<p style="text-align: left;">De esa manera Uribe se convirtió en un niño alto y gordo, aunque no obeso. «Era medio tímido –dice un compañero de su salón de clases, de la escuela primaria Tomás Treviño–, de voz delgadita, buena gente, no se metía en problemas, pero además ningún niño le buscaba bronca porque como era grandulón y algo gordo, con que se le parara a cualquiera enfrente lo intimidaba». Por entonces a Manuel Uribe le gustaba llevar dinero en el bolsillo para comprarse galletas, papas fritas, elotes cocidos (maíz tierno en mazorca), chicharrones de harina, tostadas, cualquier cosa que se le antojara. Y se le antojaban muchas cosas y no todas para comer: ahora recuerda que entre los ocho y diez años entraba al taller de carpintería de su padre para ayudarle a recoger clavos, barnizar, barrer el aserrín.</p>
<p style="text-align: left;">–Creo que de allí viene el asma que padezco –dice el ex hombre más gordo del mundo.</p>
<p style="text-align: left;">–No seas mentiroso, Manuel –interviene su madre–, a esa edad no trabajabas ni hacías nada.</p>
<p style="text-align: left;">–Hazme caso a mí porque yo soy el de la entrevista –me dice–. Mamá, tú mejor saca las plantas de allá arriba porque hay mucho zancudo, qué tal si me pica el dengue.</p>
<p style="text-align: left;">Ella hace como que lo ignora.</p>
<p style="text-align: left;">Con el tiempo, Manuel Uribe se convirtió en un joven alto y gordo. Y entonces tampoco era mal visto en el nordeste mexicano. Nuevo León se destaca porque tres de cada diez de sus habitantes son obesos. De hecho, un estudio de la Facultad de Salud Pública y Nutrición de la Universidad Autónoma de Nuevo León dice que en el estado casi el sesenta por ciento de la población padece malnutrición por exceso. Manuel Uribe es una exageración de estas estadísticas, un caso aislado y de estudio en medio de la epidemia de obesidad que sufre el país de los tacos y las enchiladas.</p>
<p style="text-align: left;">Seguía engordando. Mientras estudiaba para bachiller, Uribe llegó a ser titular en el equipo de fútbol americano; su puesto estaba en la línea defensiva, pues su misión era lógica: evitar que el equipo contrario avanzara. Poner el cuerpo. Lo hizo bien durante dos temporadas hasta que el asma lo mandó a la banca. Entonces colgó el casco y, más tarde, se inscribió en una carrera técnica en Electrónica Industrial.</p>
<p style="text-align: left;">Uribe abrió un taller. Pronto cobró fama como buen técnico electricista de precios asequibles. Reparaba máquinas eléctricas de escribir, Olivetti, Olimpia, Printaform, y dejaba como nueva cualquier calculadora que le pusieran enfrente. También dejaba vacío cualquier plato que lo retara desde la misma distancia. Manuel Uribe engordaba con la velocidad con la que crecía la fama de su taller. Le decían El Gordo. Pesaba ciento veinte kilos. Seguía engordando.</p>
<p style="text-align: left;">Puso un negocio de repuestos de vehículos. Y los desarmaba con la fuerza de una grúa. En su taller organizaba comilonas de carne asada, pollos y guisos. «Se comía unos diez huevos, una barra de pan o medio kilo de tortillas en cada sentada», recuerda un vecino que solía visitarlo en su trabajo. Otro vecino, apodado El Chino, dice que Uribe parecía un oso. «Una vez yo estaba comiendo con mi niña en la taquería Los Gigantes –cuenta–, donde venden caldos de gallina, tacos grandes y tostadas de pollo deshebrado, crema y aguacate». Cualquiera puede comerse un caldo y un taco gigante, y quedar algo mareado. Manuel Uribe, dice El Chino, se comía seis tacos inmensos, uno tras otro, como si fueran bocadillos. Recuerda que un día su hija, de seis años, no quería comer su taco cuando entró por la puerta El Gordo Uribe.</p>
<p style="text-align: left;">–Oye, Manuel –dice que le preguntó–, ¿todavía te comes a los niños?</p>
<p style="text-align: left;">–Sí.</p>
<p style="text-align: left;">–¿Y a los que no comen?</p>
<p style="text-align: left;">–Con más gusto.</p>
<p style="text-align: left;">La niña, asustada, le dijo a su papá que mejor le regalaba su taco al gigante. De estas anécdotas hay muchas en la calle Gonzalitos, en el primer sector de la colonia Las Puentes. Hay quienes recuerdan a Manuel Uribe porque se comía un pollo entero, asado, con tortillas y cebollas. «Dejaba los huesitos bien limpios», dicen. Otro vecino cuenta que en una ocasión fue testigo de cómo el dueño de un restaurante bufé de carne asada, en medio de una promoción de «Coma a llenar por 40 pesos», le dijo a Uribe: «Mira, muchacho, a ti mejor te regreso tu dinero, pero ya no comas aquí». Pesaba ciento treinta kilos. Comía hasta un kilo y medio de carne a la parrilla. Seguía engordando.</p>
<p style="text-align: left;">Le gustaba salir a bailar, y entonces bailaba. Podía hacerlo. Bebía un litro de ron, de brandy, unas veinticinco cervezas «sin hacer desfiguros», dice él. Era el verano de 1988, él tenía veintitrés años, y se casó. En México es costumbre que durante las fiestas de bodas se escenifique la sátira de un cortejo fúnebre. Los amigos cargan al novio, quien se tiende en posición horizontal, y lo pasean por el salón mientras los músicos tocan una melodía siniestra y la novia aparenta llorar, pero en realidad se ríe. Luego, el novio es lanzado al aire por seis o siete amigos, la novia lo reclama y se reencuentran con un beso. A Manuel Uribe tuvieron que cargarlo entre doce. Vendió una camioneta y se fue con su esposa a probar suerte en Estados Unidos.</p>
<p style="text-align: left;">Estuvieron en Dallas, donde Uribe trabajó en el campo, luego de lavaplatos, y más tarde puso un taller de electrónica. Se mudaron a Florida, donde Uribe cosechó manzanas y más tarde puso también su taller de electrónica. Seguía engordando. Le gustaban las hamburguesas, el pollo frito, las carnes y las pizzas. A veces le pagaban las reparaciones con pizzas. Él compraba su ropa en Big &amp; Tall. En 1992 se subió en una balanza: trescientos kilos. No le quedan ni la ropa ni los zapatos. Seguía engordando.</p>
<p style="text-align: left;">Probó fajas elásticas para adelgazar, cremas reductoras, pastillas, una veintena de dietas, como la Dieta de la Luna, la Dieta del Agua y dietas recomendadas por artistas. Viajó a México y recurrió a brujos, curanderos y santeros, y hasta permitió que lo bañaran con sangre de chivo con la esotérica promesa de que sólo así adelgazaría. Visitó hospitales de Dallas y Arkansas. Su caso se transformó en un misterio de la ciencia: Uribe no tenía el colesterol alto, ni diabetes, ni problemas cardiacos. Él, sin embargo, sentía que reventaba. En el 2000 regresó a San Nicolás de los Garza con unos cuantos dólares que invirtió en el negocio de su madre: venta de pantalones de mezclilla y cremas. En el 2001 se sentó en su cama y no se paró más.</p>
<p style="text-align: left;">Empezó a vivir de la renta de dos casas. Seguía engordando. Se separó de su esposa. «Ni siquiera me podía limpiar el trasero –dice–, me sentía muy mal». Leía el periódico todos los días y allí encontró el anuncio de alguien que remataba dos armas de fuego, una mágnum 357 y un revólver calibre 22. Era el 23 de mayo del año 2002. Él lo recuerda bien. Le suplicó a un amigo que por favor le comprara una de esas dos armas. El amigo accedió resignado. Fue hasta la dirección que indicaba el periódico, pero sólo era un terreno baldío, o al menos eso le contó a Manuel Uribe. «No sirves ni para matarte, me diste mal la dirección», le dijo su amigo. Sin la posibilidad de darse un balazo, Uribe recuerda que se puso a llorar, y así se quedó dormido hasta la tarde del día siguiente.</p>
<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: left;">Quién sabe lo que entonces pasó por la cabeza del hombre más gordo del mundo, pero cuando despertó, con más de media tonelada encima, se sentía renovado. Ahora dice que Dios le asignó una tarea.</p>
<p style="text-align: left;"><em>–A lo mejor te van a decir que estoy loco, lo que quieras, pero yo soñé y hablé con Dios, y me vi caminando y predicando la palabra.</em></p>
<p style="text-align: left;">Uribe se convirtió al cristianismo y hasta soñó con un hombre de traje azul que hablaba en nombre de Dios. Un hombre de traje azul y de ciento veinte kilos. En su propia interpretación de los sueños, el hombre era él mismo, pero con doscientos kilos menos. Manuel Uribe seguía engordando. Así llegó la mañana fría de enero del 2006, cuando una mujer se sobresaltó al verlo desde la calle. Luego, las cámaras de televisión, la fama, el Guinnes, un médico italiano, Giancarlo Bernardinis, especialista en obesidad extrema, y un doctor español, y también otro inglés. El hombre más gordo del mundo no quería entrar en una sala de operaciones e inclinó su humanidad hacia una dieta recomendada por especialistas mexicanos: balancear carbohidratos, proteínas y grasas. Entonces dejó de engordar.</p>
<p style="text-align: left;">Encontró a otra mujer. Descubrió las ensaladas, el aceite de omega, las frutas, el pescado. El 3 de marzo del 2007, lo recuerda bien, llegaron otra vez las cámaras del Discovery Channel. Manuel Uribe había perdido ciento ochenta kilos y era noticia. Un montacargas fue colocado en el umbral de su puerta, y mientras el operador de la máquina lo liberaba de un confinamiento de seis años, con todo y cama, con todo y postes metálicos, se escuchó, repentinamente, un concierto de cláxones. Manuel Uribe fue subido a la plataforma de un camión. El camión recorrió la calle Gonzalitos, en el primer sector de la colonia Las Puentes, mientras la cámara registraba el final de la historia.</p>
<p style="text-align: left;">Sólo esa vez, en los últimos seis años, Uribe ha salido al exterior. En ese tiempo ha cosechado cierta fama mediática. Ahora sigue en su cama, sentado o acostado, con toda su humanidad atrayendo miradas de los transeúntes: ellos se asombran, se resignan, lo compadecen. En un mundo que tiende a consumir los cuerpos hasta acabar en la bulimia o en la anorexia, Manuel Uribe no es la excepción a la regla, sino el otro extremo de la soga. Aquel día del paseo en montacargas, quien fuera el hombre más gordo del mundo vestía una camisa rosa confeccionada por su madre, y una enorme sábana blanca lo cubría de la cintura para abajo. Había sol. Aire y sol. Un montón de periodistas, camarógrafos y fotógrafos. Había mariachis. Cantaban una ranchera. Estaban su novia y algunos doctores.</p>
<p style="text-align: left;">–Viva México, cabrones –gritó él.</p>
<p style="text-align: left;">Poco después lo devolvieron a su reclusión.</p>
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		<title>Las rubias naturales no existen</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Jun 2010 23:12:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><a href="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/06/rubias.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-286052" title="rubias" src="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/06/rubias-231x300.jpg" alt="rubias" width="231" height="300" /></a></p>
<p style="text-align: left;">«Siempre fui rubia pero no de raíz». Con frecuencia este chiste tonto me ayudó a salir del paso ante una pregunta indiscreta motivada por un teñido no conservado que se hacía visible en una franja de cabello oscuro en lo alto de mi cabellera clara, larga y lacia. Mi rubio varía de brillo y de profundidad pero, desde hace unos años, tiene una clave técnica que suena a código de espía: L’Oréal Excellence 02, Rubio Ultra Claro Dorado. De chica ya mi madre me teñía con agua oxigenada para remedar la cabellera que ella misma había tenido en su infancia. En su imaginación el rubio debía ser entonces algo más que un artificio cosmético: un signo diametralmente opuesto al que las leyes de la herencia distribuía entre las masas peronistas del interior del país. El rubio de Evita Perón significaba otra cosa: si ella era la representante de los humildes, su abanderada, se podía ser rubio a través de ella, por delegación. Cuando enfermó de cáncer, algunas fotografías mostraban su rostro de pájaro hundido entre almohadas. Las raíces oscuras parecían volverse metáfora de su pasado de bastarda, de provinciana pobre y de amante ilegítima. Pero también la volvían sublime, puesto que medían el tiempo de su larga agonía y eran una última confesión al pueblo: «¿Ven? Soy como ustedes, una morocha».</p>
<p style="text-align: left;">Lo rubio, como categoría, fue en mi vida familiar un argumento según quien lo recibiera de comedia o de drama: al cumplir los veinte años, mi padre confesó que tenía otra hija, fruto de una breve relación que había vivido durante un viaje al interior del país. Paradójicamente, el único parecido que había entre nosotras era que ninguna de las dos se parecía a mi padre pero nos gustó la idea de hermandad. Entonces nos cortamos las melenas a lo paje y comenzamos a teñirnos con el mismo número de L’Oréal Excellence. Mostrábamos nuestro parentesco riéndonos de lo natural, al igual que Popeye reconoce a su padre luego de haberlo perdido, por la pipa y el tatuaje. Y me sigo riendo de lo natural: milito a favor del alcohol («Mueren antes los médicos que los borrachos», decía Bukowski), los barbitúricos (si no, no habría mito Marilyn) y la vida a oscuras en ambientes viciados (como las cuevas existencialistas). Me empecé a teñir de rubio cuando nadie parecía considerarme tonta, aunque mi hijo en ciertas ocasiones, sobre todo las de algún éxito profesional, suele decirme con sorna: «¿Todavía no se dieron cuenta de que en el fondo sos una rubia tonta?».</p>
<p style="text-align: left;">Un marxismo de entrecasa indica que en el Tercer Mundo la mujer que se tiñe de rubio busca remedar a la sueca liberada que fornica al aire libre, a la yanqui en monoquini y a la inglesa de aborto libre. O a las estrellas de Hollywood en donde las rubias deben fingir que lo son ya que el rubio natural suele oscurecerse con los años. En la mente de un guardia de discoteca y de un ladrón de bolsos, «lo rubio» se asocia a lo burgués: el primero permitirá la entrada, el segundo hará un arrebato.</p>
<p style="text-align: left;">Es hora de decirlo: la rubia natural no existe. Una mujer que, pasada la pubertad, conserva el cabello color ceniza claro o trigo maduro, seguramente tiene también pestañas de conejo y piel de leche hervida; puede que tenga los cabellos rubios pero no es una rubia. La  psicoanalista Michèle Montrelay dice que cuando un hombre deja de amarnos desplaza a otra la luz de su deseo, por eso en el imaginario la otra es siempre rubia. Aclararse el cabello, entonces, es adoptar el signo iconográfico de la amante, la irregular, la despareja. Es soñar con morir en una novela negra, ser amada por King Kong o hacerse guerrillera para ponerse una peluca rubia. Es usar un color al igual que los peces de coral usan sus colores de cartel: en son de guerra, en el caso de las rubias, contra ese viejo axioma freudiano de que naturaleza es destino.</p>
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		<title>Los feos y canosos envejecen mejor</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Jun 2010 00:19:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/06/viejo-y-feo.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-286037" title="viejo y feo" src="http://etiquetanegra.com.pe/wp-content/uploads/2010/06/viejo-y-feo-231x300.jpg" alt="viejo y feo" width="231" height="300" /></a></p>
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<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: left;">En latín, temporalis es la palabra para sienes y de ella nos viene el nombre de los huesos del cráneo que están encima de las orejas. Se llaman temporales porque nos delatan: revelan el tiempo que llevamos vivos. En personas normales las canas empiezan veinte años después del final de la juventud. ¿Pero cuándo termina la juventud? Cuando Gardel canta, al volver veinte años después, que «las nieves del tiempo platearon mi sien», está hablando de un hombre cuarentón que apenas empieza a encanecer, pues en general es ahí, en las sienes, entre los cuarenta y los cincuenta años, donde las canas empiezan a salir.</p>
<p style="text-align: left;">El pelo es el más claro de los calendarios del cuerpo, o al menos el más fácil de leer. Sobre todo en aquellos a los cuales, con el paso del tiempo, el cabello nos cambia de color. De mí puedo decir que fui un niño rubio, un adolescente de pelo castaño, un adulto de pelo negro, un treintañero entrecano, un cuarentón muy canoso y un cincuentón peliblanco. Si las cosas siguen como van, si no me muero antes, seré un viejo calvo con unos esparcidos mechones de lanugo albo. Es lo que me viene por herencia genética, si pienso en mis abuelos: primero canicie y al final calvicie. No muy alentador, pero no hay nada que hacer.</p>
<p style="text-align: left;">A los treinta y pocos años me ocurría algo curioso en las peluquerías. Entonces yo tenía ese pelo que en los caballos se llama «rucio», entre los italianos «brizzolato» y entre los franceses «sal y pimienta»: uno blanquecino. Dependiendo de la capa que me pusieran para cortarme el pelo, podía sentirme envejecido o rejuvenecido. Con capa blanca todo el pelo visible, al caer, era el oscuro y me parecía que el proceso de encanecimiento se había revertido como por arte de magia. Si en cambio la capa era negra, todos los pelos que se veían sobre ella eran las canas y ya no había redención posible. Hoy que soy peliblanco, sobre las capas blancas el pelo es invisible y sobre las negras nieva.</p>
<p style="text-align: left;">Ojalá las canas fueran eso que dice el Antiguo Testamento: una corona de dignidad  (Proverbios 16: 31). No son eso. Son un signo de vejez y nada más. Si en una sociedad se aprecia y se respeta a los viejos de la tribu, encanecer no es tan triste. Si en cambio, como sucede en nuestra cultura, se rinde un culto desenfrenado a la juventud, las canas pueden ser trágicas: indican el momento, por ejemplo, en que ya no será posible conseguir pareja porque nadie se mete con un tipo decrépito.</p>
<p style="text-align: left;">Vivo mi canicie con resignación. Habría preferido encanecer a los setenta, como algunos pueblos o personas, pero sería lo mismo que preferir medir cinco centímetros más. La opción de teñirme no la consideré a los treinta. Menos ahora. En mi país, un teñido o es gringo o es marica. No tengo nada ni contra los gringos ni contra los homosexuales, pero prefiero ser lo que irremediablemente soy: un señor de pelo blanco.</p>
<p style="text-align: left;">A veces me consuelo con pensamientos retorcidos. Sobre las feas y los feos tengo, por ejemplo, una teoría: envejecen mejor. Como todo el mundo tiende hacia la fealdad con el paso de los años, feos y bonitos confluyen hacia la misma ausencia de belleza al llegar a la vejez. Los feos acaban siendo tan feos como terminan los bonitos y por lo tanto el contraste desaparece: se igualan por lo bajo. Con las canas y el envejecimiento prematuro pasa igual: tus amigos juveniles te van alcanzando lentamente. Yo, que me veo viejo desde hace tanto tiempo, ya estoy acostumbrado a cargar con ese peso. Ellos, los Dorian Gray de esta vida, caerán con más fuerza y estupor en esta calamidad.</p>
<p style="text-align: left;">Las canas nunca serán belleza ni sabiduría. Sin embargo, salvo los mafiosos y grandes herederos, la mayoría de las personas que tienen algún éxito gracias al mérito y al esfuerzo consiguen sus metas cuando ya empiezan a encanecer. Algunos incautos se pueden confundir y creer que las canas significan que uno ya llegó. Yo no he llegado. Quizá no llegue nunca. Pero parecer viejo desde antes de que lo dictamine el calendario tiene la ventaja paradójica de que uno se prepara, no digo para ser viejo, pero sí al menos para ver cómo es la cosa cuando los demás piensan que uno lo es.</p>
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		<title>Todas las jugadas, todas las opiniones</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Jun 2010 20:50:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Editor web Etiqueta Negra</dc:creator>
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<p>Un grupo de escritores, poetas, y comunicadores de la revista Letras Libres, todos aficionados al fútbol, escudriñan y analizan los sucesos mundialistas.</p>
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